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La verdad sobre los crímenes "franquistas" de Valdediós
 
José Javier Esparza
 
 
¿Realmente las tropas de Franco violaron y asesinaron a 17 enfermeras republicanas? 
 
   Hay algo admirable en la pétrea unanimidad con que la izquierda reacciona ante cualquier punto de debate, especialmente cuando se trata de reivindicar su “memoria histórica”. Recientemente, ante la iniciativa del Ayuntamiento de Pamplona de homenajear en una exposición al regimiento de Cazadores de Montaña “América” nº 66 por su 250 aniversario, los socialistas se han unido a Bildu para denunciar el, a su juicio, siniestro historial de esta unidad militar. ¿Su crimen? Haber “violado y asesinado a 17 enfermeras republicanas en el sanatorio psiquiátrico de Valdediós”, según declamaba la otra noche en “El gato al agua” el diputado (autonómico) socialista Óscar Iglesias. ¿Es verdad?
 
La leyenda
 
   Hablemos con más propiedad: al Batallón Arapiles 7, vinculado posteriormente al Regimiento América 66, se le imputa su responsabilidad en el asesinato de un número variable de civiles –entre 33 y 17 según las distintas fuentes-, trabajadores del hospital psiquiátrico alojado en el monasterio de Valdediós, cerca de Villaviciosa, en Asturias, el 27 de octubre de 1937, en el curso de la guerra civil. El relato se adorna con otros elementos como la violación de las enfermeras del hospital en una orgía de alcohol y violencia, la vejación de obligar a los condenados a cavar su propia fosa y, para colmo, la presencia de un siniestro capellán castrense que bendijo la operación. Realmente terrible. Y por arbitrario, por inexplicable, por irracional, más terrible todavía.
 
   ¿Qué hay de verdad en todo eso? Pongamos orden. Es difícil apuntar al Regimiento América 66 porque en la guerra hubo siete batallones que adoptaron el nombre de “Arapiles”. Al Arapiles 7 que estuvo en Valdediós se le da por parte del “América”, pero realmente no lo era. Ambos formaban, eso sí, en las brigadas navarras que protagonizaron la ofensiva franquista en el frente norte. Tampoco es fácil definir el número de víctimas. En 2003 apareció una fosa común en el entorno de Valdediós con 17 cadáveres: 11 mujeres y 6 hombres, según el informe forense. De ellos, 14 presentaban signos de arma de fuego en el cráneo. Hay fuentes que consignan hasta 33 o 34 muertos, pero no hay prueba documental o material que eleve la cifra hasta esa magnitud. Asimismo, los detalles acerca de la fiesta con alcohol, las violaciones, etc., proceden de testimonios orales muy posteriores y, por consiguiente, deben ser puestos entre paréntesis. Lo mismo ocurre con la supuesta presencia de un capellán castrense. En cualquier caso, y aun con todos estos matices, la realidad cambia poco: Valdediós habría sido el escenario de un atroz crimen de guerra perpetrado por una unidad de las brigadas navarras. La cuestión es saber exactamente qué pasó y por qué.
 
Los hechos
 
   Situémonos: en octubre de 1937 las tropas de Franco han ocupado Asturias, el último reducto del Frente Popular en el norte. El día 17, el denominado “consejo soberano de Asturias y León” se da a la fuga. El 21, Gijón y Avilés se rinden. En los días siguientes, las brigadas navarras proceden a ocupar el territorio. El 22 de octubre el Arapiles 7 llega a Valdediós y su sanatorio psiquiátrico. Valdediós era un conjunto monástico que albergaba, entre otras cosas, el seminario menor de Oviedo. No estaba abandonado “desde la desamortización”, como dicen algunas fuentes de la “memoria histórica”. Estaba parcialmente abandonado porque, durante la revolución de 1934, las izquierdas quemaron varios edificios –con parte de sus inquilinos dentro- y los supervivientes huyeron. Cuando estalló la guerra, y conociendo los antecedentes, los seminaristas se trasladaron a otros lugares. Durante los combates por Oviedo, en uno de los edificios acabaron instalándose varios internos y parte del personal evacuados del sanatorio psiquiátrico provincial de La Cadellada.
 
