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Me imagino que el mar no habrá cambiado...


A José Utrera Molina

 

Pilar Pérez García “Pituca”

No podía dejar de escribir y nunca me había costado más. José Utrera Molina no solo ha sido un español ejemplar por su Fidelidad y Lealtad a Dios, a la Patria y a la Falange. Ha sido un referente político, un maestro, un amigo y como un abuelo para mí.

Ya ni recuerdo cuándo tuve el honor de conocerle ni de cuántas veces nos reunimos para hablar, a veces con un tema concreto, otras para hablar de lo Divino y de lo humano. Me contaba muchas cosas, de la Cruzada, de su época de Gobernador, de Ministro… tenía una memoria privilegiada y una dialéctica envidiable. Te quedabas embobado escuchándole, ya fuera un relato relativo a temas de Estado, como la emoción de contar una anécdota. Ponía el corazón en todo lo que hacía y decía. Él mismo me decía que si las cosas no las haces con corazón, no las hagas.

Un hombre que podría haber vivido tranquilamente sin querer saber lo que ocurría a su alrededor y disfrutar de la vida sin sobresaltos. Pero él no era así, comprometido como pocos, quería conocer todo lo de su alrededor, saber lo que sucedía y poder defender todas las causas justas que podía. Cuando me preguntaba por el ambiente en el colegio o la Universidad y sabía de la difícil situación por la que pasaba la juventud, siempre me decía que nunca renunciase a defender a Dios y a España, que no hay nada más triste que verse envuelto en la desagradable sensación de la traición.

¡Cuántas tardes pasamos hablando de España!... De vernos incomprendidos en un mundo materialista y mentiroso. A pesar de los 60 y tantos años de diferencia, hablaba con él como si fuéramos de la misma generación. Era de esas personas que no pierden ese carisma, ese espíritu combativo, esa sensibilidad y sentimiento por todo lo injusto. Me enseñó a emocionarme con hechos grandes pero sobre todo con los pequeños: con una misiva de un amigo, al que llevaba años sin ver; por un soneto; hasta por las primeras flores que daba la primavera. Esa primavera que tanto soñaba con volver a ver reír... como decía su hijo Luis Felipe hace pocos días, no podía haberse ido en otro momento, con el florecer, con el sol y con el mar en el horizonte. La mirada clara y en lo alto las estrellas. Y ahí, en el firmamento es donde le veré a partir de ahora. En su Lucero, en guardia tensa, velando por España.

Ejemplo de lucha, a pesar de la adversidad, de tener todo en contra, de vivir injusticias. Y ejemplo de caballerosidad, porque pocas personas han aguantado hechos tan canallescos de una forma tan serena y los han afrontado con tanta galanura. Eso sí, sin dejar de sufrir todos y cada uno.

Don José, me imagino que el mar no habrá cambiado… Me despido, no sin contener las lágrimas. Una despedida amarga a la par que feliz. Amarga porque nunca es del gusto de nadie despedir a un hombre ejemplar, pero feliz por saberle en compañía del Altísimo y por haberme brindado su amistad y camaradería. Ha mantenido alzada la bandera, ahora solo nos queda seguir defendiéndola alegremente, poéticamente.



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