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La persecución religiosa en España (y III) El catolicismo y la historia de España
 
Pío Moa
 
 
 
 
   Desde luego, las acusaciones hechas a la Iglesia eran muy exageradas o puramente falsas pero, aun dándolas por reales, asombra la desproporción entre ellas y la saña del ataque. Es obvio que su causa auténtica no reside en tales pretextos. Creo que nos da una clave la excusa del diario azañista Política al describir los edificios religiosos como calabozos donde se ha consumido durante siglos el alma y el cuerpo de la humanidad. Naturalmente, cuanto se hiciera por extirpar aquellas instituciones enemigas de la razón, la justicia y la libertad, sería poco, y en todo caso no valía la pena afligirse por unas cuantas destrucciones y asesinatos más o menos.    
 
   Ya Voltaire, en nombre de la razón, había dado la consigna Écrasez l´infâme (aplastad a la infame), compartida con más o menos pasión por las corrientes progresistas. La infame era ante todo la Iglesia católica, aunque podía ampliarse al calvinismo. Su aplastamiento sería una exigencia de la razón. Las ideologías, en cuanto a construcciones explicativas del mundo y de la sociedad  basadas intencionalmente en el culto a la Razón, venían a comportarse como religiones sustitutorias; y la religión a sustituir era, evidentemente, el cristianismo, considerado enemigo radical de la Razón.   
 
   La fuente más profunda del empuje ideológico reside, a mi juicio, en su negación del pecado original, clave de la comprensión cristiana de la condición humana. Creo que ese mito describe, precisamente, el paso de la conducta instintiva e inocente del animal a la moral propiamente humana, al morder la fruta del árbol del bien y el mal. La acción se presenta como una desobediencia al mandato divino, en la cual queda implícita la idea de la libertad; y el hombre que se vuelve libre ha de aceptar no obstante las consecuencias, en gran medida penosas, de la pérdida de la inocencia instintiva. He citado otras veces los versos en que Walt Whitman expresa, inconscientemente, la misma idea: “Podría irme a vivir con los animales, tan plácidos y satisfechos de sí mismos (…) No sudan ni gimen por su condición, no yacen despiertos en la oscuridad ni lloran sus pecados”.  
 
   El ideal propuesto por las ideologías es la negación del pecado original, la libertad sin culpa ni malas consecuencias, sin responsabilidad en definitiva. Aunque por una paradoja solo aparente, esa libertad se anula a sí misma. El mito griego de Prometeo puede interpretarse de modo semejante.  
 
   Tal vez esta explicación suene demasiado intelectualizada, puesto que desde luego los perseguidores no razonaban así. Pero, con sus muchas variantes o disfraces, en la condición humana persiste la añoranza por una situación en que los deseos se cumplen sin obstáculos ni castigos, con derechos y sin responsabilidad, una imposible vuelta a la seguridad del instinto: “La tierra será un paraíso”, rezaba una versión de La Internacional. Se entiende entonces que, de manera casi siempre confusa, los perseguidores de la Iglesia se ensañasen de modo especial con el gran obstáculo que durante siglos habría impedido al “pueblo” acceder a cotas inimaginables de libertad y felicidad, al paraíso en la tierra, por emplear el término simbólico. La iglesia era la gran opresora, tanto más cuanto que no ejercía su opresión exteriormente, como el poder del estado, sino en lo más íntimo de la personalidad humana, aherrojándola con cadenas espirituales. Las ideologías parecían demostrar mediante la razón, que tales cadenas eran pura fantasmagoría al servicio de intereses prácticos inconfesables. Incluso el más analfabeto percibía oscuramente el fondo de la cuestión, que le movía a rebelarse con furia. Aunque conviene señalar que el aparato y los dirigentes más enconados de la persecución tenían muy poco analfabetos o incultos.   
 
   Por su parte, el catolicismo no era una doctrina política aunque tenía proyección sobre la teoría de la sociedad y el estado. No aceptaba la idea liberal de un asocial “estado de naturaleza” superado por un “contrato”, sino que consideraba la naturaleza humana propiamente social y en su conducta social subyacía un fundamento de verdad más allá de las variables convenciones y acuerdos entre humanos, acuerdos que podían ser malvados. Los derechos básicos serían naturales, con fundamento transcendente, no producto de simples convenciones, y el poder venía de Dios pero debía ejercerse sin tiranía. A su vez, mostraba discrepancias con la economía capitalista, cuestionando que los acuerdos salariales y de condiciones de trabajo se dieran con igualdad entre las partes, y prescribía un “precio justo” y un “salario justo” muy difíciles de concretar.      
 