   ¿Era aquello, pues, un hospital psiquiátrico? No exactamente. Por los testimonios de los propios investigadores de la “memoria histórica” (Pedro de la Rubia y José Antonio Landera, concretamente), sabemos que muchos de los internos eran soldados afectados por traumas psicológicos en el frente y, dato muy importante, que el personal sanitario estaba íntegramente compuesto por sindicalistas de la UGT y la CNT, todos afiliados al Socorro Rojo Internacional y, en su inmensa mayoría, expedientados por su participación en la revolución de octubre del 34. Son estos los que abandonan el hospital de La Cadellada para marchar a Valdediós. Aún más: al menos siete de los milicianos que partieron de La Cadellada no llegaron nunca a Valdediós, sino que, por lo que parece, se reintegraron en distintas unidades militares del Frente Popular. Y enseguida veremos por qué son tan importantes estos datos.
 
   Desde el día 22, los soldados del Arapiles acampan en Valdediós sin el menor conflicto. Incluso consta que los internos y los vecinos asistían a la Misa celebrada por el capellán que acompañaba a las tropas. Todo cambia, sin embargo, el día 27. Ese día aparece un hombre “vestido de negro” que viene de Gijón y trae consigo una lista. Acto seguido, cinco hombres del personal de Valdediós son detenidos y llevados a Gijón, donde les espera un consejo de guerra. Son socialistas y republicanos implicados en los sucesos de 1934. Tres de ellos serán condenados a muerte –a uno le será enseguida conmutada la pena-, uno será sentenciado a doce años de cárcel y el quinto saldrá en libertad.
 
   Pero atención a esa lista que trae consigo el “hombre de negro”, porque parece que aquí está la clave del asunto. En la lista no figuran sólo los cinco detenidos, sino también otros que no van a marchar detenidos a Gijón. El proceso es muy característico en todas las depuraciones: lo mismo ocurrió con las listas que manejaban los milicianos en Madrid antes de Paracuellos, listas compuestas con detenidos de singular importancia política y, junto a ellos, otros de menor relevancia. Así la lista de Valdediós es un anuncio de muerte. Por el testimonio del principal testigo de cargo, llamado Antonio Lorenzo, sabemos incluso que al menos dos personas fueron salvadas de la lista por orden expresa del jefe militar. El resto…
 
   El resto eran militantes de la UGT y de la CNT que participaron en la Revolución del 34, que fueron en su día expedientados y apartados del servicio, que volvieron a sus puestos con la amnistía dictada por el Frente Popular y que, iniciada la guerra, habían abrazado su causa, como no podía ser de otro modo. Esa noche del día 27, un grupo concreto de los internados en Valdediós –no todos-, los de la lista del “hombre de negro”, fue llevado a una fosa y fusilado. Y esto nos da la clave: la matanza de Valdediós fue una operación de ejecución selectiva muy probablemente inspirada por la autoridad política local como venganza por la revolución del 34.
 
Las causas
 
   Sí, la revolución de 1934: aquel golpe de Estado que el PSOE, la UGT y los separatistas catalanes ejecutaron contra la autoridad legal y legítima de la República. La revuelta del 34 costó más de 1.500 vidas; entre ellas, las de 35 religiosos. En Asturias la revolución fue especialmente salvaje. Es muy conocido el episodio del asesinato de siete seminaristas de Oviedo –algunos de ellos procedentes precisamente de Valdediós- el 7 de octubre: sacados de su escondite con engaños, llevados ante el comité revolucionario y tiroteados uno a uno en las calles. Cuatro de aquellos seminaristas eran hijos de mineros. Además de estos y otros asesinatos, durante la revolución de Octubre se quemó la mayor parte de los templos al alcance de las milicias –también ocurrió en Valdediós-, en Oviedo se dinamitó la Cámara Santa de la catedral, se hizo estallar el instituto Alfonso II con sus ocupantes dentro, se prendió fuego a la Universidad –la biblioteca y la colección de arte se perdieron para siempre-, la misma suerte corrieron el Palacio Arzobispal y su archivo, el Seminario, el teatro Campoamor… Fue una locura. Locura cuyos responsables quedaron prácticamente impunes, porque sólo hubo dos condenas a muerte y, a pesar del alto número de detenciones, la gran mayoría no llegó a entrar en prisión, y los que entraron fueron de inmediato liberados por la amnistía dictada por el Frente Popular cuando llegó al poder. Por eso aquel 27 de octubre de 1937 llegó a Valdediós un “hombre de negro” con la lista de la venganza.
 
