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Llamemos al crimen, crimen
 
Pedro Trevijano
 
 
   En la segunda Carta a Timoteo, leemos: “Porque vendrá un tiempo en que no soportarán la sana doctrina, sino que se rodearán de maestros a la medida de sus propios deseos y de lo que les gusta oír; y, apartando el oído de la verdad, se volverán a las fábulas” (4,2-4). No he podido por menos de pensar en este trozo del Nuevo Testamento, cuando he visto que el Partido Socialista, los nacionalistas vascos y catalanes menos Unió, Izquierda Unida y demás partidos de izquierda han votado a favor de la continuidad de la actual Ley del Aborto.
 
   Para la Iglesia Católica el aborto es “un crimen horrible” (Gaudium et Spes nº 51). Quienes hemos visto videos de abortos no podemos sino estar de acuerdo con esa afirmación, porque contemplar como se mata a un ser humano arrancándolo del vientre de su madre por aspiración, descuartizamiento o algún otro método parecido nos estremecemos ante la crueldad de lo que se hace, e incluso si se lograse algún método indoloro siempre sería matar a un ser humano. Dile a una sobrina mía que está esperando que la foto de su hijo que lleva en el móvil no es la de un ser humano. Creo que me preguntaría si me he vuelto loco o soy idiota.
 
   Por ello los abortistas, como no tienen argumentos, porque además la Medicina se los está quitando con sus avances, recurren con frecuencia a la grosería, como ha hecho la diputada de Amaiur Onintza Enbeita, que ha puesto el listón de la grosería y de la mala educación a un nivel difícilmente alcanzable o al insulto personal, que es la táctica seguida por varias importantes diputadas socialistas. Como hizo hace algunos días Elena Valenciano, llamándonos mentirosos y crueles (hay que tener agallas para decir ella eso), o como ha dicho en este debate “más educación sexual y menos catecismo”. 
 
   Para mí educación sexual es educar a poner la sexualidad al servicio del amor, mientras que para ella es poner la sexualidad al servicio del placer y de la promiscuidad, eso sí, utilizando el preservativo. Peor todavía fue lo de Soraya Rodríguez, quien dijo que la Ley del aborto de Gallardón es una ley facha, adjetivo que en buena lógica nos cae a todos los antiabortistas. Voy a citar por ello un testimonio de alguien, de quien creo que ni Soraya Rodríguez se atrevería a llamar facha:
 
   “Pero la amenaza más grave que sufre la paz hoy en día es el aborto, porque el aborto es hacer la guerra al niño, al niño inocente que muere a manos de su propia madre. Si aceptamos que una madre pueda matar a su propio hijo, ¿cómo podremos decirle a otros que no se maten? ¿Cómo persuadir a una mujer que no se practique un aborto? Como siempre, hay que hacerlo con amor y recordar que amar significa dar hasta que duela. Jesús dio su vida por amor a nosotros. Hay que ayudar a la madre que está pensando en abortar; ayudarla a amar, aun cuando ese respeto por la vida de su hijo signifique que tenga que sacrificar proyectos o su tiempo libre. A su vez el padre de esa criatura, sea quien fuera, debe también dar hasta que duela. Al abortar, la madre no ha aprendido a amar; ha tratado de solucionar sus problemas matando a su propio hijo. Y a través del aborto, se le envía un mensaje al padre de que no tiene que asumir la responsabilidad por el hijo engendrado. Un padre así es capaz de poner a otras mujeres en esa misma situación. De ese modo un aborto puede llevar a otros muchos abortos. El país que acepta el aborto no está enseñando a su pueblo a amar sino a aplicar la violencia para conseguir lo que se quiere. Es por esto que el mayor destructor del amor y la paz es el aborto” (Beata Teresa de Calcuta. Discurso durante el Desayuno Anual de Oración. Washington 4 de Febrero de 1994).
 
   Desde luego con semejantes diputadas, no me extraña que el prestigio de la clase política esté donde está. Por cierto, la última novedad consiste en llamar a la pedofilia educación sexual interactiva.
 
   No puedo por menos de preguntarme por qué se puede votar a favor del aborto. Está claro que, en algunos casos, se hace por interesas económicos. Pero, ¿y los demás? Un amigo me ha dado una pista: el problema es que todos tenemos una conciencia que, a pesar que se intenta acallarla, sigue funcionando en nuestro interior. La solución consiste entonces en negarla y atribuir esa voz interior a lo que enseña la Iglesia Católica, con lo que conseguimos dos cosas: combatir a una institución a la que odiamos y acallar nuestra conciencia. Pero en el fondo todos nos damos cuenta de que no todas las vidas son iguales, porque el bien y el mal existen, que tenemos una cosa llamada responsabilidad y que vamos a tener que dar cuenta de nuestros actos.
 
 
 
 
 


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