Memoria Histórica para todos
 
 
 
"No es una guerra, es una Cruzada", por Jorge López Teulón
 
 Jorge López Teulón
Religión en Libertad 
 
   En los discursos y alocuciones que pronunciaron los jefes del Alzamiento, en los primeros días de la sublevación, no se hacía mención de la cuestión religiosa. No empezaron a referirse a la misma hasta que llegaron noticias de la persecución religiosa que se había desencadenado en la zona gubernamental como consecuencia del pronunciamiento. Esta persecución había de facilitar a los sublevados, al convertirse el pronunciamiento en guerra civil, la posibilidad de presentar la cuestión religiosa como uno de los fundamentos de su movimiento frente a los gubernamentales, hasta el extremo de presentar la guerra civil como una “Cruzada”.
 
   Por su parte, afirma Gonzalo Redondo en el tomo II, La Guerra Civil: 1936-1939 de su “Historia de la Iglesia en España: 1931-1939 (Madrid, 1993), que “puede afirmarse que la primera vez en que un obispo español utilizó públicamente la expresión “cruzada” para referirse a la guerra fue el 23 de agosto de 1936 en la nota redactada por Monseñor Marcelino Olaechea, obispo de Pamplona, y publicada en el Diario de Navarra de esa misma fecha”. 
 
La voz del Prelado: “No es un guerra: es una cruzada”
 
   Al Excmo. Sr. Deán y Cabildo de la S.I. Catedral, al Muy Ilustre Sr. Prior y Cabildo de la Colegiata de Roncesvalles, a los Muy Rvdos. Sres. Arciprestes, Párrocos, Ecónomos, Regentes, Coadjutores, Capellanes, a todas las Reverendas Comunidades de ambos sexos; a los Sres. Presidentes y Juntas de Fábrica de Nuestras Iglesias, a las Archicofradías, Cofradías, Hermandades y Pías Asociaciones.
 
   Continuas y rendidísimas gracias hemos de dar a Dios al considerar cómo en nuestra amada Diócesis, por el favor y valentía que Él ha puesto en el corazón navarro, ningún sacerdote ha sido ultrajado, ningún templo ha sufrido deterioro.
 
   Gracias a Dios en nuestras oraciones; y caridad generosa para los que luchan por la causa de Dios y por España, que es gran don de Dios.Os invito a todos, venerables hermanos y queridísimos hijos, a poner en mis manos –para que de ellas vayan a la Junta de Defensa Nacional- una limosna grande, la más grande que podáis, de vuestro peculio y de los fondos mismos de las entidades que presidís o de las que formáis parte.
 
   No es una guerra la que se está librando, es una cruzada, y la Iglesia mientras pide a Dios la paz y el ahorro de sangre de todos sus hijos –de los que la aman y luchan por defenderla, y de los que la ultrajan y quieren su ruina- no puede menos de poner cuanto tienen a favor de los cruzados.
 
   Lo hizo siempre, y como siempre lo hace en estos días.
 
   En su nombre, os lo agradece y bendice.
 
   +Marcelino, Obispo de Pamplona. 
 
   Tres días más tarde, el arzobispo de Zaragoza, Monseñor Rigoberto Doménech, habló también dela cruzada en carta circular del 26 de agosto. Con fecha del 31 de agosto, apareció en el mismo sentido, una circular del arzobispo compostelano, Monseñor Tomás Muniz Pablos. El día anterior, habían fusilados a los Obispos de Guadix y Almería, que sumaban diez de los trece Obispos que serían martirizados durante los días de la persecución religiosa.
 
   Por otra parte, de la misma manera se expresa la Carta colectiva que redactó el cardenal primado Isidro Gomá y Tomás, a quien el alzamiento militar del 18 de julio de 1936 sorprendió en Tarazona, donde había acudido para la consagración episcopal de Gregorio Modrego y Casaus, que iba a ser su obispo auxiliar. La consagración fue aplazada hasta octubre y Gomá se trasladó a Pamplona, donde fue acogido por el obispo Marcelino Olaechea. Centenares de sacerdotes fueron igualmente acogidos y atendidos por la generosa hospitalidad del obispo Olaechea en la Casa de Ejercicios de las Esclavas de Cristo Rey de la capital navarra. 
 
