Memoria Histórica para todos
 
 
 
La represión en el bando nacional
 
Pío Moa
 
 
 
   Es innegable que el bando de Franco practicó la represión al comienzo de la Guerra, pero ni obedecía a un plan sistemático de generar terror, ni el número de víctimas triplicó a las producidas por las fuerzas republicanas.
 
   Las guerras son situaciones extremas en que los bandos luchan por sobrevivir y no por meros éxitos electorales. Por tanto, empujan la conducta humana hacia los extremos del heroísmo en unos casos, y el crimen y las mayores bajezas, en otros.
 
   La guerra española, como tantas, abundó en ambas conductas, pero muchos quieren reducir hoy el análisis a los rasgos más siniestros, al terror desatado entonces. La Ley de la Memoria Histórica (LMH) centra su atención en el lado más sombrío, la represión, limitándola, de hecho, a la practicada por el bando nacional.
 
   Y siendo este su tema estrella, lo trataré de modo sintético, por partes. La represión nacional o franquista ha originado innumerables artículos, libros, literatura y películas, de veracidad en general muy dudosa. Un precedente de ello fue la campaña mencionada en otro artículo sobre la supuesta represión de Asturias en 1934, y que envenenó de odio a media España.
 
   diferencia consiste en que la de 1934 se basaba en falsedades, mientras que la actual contiene un fondo de verdad. Los nacionales ejercieron, en efecto, una represión drástica, sobre todo al principio de la contienda. Pero al exagerar y no situar los datos en su contexto histórico, la ley promueve de nuevo una confusión sembradora de odios.
 
Mitos de la propaganda
 
   La propaganda izquierdista-separatista acusa a los nacionales, fundamentalmente, de:
   a) Desatar el terror de forma planificada, en contraste con el terror rojo, supuesto espontáneo.
   b) Haber causado muchas más víctimas que el terror rojo, hasta hablarse de un “holocausto” por alusión a la persecución nacionalsocialista sobre los judíos en la II Guerra Mundial.
   c) Ser responsables de los crímenes en los dos bandos, ya que si no se hubieran sublevado, el terror rojo no habría existido.
 
   En apoyo del primer punto citan la instrucción del general Emilio Mola de proceder con la máxima violencia inicial. Pero se trata de la misma instrucción del PSOE a los suyos en 1934, y en los dos casos perseguía paralizar al enemigo para evitar una lucha larga y más sangrienta. Por lo demás, es bien sabido que en las dos partes hubo un terror espontáneo, sobre todo al comienzo, y otro más sistemático desde los gobiernos.
 
   El aserto de que la represión nacional causó hasta el triple de víctimas que la contraria solo puede sostenerse desde “estudios” subvencionados por el poder con objetivos precisos y metodologías variopintas, como ha denunciado el historiador independiente A. D. Martín Rubio.
 
   Desde luego, si las víctimas de unos fueran muchas y muy pocas las del otro, tendría sentido entrar en esa discusión, pero en los dos casos son lo bastante numerosas para que ningún contendiente pueda presumir de piadoso.
 
   Los estudios estadísticos de los hermanos Salas Larrazábal y otros muestran un total de 110.000 a 130.000 homicidios en retaguardia, que sumados a los 130.000 caídos en combates da la cifra conforme con la evolución demográfica. La distribución de las víctimas varía según los estudios, pero la propia izquierda admite no menos de 50.000 en su lado (72.000 según R. Salas), por lo que la cifra de los muertos por los nacionales no puede ser muy superior.
 
   Las cifras más realistas, según los estudios independientes y no subvencionados del citado Martín Rubio, oscilan en torno a los 60.000 por cada bando algunos más causados por los nacionales, aunque la intensidad parece haber sido mayor en el Frente Popular, al haberse ejercido sobre un territorio en constante merma.
 
   El punto principal es el tercero: los nacionales habrían comenzado la lucha, por lo que una defensa de los agredidos, aunque fuera brutal, tiene bastante justificación. Sin embargo ello es, una vez más, falso.
 
Amparados por el Gobierno
 
   El terror rojo empezó ya en 1933 con atentados mortales y alcanzó un ápice provisional en la insurrección de octubre del 34, con más de un centenar de asesinatos de derechistas y clérigos. Tras las elecciones del Frente Popular, la gran mayoría de los asesinatos, amparados por los gobiernos y culminados en el de Calvo Sotelo, provinieron de las izquierdas (algunos en rivalidades entre ellas).
 
   La ira contenida de la derecha por tal indefensión se desbordó al comenzar el alzamiento. La mortandad de izquierdistas, sobre todo en los primeros meses, obedeció también a una “limpia”--como se le llamó en las dos partes-- de la precaria retaguardia de los alzados, para impedir un segundo frente a sus espaldas.
 
   Cabe concluir, pues, que:
   a) la represión nacional respondió a los ataques previos de la izquierda, así como a la decisión de paralizar al enemigo y asegurar la retaguardia en condiciones iniciales muy desfavorables.
   b) Fue una represión, al principio, en gran parte de represalia por la anterior, procurándose luego llevarla a través de tribunales.
   c) Su alcance numérico no difirió significativamente del terror en la parte contraria.
 
   En todos estos aspectos, la LMH fomenta una profunda distorsión de la historia con la consecuencia de resucitar viejos odios y fantasmas. 
 
 
 
 
 
 
 


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