Actualidad
 
 
 
Las calles agraviadas por el rencor
 
 José Utrera Molina 
 
 
 Como era de esperar, ha triunfado el odio. La Memoria Histórica que propugnó en su día y consumó en su mandato el presidente Zapatero ya ha dado sus primeros frutos. Quieren borrar de las calles de Madrid cualquier vestigio de su historia reciente. Quieren convertirse en vencedores extemporáneos de una contienda que algunos no supieron perder con honor. Intentar borrar del callejero nada menos que aquella referencia a los más de 5.000 españoles caídos de la División Azul es un monumental disparate merecedor de unánime reprobación. Tratar de arrancar de nuestras calles el recuerdo de aquella juventud limpia y clara, que luchó contra el comunismo, es una pretensión miserable que sólo puede venir de los herederos de quienes quisieron convertir nuestra patria en un satélite más de la URSS. Aquellos jóvenes llenos de idealismo que sin servir apetitos no ilustres marcharon a tierras lejanas para combatir con hidalguía a los enemigos de Europa y por supuesto de España no merecen el olvido ni mucho menos la traición de su patria.
 
   Me imagino el asombro y el dolor de los que estarán seguramente en otro espacio contemplando la falta absoluta de valor y de dignidad de los que han propuesto estas supresiones. Aquellos que combatieron en la posición intermedia y dieron su vida clavada y agonizante tendrán seguramente una mirada de horror ante tanta injusticia. No se podrán explicar el peso del odio, la acumulación de rencores, la persistencia de un resentimiento sin límites. Pero es así y contemplamos atónitos y casi desesperados tantos silencios culpables de los que permanecen mudos ante tan inmensa cobardía de los poderes públicos. Los que pretenden ahora borrar la historia deberían empezar por derribar las estatuas de Indalecio Prieto y de Largo Caballero. Pero no lo hicieron así, se contentaron con bajar de su caballo al que fue limpio ejecutor de una contienda impuesta por las circunstancias que España sufría por el acoso del comunismo internacional.Escribo apesadumbrado y maltrecho. No creo que me queden muchas horas que vivir pero los últimos momentos de mi vida los dedicaré a descubrir la indignidad de los que están falseando la historia de España. Borrar del callejero madrileño los nombres de Muñoz-Grandes, héroe en Alhucemas, y de tantos generales que ofrecieron su vida por España, carente de odio y llena de una plenitud extraordinaria en el sentimiento del servicio a la Patria, me parece una aberración.
 
   Ya somos pocos a los que nos queda la voz para denunciar tanta felonía, pero los últimos latidos de nuestros corazones elevarán al cielo la protesta por tanta vileza, por tanta traición a la memoria de nuestro pueblo.Estoy seguro que habrá todavía algunos españoles que clamarán frente al desierto de palabras y de actitudes. Los que murieron por España son ya la memoria de nuestra dignidad colectiva y muestran el dolor de la injusticia ante la permanencia cobarde de un odio incomprensible. No sé si el horizonte mental de los españoles está perturbado definitivamente pero yo creo que algún día las cosas recobrarán su sentido y las banderas a las que hoy se escupe ondearán frente a la cobardía de tantos que han hecho de la traición el siniestro juego de su resentimiento.
 
    


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