 
1 de julio de 1937, la Carta colectiva
 
   Después de la encíclica Divini Redemptoris, fue cuajando la idea de una Pastoral colectiva sobre la guerra civil y la persecución religiosa. La carta lleva fecha del 1 de julio de 1937, prácticamente un año después del comienzo de la guerra, cuando ya eran miles los sacerdotes, religiosos y seglares asesinados. Fue aprobada por la Santa Sede antes de su publicación y firmada por todos los obispos, excepto Vidal y Barraquer y Múgica, ambos a la sazón fuera de España. No se publicó hasta el mes de agosto. Iba dirigida al Episcopado universal y tuvo gran resonancia. Los obispos españoles recibieron 580 mensajes de adhesión de parte de los Episcopados y particulares de obispos. El mismo Secretario de Estado, Cardenal Pacelli, dirigió el 5 de marzo de 1938 al Cardenal Gomá un mensaje de congratulación por la Carta colectiva y por el eco encontrado en el Episcopado mundial.
 
   He aquí el resumen de su contenido. La Carta colectiva quería salir al paso de las tergiversaciones que de los hechos y de la actitud de la jerarquía eclesiástica se hacían en el extranjero, incluso en parte de la prensa católica. No pretendía ser la demostración de una tesis sino la exposición de hechos. La guerra pudo preverse desde que la República empezó a atacar a la Iglesia ya en 1931. No obstante esos ataques, la jerarquía se mostró sumisa al régimen y pidió al pueblo esa misma sumisión. La Iglesia no había querido esa guerra y si ahora se pronunciaba sobre la misma, era por su repercusión en el orden religioso y porque “ha aparecido tan claro desde sus comienzos que una de las partes beligerantes iba a la eliminación de la religión católica en España, que nosotros, obispos católicos, no podíamos inhibirnos”.
 
   La Carta habla de los planes y actos contra la religión en el quinquenio que precedió a la guerra, y del plan de exterminar al clero y de implantar el comunismo, cosa que había evitado en parte el alzamiento militar. En la guerra luchaban dos Españas, dos tendencias: la espiritual, del lado de los sublevados, y la materialista.
 
   “La Iglesia, a pesar de su espíritu de paz y de no haber querido la guerra ni haber colaborado con ella, no podía ser indiferente en la lucha: se lo impedían su doctrina y su espíritu”.
 
   Sólo el triunfo del alzamiento militar podía esperarse la justicia y la paz. Caracterizaba a la revolución comunista de “cruelísima”, “inhumana”, “bárbara”, “antiespañola” y, sobre todo, “anticristiana”, exponiendo brevemente los hechos y características de la persecución religiosa, que en pocas semanas había superado a todas las persecuciones en número de víctimas y en manifestaciones “del odio contra Jesucristo y su religión sagrada”.
 
   Se hablaba de las características de la España nacional y se recordaban las palabras de Pío XI de que en España se habían producido verdaderos martirios. Se respondía a las acusaciones de que la Iglesia era rica, que atacó al pueblo desde sus templos y de que se ha mezclado en la contienda. Declaraba la independencia de la Iglesia, su no atarse a ningún poder, aunque acogía a aquel que la defendía de la aniquilación que intentaba el comunismo. Y añadía unas palabras luminosas:
 
   “Cuanto a lo futuro, no podemos predecir lo que ocurrirá al final de la lucha. Sí que afirmamos que la guerra no se ha emprendido para levantar un Estado autócrata sobre una nación humillada, sino para que resurja el espíritu nacional con la pujanza y la libertad cristiana de los tiempos viejos... Seríamos los primeros en lamentar que la autocracia irresponsable de un parlamento fuese sustituida por la más terrible de una dictadura desarraigada de la nación. Abrigamos la esperanza legítima de que no sea así”.
 
   La carta tuvo influjo beneficioso en la zona republicana. La República había quedado en evidencia ante el mundo. La persecución cruenta, que ya había remitido bastante desde principios de 1937, disminuyó aún más. A pesar de todo, todavía fueron sacrificadas otras 332 víctimas hasta el final de la guerra, la mayoría de ellas en 1937.           
 
   Esta última fotografía nos muestra una placa colocada en la casa de Pont de Molins (Girona) en la que estuvieron presos los Beatos Anselmo Polanco y Felipe Ripoll los últimos días de su vida terrena en febrero de 1939. Monseñor Polanco, obispo de Teruel fue el último prelado en ser martirizado. 
 
 
 
 
 
 
 


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