   Como fuere, la Iglesia podía acomodarse a diversos gobiernos e ideologías, excepto las que propugnaban un  estado totalitario y abiertamente antirreligioso. En España había convivido bastante bien con el liberalismo de la Restauración, con la dictadura (muy suave) de Primo de Rivera, y se había mostrado conciliadora con la república, incluso después de la pira de conventos y demás. También convivía con las democracias europeas, y razonablemente con el fascismo italiano, en bastante menor medida con el nazismo, cuyo totalitarismo había denunciado; y, hasta el concilio Vaticano II se había opuesto radicalmente al comunismo, por su ateísmo militante y excluyente y las persecuciones a que había dado lugar. En el Vaticano II se había impuesto, en cambio, el “diálogo con el marxismo”, que causaría graves daños a la Iglesia.    
 
   Otro punto esencial en esta cuestión es el del papel fundamental del catolicismo en la historia y en la misma configuración de España.  La latinización y catolización han sido el contenido fundamental de la cultura hispana ya en tiempos del Imperio romano y hasta hoy.  Posteriormente el proceso culminó con la formación de un estado nacional con los visigodos desde Leovigildo y Recaredo[1]. La cultura cristiana y latina y el precedente de la nación latino-goda, permitieron una Reconquista frente a la conquista islámica, que poco a poco rehízo la nación originaria, con la excepción de Portugal.    
 
   Posteriormente, España desempeñaría un papel decisivo, inigualado por cualquier otro país, en la defensa de Europa y la cristiandad frente a la superpotencia otomana, que amenazaba por el Mediterráneo, donde su flota prevalecía, y hacia el corazón de Europa por Hungría y Austria. En el frente mediterráneo, España fue decisiva en la contención de los turcos, y también desempeñó un papel importante en el primer asedio a Viena. Debe señalarse que los turcos contaron con el apoyo de potencias cristianas como Francia o Inglaterra, así como del expansivo protestantismo. España también fue el principal dique a la expansión inglesa y a la protestante en Países Bajos y en Francia durante el siglo XVI y parte del XVII, al paso que realizaba la  mayor obra de evangelización de la historia en América y el Pacífico.   
 
   Como ya vimos, de estos hechos han extraído algunos historiadores y comentaristas la conclusión de que España y el catolicismo van estrecha y necesariamente unidos, siendo inconcebible una sin el otro. La realidad histórica es más complicada, según también observamos  en el capítulo anterior. El liberal siglo XIX fue probablemente el de mayor decadencia de España, pero sus dirigentes seguían considerándose católicos en su mayoría. Y por lo que respecta al siglo XX, la autoproclamación católica del régimen de Franco, con aquiescencia y buena voluntad de Roma, no impidió que esta lo traicionase, por así decir,  en los años 60.   
 
   Desde luego, Europa y con ella España han evolucionado en un sentido distinto del integrismo. Ese sentido ha traído grandes crímenes, guerras e inestabilidad, pero la idea integrista de unir España y catolicismo carece hoy de base más allá del reconocimiento de esa religión como la más fuerte raíz cultural de la nación, de la exigencia de respeto  y libertad para ella, y del reconocimiento de los tremendos crímenes que ha traído el intento de erradicarla (crímenes por los que no parecen sentir el menor pesar sus autores o quienes se identifican hoy con ellos).  Porque, en fin, con sus bienes y sus males, dicha raíz seguía y sigue viva. La persecución trataba de aniquilarla  para sustituirla por algo supuestamente superior, pero la pretendida superioridad queda perfectamente reflejada, moral e intelectualmente, en las propias características de la persecución.  
 
 
 
[1] El significado de “nación” ha dado lugar a incontables discusiones, en su mayoría bizantinas. Aquí entiendo por nación una comunidad cultural bastante homogénea, como fue la Hispania latino-cristiana, con un estado propio. Estos dos elementos, comunidad cultural y estado propio, constituyen una nación. Cuando un poder nacional se expande sobre otras comunidades culturales hablamos de imperio.  Creo que esta definición evita muchas discusiones inútiles. Ver Nueva historia de España.


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