Actualidad
 
 
 
Los cristianos ante el "proceso soberanista"
 
 
Eduardo Arroyo 
 
 
 
   Quizás sea la confusión el mal principal de nuestra época. Cuando esa confusión se produce entre gentes que aceptan que existen cosas que son verdad y que son mentira y que, en consecuencia, hay una norma externa dentro de la cual el hombre debe vivir, la confusión es especialmente inaceptable. La razón es que esa verdad es quien hace renunciar al propio ego y forjar los lazos comunitarios basados en el sacrificio y en la renuncia por los otros. Solo en las comunidades humanas –como instancias superiores al "yo"- se constituye la base de todo orden verdaderamente humano. Por el contrario, las sociedades –fundadas antes que nada en el interés individual- son por su propia esencia inestables, en tanto que sistemas de egoísmos en precario equilibrio. De ahí que toda comunidad humana haya sido históricamente religiosa, con la excepción del occidente moderno, laico e individualista. Inversamente, solo sobre una visión trascendente de la vida puede reconstruirse y regenerarse cualquier comunidad. Por ello, la confusión en el campo religioso occidental por excelencia, esto es, en el cristianismo, reviste una especial importancia y debe ser desenmascarado.
 
   Algunos ejemplos al respecto me vienen a la cabeza. De alcance planetario fue en los años 70 y 80 la denominada "teología de a liberación", intento subrepticio de compatibilizar el cristianismo con la ideología marxista y que, contrariamente a lo que se cree, ha dejado una profunda huella en el cristianismo occidental contemporáneo y, en especial en el catolicismo iberoamericano. Desarticulado en lo doctrinal, la "teología de a liberación" no ha podido serlo totalmente en la práctica religiosa. Aventurando una tesis que quizás algún día tenga tiempo de desarrollar, la degradación de la espiritualidad religiosa en humanitarismo de tipo sentimental es la principal secuela de aquellos días de auge "liberador". Otro caso, que arranca de los años 50 principalmente, es la génesis del terrorismo marxista y nacionalista vasco bajo la cobertura de los seminarios. Sin querer equiparar la confusión doctrinal y la barbaridad filosófica e histórica con el simple delito y el crimen –por favor, que esto quede claro-, es necesario dejar sentado que tras toda acción perniciosa existe siempre antes una teoría igualmente perniciosa. Por eso cuando uno presta apoyo, aunque sea meramente teórico, a la mentira y la falsedad, después resulta muy difícil precisar hasta donde puede llegarse.
 
   Un caso relacionado es lo sucedido con el obispo de Solsona Xavier Novell, del que ya nos ocupamos la semana pasada en esta misma columna. El obispo ha podido, simplemente, manifestar una opinión, por decirlo de manera suave, harto discutible. Pero la cosa no queda ahí, primero por el puesto que ocupa. Segundo, porque intentar fundamentar los devaneos de monseñor Novell y las tesis del nacionalismo catalán, nada menos que en la Doctrina Social de la Iglesia es algo bastante grave. El hecho se pone de manifiesto en la respuesta de la Federación de Cristianos de Cataluña (FCC) a la nota de prensa de la Asociación Enraizados. Esta última asociación acusaba al obispo de Solsona, monseñor Xavier Novell de "bendecir la consulta ilegal en Cataluña". Los argumentos son tan peregrinos que, de hecho, me sorprendió que el medio digital Religión Confidencial, cuando los hizo públicos, no incluyera ninguna valoración del dislate para ahorrar un poco de la confusión reinante a sus lectores.
 
   En la línea del "fulano o mengano dixit" –la pretendida cultura de numerosos personajes públicos se adorna con citas incomprobables de otros personajes también públicos pero de carácter histórico-, alguien puso en boca de Lenin una frase que decía más o menos que "la gente religiosa es la más fácil de engañar porque basta presentarles cualquier sofisma con oropeles religiosos para que lo crean ciegamente". No se ni cuándo ni dónde dijo Lenin estas palabras, ni tampoco si lo dijo realmente, pero la idea expresada cuadra bastante con la mentalidad leninista y con su concepción de la religión como enemigo a destruir en el curso del progreso revolucionario. No es de extrañar que sean ahora los oropeles nacionalistas quienes hayan seducido a la FCC. 
 
   Según Esta Federación, "la Doctrina Social de la Iglesia nos enseña que la nación es una comunidad natural , anterior al Estado; éste debe estar al servicio de aquella. Nos enseña también que los derechos de las naciones son los derechos humanos vividos colectivamente. Desde esta perspectiva, el obispo de Solsona afirma, fiel al Magisterio, que el derecho de las naciones es superior (porque es anterior) al de la unidad del Estado (el Estado español en este caso)". Algunas cosas podrían decirse de la oscura frase de que "los derechos de las naciones son los derechos humanos vividos colectivamente", dado que hay quién considera, por ejemplo, un "derecho humano" un pretendido "derecho a la salud reproductiva" y entre ellos incluye el aborto. 
 