   ¿Y tenía que ser precisamente el 27, cuando Oviedo ya llevaba una semana en manos de las tropas de Franco? Seguramente también la fecha fue escogida con criterios de venganza. Porque justo un año antes, el 27 de octubre de 1936, milicianos de la UGT habían perpetrado la violación, tortura y asesinato de las enfermeras falangistas de Pola de Somiedo. Es difícil creer que la coincidencia de fechas sea un puro azar.
 
   Tampoco puede decirse que fuera aquella de Valdediós una matanza indiscriminada. Todo indica que el “hombre de negro” sabía a por quién iba. Los muertos identificados son ocho (siete por constancia directa y uno por testimonio de terceros). Otros muchos salieron vivos de allí. Los investigadores enumeran no menos de 25 personas cuyo rastro posterior ha sido posible seguir. Asimismo, de otras 11 personas se ignora su paradero; es posible que algunos formen parte de los cadáveres de la fosa común. Ninguno de los supervivientes –y esto hay que decirlo- denunció el crimen de Valdediós después de 1975 y hasta la fecha. Otro dato relevante: ninguno de los testimonios puede asegurar la responsabilidad directa de los jefes militares de la unidad, el comandante Molina y el teniente coronel Serrano, en la ejecución.
 
   En definitiva, todo apunta a que los hechos de Valdediós no fueron una carnicería arbitraria en una orgía de locura asesina, como tiende a presentarlos el discurso socialista actual, sino una venganza política inspirada por una autoridad local que proporcionó una lista concreta de nombres. Como la inmensa mayoría de los episodios de violencia homicida que salpican la crónica de la guerra civil española en los dos bandos.
 
El juicio
 
   ¿Esto quita o añade gravedad a los hechos? Ni una cosa ni otra. Pero es que el objetivo de este texto no es poner negros o grises en el cuadro. La única manera de entender las cosas es explicarlas. Explicar no es sinónimo de justificar: explicar significa, simplemente, dar razón de los sucesos, porque aún los más atroces tienen una razón de ser. Lo que ocurrió en Valdediós fue un crimen, sin duda. Como tantos otros. Y tuvo sus razones; brutales si se quiere, pero razones al cabo.
 
   Ahora podemos volver al caso que ha dado origen a la polémica: ¿Tienen razón los socialistas y los separatistas al invocar la matanza de Valdediós para oponerse a un homenaje al regimiento América 66? Es bastante injusto pulverizar 250 años de historia militar por un hecho que, además, no implica al propio regimiento. Por otra parte, si aceptamos la lógica revanchista de la “memoria histórica” tendríamos que replantearnos muchas otras cosas. Por poner un solo ejemplo, en los Nuevos Ministerios de Madrid gozan de sendas estatuas Francisco Largo Caballero e Indalecio Prieto: el primero fue jefe del gobierno frentepopulista durante lo más feroz de la represión roja (incluida la represión sobre el propio campo), y el segundo fue el creador del siniestro Servicio de Información Militar, la policía política republicana que acabó en manos de los agentes de Stalin. A uno y a otro –ambos, por cierto, hundidos hasta el cuello en el golpe de 1934- se les puede imputar la responsabilidad política del asesinato de millares de españoles y sucesos aún más siniestros que los de Valdediós. ¿Tenemos que quitarles por ello las estatuas de Nuevos Ministerios y las innumerables calles que ambos poseen hoy en toda la geografía nacional?
 
   Personalmente –y en este tipo de cuestiones conviene usar la primera persona-, yo soy partidario de no quitar ni un solo nombre a ninguna calle, sea nombre de “rojo” o de “nacional”, sea José Antonio Primo de Rivera o sea Dolores Ibarruri. No por una vergonzante equidistancia, sino porque los vivos tomamos partido, pero los muertos son de todos. Los muertos de Valdediós son tan españoles como los de Paracuellos. Los asesinos, en uno y otro caso, también, por cierto. Lo razonable sería que se termine de identificar a los cadáveres de la fosa de Valdediós, que sus deudos los entierren y que descansen en paz. Lo irracional, por el contrario, es seguir esgrimiendo como una cainita cachiporra el pasado. Este cansino pasado que no pasa.
 
 
 
 
 
 
 
 


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