Cultura
 
 
 
Libro: La batalla de Gibraltar, de José María Carrascal
 
 Pío Moa
 
   El jueves presenté en el casino de Jerez, junto con Salvador Fontenla,  Guillermo Rocafort  y el propio autor, el libro de José María Carrascal, La batalla de Gibraltar, de Editorial Actas. 
 
   Carrascal explica muy bien la evolución del problema desde la batalla diplomática en la ONU, ganada abrumadoramente por España  y que dio lugar al cierre de la verja, y cómo la política española fue haciéndose luego cada vez más errática hasta convertirse en abiertamente entreguista con Felipe González, aunque ya Suárez, influido por Marcelino Oreja, iba por esa vía. De hecho sería la ONU la que defendiera los intereses españoles mejor que esos deleznables gobiernos.  Explica el libro muy bien cómo la acción de Inglaterra, desde el principio de la ocupación y en pleno siglo XX, ha sido la de los hechos consumados, una especie de piratería permanente. 
 
   Durante el siglo XVIII, España era todavía una potencia muy respetable, capaz de infligir a la Armada británcia derrotas muy dolorosas, de recuperar Menorca, etc., e intentó repetidamente recuperar Gibraltar por la fuerza, único modo entonces posible,  bien es verdad que sin excesivo empeño. En el siglo XIX, uno de los más deprimidos de nuestra historia, como he expuesto en España contra España,quedó fuera de cuestión el ataque militar, y durante gran parte del siglo XX ocurrió otro tanto. Hubo una oportunidad durante la II Guerra Mundial, que Franco desechó juiciosamente, ya que habría metido al país en un conflicto que, en el fondo, ni nos iba ni nos venía, como había ocurrido en la  anterior guerra europea. 
 
   Londres, agobiada en extremo por entonces, hizo ofertas de negociar después de la guerra la devolución de la base. Pero lo que hizo,  en agradecimiento a la neutralidad española, tan enormemente beneficiosa para Inglaterra, fue sumarse al aislamiento internacional, con la URSS y USA. 
 
   Aislamiento que tanto daño nos causó hasta que fue derrotado  por medio de una paciente labor diplomática. Las condiciones de España para plantear abiertamente la cuestión de Gibraltar eran muy precarias, al estar considerado el régimen de Franco una anomalía en Europa occidental, lo que Londres explotaba a fondo; a pesar de ello se tomó la iniciativa, obteniendo un resonante éxito diplomático, debida especialmente al empeño de Castiella, uno de los mejores ministros de Asuntos Exteriores. Los ingleses declararon, casi textualmente, que se pasaban por la entrepierna la resolución de la ONU, lo que ayudó a legitimar la postura española. La consecuencia fue el cierre de la verja, acompañada de una industrialización del Campo de Gibraltar, fracasada en parte por crisis posteriores, pero que dejó, entre otras cosas, el puerto de Algeciras convertido en uno de los más importantes de Europa. 
 
   El peñón se convirtió en una carga cada vez más onerosa para Inglaterra, la cual resistía con la esperanza de que antes o después los gobiernos españoles volviesen a facilitar sus intereses, como tantas veces en el pasado. Y así ha sido, Gibraltar  ha pasado de ruina para sus colonizadores  a negocio espectacular, que  absorbe energías y capitales del entorno, sometiéndolo a una verdadera colonización (la colonia colonizadora), y  le permite comprar voluntades y crear en torno una amplia red de corrupción.Hace poco, en el otro blog, un comentarista mejicano expuso la situación con la máxima claridad.
 
   Vino a decir:  “Ustedes  debe ponerse en la mente de los ingleses: si ellos tienen una colonia en su territorio y les explotan y ofenden constantemente, mientras que ustedes multiplican los ofrecimientos de amistad y alianza, es imposible que les respeten. Están ustedes en la posición del perro cuyo amo le da patadas, pero que responde al maltrato meneando la cola con expresión anhelante”. Creo que no se podría  definir mejor.
 
   La política inglesa solo se explica por el profundo desprecio que sienten hacia unos políticos españoles a quienes consideran bananeros y corruptos. Y no sin razones, al menos hasta ahora y con la excepción del período franquista. En definitiva, y fundamentalmente, se trata de un problema de voluntad: los ingleses tienen la firme voluntad de permanecer en Gibraltar, y los gobiernos españoles no tienen la menor voluntad  real de impedirlo. Su política es la del perro. 
 
   Peor aún: están empeñados en disolver España en la UE, entregar “grandes toneladas de soberanía”. Entonces, ¿con qué argumento pueden exigir la devolución de Gibraltar u oponerse a la secesión de cualquier región –hacia cuyos separatistas han seguido la misma política del perro, desde la Transición-? 
 
   La casta política es el mayor problema y la mayor amenaza para la misma continuidad de España, y algún día habrá que exigirle sus responsabilidades. Lo más asombroso de esta pugna entre una voluntad recia y una voluntad perruna, es que, contra lo que han dado en creer muchos, España tiene todas las de ganar. Gibraltar depende de España, no España de Gibraltar. Depende en todos los aspectos, hasta en el agua. 
 
   Y las posibilidades de presión son casi infinitas. Pero los perros no entienden de ello.  
 
   Con algunos amigos hemos formado el foro "Recuperemos Gibraltar" a fin de ir clarificando estas cuestiones ante la sociedad civil, porque la actual "sociedad política" no muestra la menor voluntad de cambio.
 
 
 
 
 
 


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