   Pero no vamos a detenernos aquí porque la FCC continúa diciendo que "afirmar , implícitamente, la condición objetiva y secular de Cataluña como nación, no niega este carácter al conjunto del resto de los pueblos que forman el Estado español". Nos gustaría mucho que alguien nos explicara donde radica la "condición objetiva y secular de Cataluña como nación" si no es en el imaginario nacionalista, pero sigue el documento diciendo que "apelar a ´la categoría moral de la unidad de España´, pretendiendo mantener la veracidad de la tesis, cuando esta ´unidad´ para algunos pueblos de la Península, entre los que Cataluña, es impuesta y conlleva la negación de sí mismos es, desde la misma Doctrina Social de la Iglesia, indefendible. A qué unidad se refieren, cuando una de las partes somete culturalmente, económicamente y política a otra? ¿Por qué no considerar también un bien moral que Cataluña, soberana en el seno de la gran familia de naciones, viva su soberanía en solidaridad con los demás pueblos del mundo, especialmente con los de España?"
 
   Todo esto no es más que dar por sentado lo que no es otra cosa que propaganda política. Hacer de esto una verdad es condición sine qua non para después poder apelar a la Doctrina Social de la Iglesia. Ni Cataluña ha sido alguna vez una nación, ni su pertenencia a España –eso sí que es objetivo y secular- ha sido fruto de una imposición, ni existe más "sometimiento cultural, económico y político" que el de Madrid o Murcia. Pese a todo, es muy posible que muchos cristianos sinceros hayan caído en las redes de la mitomanía nacionalista construida en torno a 1714, así como a todos los intentos por limpiar de los libros de texto el pasado heroico y profundamente español de Cataluña.
 
   Todo eso no es más que una falsedad rampante con la que se pretende normalizar entre quienes han hecho de la verdad el centro de su vida –los cristianos- los delirios de la ideología nacionalista. Los señores de la FCC deberían saber que toda colectividad humana es no solo sincrónica sino también diacrónica, por lo que sería ridículo plantear a tantos catalanes muertos por amor a España las proposiciones sediciosas de los nacionalistas de hoy. Desde el Bruch hasta el sitio de Gerona o las guerras medievales en pos de la "España perdida". Cataluña ha ofrendado lo mejor de sí a esta España que hoy se deshace porque sus hijos han preferido renegar de lo que son y han sido. Más aún: en consonancia tanto con el gobierno de Madrid como con el de la Generalitat, han preferido someterse a los intereses del capital global y entrar en la dinámica disgregadora dentro de la que se enmarca el afán, supuestamente "catalanista" del "Govern", una de las estructuras de poder más corrompidas que existen en España. De paso, conviene recordar que, en el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, se remarca, en su epígrafe titulado Al servicio de la verdad plena del hombre, algo esencial al propio cristianismo universal. Se dice que "la orientación que se imprime a la existencia, a la convivencia social y a la historia, depende, en gran parte, de las respuestas dadas a los interrogantes sobre el lugar del hombre en la naturaleza y en la sociedad, cuestiones a las que el presente documento trata de ofrecer su contribución. El significado profundo de la existencia humana, en efecto, se revela en la libre búsqueda de la verdad, capaz de ofrecer dirección y plenitud a la vida, búsqueda a la que estos interrogantes instan incesantemente la inteligencia y la voluntad del hombre". 
 
   Es decir, el hombre en búsqueda de la verdad es anterior a todo derecho y este afán es el que imprime orientación al orden social. De ahí el caos que reina en toda España, Cataluña incluida, precisamente porque lo que menos importa hoy día parece ser la verdad. Esta es la razón por la que la FCC no entiende la existencia de la unidad de España como categoría moral. Para el cristiano la Historia es la mano de la Providencia y la nación no es, como para liberales y marxistas, un invento de tipo voluntarista, sino la plasmación de la obra de la Providencia en la Historia del hombre. La nación no se improvisa, se gesta históricamente. En el caso de España –algo que en su día supo explicar notablemente bien el filósofo Julián Marías- se trata de un país con una importante razón de ser en la fe católica. Es posible que, en aras de la "convivencia", hoy no se pueda fundamentar la nación española en una fe que el propio pueblo no comparte, pero de ahí a alegar hechos históricos inventados o cuestiones de oportunidad económica para contribuir a la destrucción nacional es una apuesta intolerable para un cristiano y, en especial, para un cristiano español.
 
   Por todo eso, la FCC haría muy bien en revisar si su proyecto sirve a los designios voluntaristas de un élite política corrupta y, en muchos casos anti-cristiana (como ERC), o bien se ajusta al derecho de la verdad, fundamento de la fe cristiana y frente al cual no existe ni puede existir ningún otro derecho. Y es que cuando se conculca el derecho a la verdad, cosas como la "paz", la "integración", la "solidaridad", los "derechos" e incluso el "amor a la patria", quedan como una simple palabrería vacía, cuyo verdadero rostro es con mucha frecuencia algo siniestro.
 
 
 
 


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