Memoria Histórica para todos
 
 
 
La maldición de la Guerra Civil, por José Escandell
 
 
José Escandell 
 
   La Transición política española entre 1975 y 1978 fue planteada como un «borrón y cuenta nueva». Los artífices de la Constitución de 1978 quisieron construir una nueva España. Había nostalgia de la monarquía de la restauración, a la que se soñaba modernizada con unas gotas del espíritu de la república. Hacer, en todo caso, como que no había sucedido la Guerra Civil ni el franquismo.
 
   La estrategia para la paz democrática pasaba por enterrar aquella guerra, reduciéndola a mero episodio extravagante protagonizado por un ser humano en el que los españoles modernos no nos reconocemos, como si sus protagonistas hubieran sido lejanos australopithecos.
 
   A diferencia de los «transitorios», los ambientes de izquierda, con total unanimidad, se alzan reivindicando una victoria póstuma, gran lanzada a moro muerto. Han sabido esperar agazapados para proclamarse vencedores y, llegada la ocasión propicia, hacerse con el poder como únicos propietarios legítimos. Ya están en manos de la izquierda todos los puntos sensibles de la vida social española: el modelo de familia, la estructura de la educación, el mundo laboral, los medios de comunicación, toda la cultura, y casi la gran empresa y la banca. La izquierda tiene el poder y se aplica, sin tapujos y con alegre diligencia, a realizar el programa de reinstauración de la república, aunque tengan un rey constitucional.
 
   Naturalmente, a ellos no les va para nada eso del diálogo con la «derecha», porque son los legítimos vencedores y porque deben combatir a la resistencia.La nueva derecha, la heredera de quienes realizaron la Transición, pretende «superar» el enfrentamiento de las «dos Españas» creando un espacio social en la que quepa toda disensión, y para ello apelan de continuo al diálogo, la tolerancia y la apertura. Sin embargo, y como es natural, puesto que lo común se consigue a base de eliminar lo diferencial, el espacio social que la derecha persigue es un puro vacío. La España democrática y abierta es una España que sólo tiene bandera para los partidos de fútbol de la Selección. Lo común es entonces el terreno de lo que no tiene ninguna importancia para el Alma de la nación. El país en el que sueña la derecha es un país sin alma, un país imposible. Queda la pretensión derechista como una utopía para satisfacción de idealistas burgueses. Mientras tanto, entiende la política tan sólo como gestión de lo público.La izquierda, sin duda más astuta, hace política de fondo, se interesa sobre todo por los fundamentos de la vida social, por las estructuras de la convivencia.
 
   Por eso la sociedad española va adquiriendo las estructuras y los modos de una sociedad secularizada y anticristiana. La derecha gobierna en España sólo cuando se lo permite la izquierda y se pregunta sorprendida por qué el pueblo español le es tan desagradecido, a ella, a la fuerza que ha traído la democracia. La derecha, tras realizar el tránsito del franquismo a la democracia de partidos, se encuentra con que no es la dueña de la situación y vive en el sistema democrático de prestado y sin verdadera legitimidad. Sólo la izquierda es señora y dueña.
 
   Todo esto sólo se entiende, se quiera o no se quiera, sobre el fondo de aquella guerra. La derecha propone pasarla por alto, y por eso se queda fuera de juego. La izquierda se apoya en su condición de vencedora en la Guerra Civil, y por eso se cree legítima. De este modo se ha realizado una llamativa inversión de valores.Hablar de la Guerra Civil es hablar de Franco. Para el común de los españoles, Franco representalo que el Duque de Alba para los holandeses y el Coco para los niños. El modelo y paradigma de un monstruo sanguinario y cruel. Y se ha construido así un mito, semejante al que los norteamericanos han creado con los indios o los peruanos con Pizarro. Se ha hecho oficial y fiable una sarta de falsedades evidentes. Los izquierdistas las han creado, difundido e impuesto; los derechistas, todos ellos cobardes, han dejado hacer, en nombre del diálogo y la convivencia. Pero nuestro país no puede subsistir con una falsedad y una injusticia tan grave sobre sus espaldas.
 
   El Alzamiento Nacional no fue el acto violento de unos caciques contrariados. Fue el acto audaz y doloroso de quienes no podían soportar por más tiempo la destrucción de España. Las derechas no quieren tener nada que ver en esto, y son por eso incapaces de construir España. Tienen a Franco como un recuerdo molesto. Las izquierdas odian una España asentada en la ley natural y el cristianismo, y hacen todo lo que está en su mano para volver a aquella España vencida que perseguía a los cristianos. Odian a Franco y, en él, a la España de la verdad. He aquí la maldición de la Guerra Civil.
 
   Se demuestra que esa guerra ha constituido un episodio especialísimo de nuestra historia. Un episodio único en el que, finalmente, el alma española se ha enfrentado con los principios mismos de su existencia. Lo que en nuestra reciente Guerra Civil estaba en juego era el alma de España. En general, ningún país existe si no es como la conciencia de una tarea común en el marco de la entera Humanidad. Y hay países cuya tarea es más o menos relevante; así, es seguramente la de los judíos la más trascendente de todas. En el caso de España, nuestra ejecutoria pasada no deja lugar a dudas acerca de nuestro ser radical: la realización histórica de una sociedad entregada a una tarea universal de justicia y de religión, frente a todos sus enemigos. El problema está en si deseamos, o no, continuar nuestra tarea. La derecha no quiere comprometerse en ello; la izquierda quiere destruirla. La maldición estriba en esto: o nos comprometemos en la tarea que la historia nos ha asignado, o no podremos subsistir. Nuestra maldición se llama Franco.
 
 
 


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