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La paz de destrucción mas-iva

No pasarán dos meses sin que sepamos el precio pagado a los farsantes de la conferencia internacional para la paz,  ignominia escenificada en San Sebastián. No pasarán dos años sin que los asesinos, en prisión, alcancen la libertad, sin cumplimiento de sus condenas, retorciendo la ley a voluntad del designio conveniente de la política, contrario al bien común, a los intereses de las victimas, del pueblo español y del conjunto de la Nación. No pasaran cuatro años sin que Navarra sea anexionada a esa entelequia irracional llamada Euskal-Herría. En idéntico período se constituirá un “ejército de liberación vasco” en defensa de la sedición, llamada independencia, planteada sin cortapisas por el Gobierno y Parlamento vasco y sometido a referéndum del pueblo, sin función constituyente,  vasco.

Para que ello pueda ocurrir, han tenido que transcurrir más de treinta años desde que el gobierno de España transfiriera al autonómico vasco su competencia en materia de enseñanza; Que se vulnerara la constitución de manera sistemática con absoluta impunidad; Que las fuerzas y cuerpos de seguridad fueran compelidos a delinquir (GAL), a colaborar con banda armada (Faisán); Que la justicia abdicara de su función jurisdiccional, retorciendo la aplicación de la Ley a la conveniencia del pacto con los terroristas  (legalización Bildu); Que la paz no fuera consecuencia del respeto al derecho ajeno, al cumplimiento de la ley justa, de la derrota de quienes, desafiando al Estado de derecho y al pueblo y nación española, utilizaron la coacción y el asesinato para el cumplimiento de sus fines. Esta falsaria paz es la antesala de un superior conflicto.

La paz que equipara al asesino con la victima, justificando su acción dentro de un conflicto, sólo existente en la paranoia mental de los promotores de la barbarie que justifica sus fines. La paz basada en la cesión permanente a quien te plantea la guerra. La paz con ausencia de reparación a las victimas y cumplimiento de la ley.

La paz pactada sin arrepentimiento de los verdugos y con justificación de su acción terrorista, bárbara y despiadada. La paz sin entrega de las armas y cumplimiento subsiguiente de sus condenas por parte de la banda asesina. La paz condicionada a inadmisibles concesiones políticas, económicas y sociales que, su sola formulación subvierte el orden constitucional, la convivencia y solidaridad de los españoles, y la unidad de España. Esa paz, que ahora nos compelen a aceptar como tal, es tan humillante y suicida para el conjunto de la nación, que no resulta aventurado señalar como LA PAZ DE DESTRUCCIÓN MAS-IVA para la configuración de una nación con quinientos años de historia, cuyo legado no  debería estár sujeto a contrato alguno, y cuya permanencia sólo depende de la voluntad común y soberana del conjunto del pueblo español.

La escenificación del pacto ignominioso no ha podido ser más grotesco y acorde con la impostura perpetrada. Entre lágrimas, ramos de flores y propaganda intoxicadora, un mensaje falso y atroz, voceado, cuan arcano político, por los dos dirigentes máximos del arco constitucional: “Ha sido un triunfo de la democracia”. “Ha sido el triunfo del estado de Derecho”. Mayor antinomia imposible. El estado de Derecho se caracteriza por el cumplimiento de la Ley, que obliga por igual a todos los ciudadanos y a todos los poderes públicos. Ley que emana de la Constitución y de las leyes que la complementan como delegación soberana del pueblo. Lo que se ha hecho es vaciar de contenido normas básicas de nuestra constitución que afectan a la convivencia y al desarrollo pacífico de nuestro pueblo, para satisfacer una paz condicionada imposible. El estado de Derecho sólo habría triunfado, si los terroristas estuvieran desarmados y en la cárcel, y ninguna de sus justificaciones para empuñar las armas contra el Estado, amparadas, fomentadas o admitidas. Lo que ha triunfado es la voladura, controlada o no, de la Nación Española. De la nación con más de quinientos años de historia, en otros tiempos imperial y civilizadora, que supo enfrentarse y vencer a los más poderosos enemigos del orbe y de la civilización cristiana. De ahí que resulte difícil imaginar que esta nación y este pueblo no se rebele contra semejante traición a su ser primigenio, fundacional.

La democracia tampoco triunfa cuando es ajena al bien común de sus ciudadanos, cuando hurta el progreso, la justicia y la libertad a la conveniencia de una casta determinada, ya sea política, económica o social. La democracia sólo triunfa cuando se practica realmente, y no es una mera formulación retórica, sin mayor contenido que servirse de la voluntad del pueblo, cada cuatro años expresada, para encumbrar a una clase política cerrada, endogámica, mediocre y corrompida. La democracia triunfa cuando el ejercicio compartido del poder político y el control compartido del mismo se encamina a conseguir beneficiar a la mayoría del pueblo, con leyes justas y orientadas al bien común. La democracia triunfa cuando la división de poderes impide el abuso del Gobierno, mediante una justicia independiente como garantía de que todos los ciudadanos son iguales ante la ley. La democracia triunfa cuando existe un control de todos los actos de todas las administraciones públicas, independiente y transparente. La democracia triunfa cuando los medios de comunicación no están subvencionados para  ejercer la propaganda de lo conveniente. La democracia triunfa cuando se acepta la facultad normativa constitucional y su mecanismo correccional o modificativo, sin alterar la sustantiva configuración de la Nación. La democracia triunfa cuando no se hurta al pueblo español, en su conjunto, su capacidad de decidir sobre su futuro en paz y armonía.

Lo ocurrido con la fingida “paz de ETA” es una derrota sin paliativos del estado de Derecho y de la democracia real. Una “Rendición de Breda” a la inversa, donde el nuevo “Boabdil el de León”, pretende entregar, sin nobleza alguna, una parte sustancial e histórica de España. Y ni siquiera tendremos la pupila y el pincel del genio de Velázquez.    
 
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