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Pasión de la Iglesia, pasión de España, por Ángel David Martín Rubio
 
 
Ángel David Martín Rubio 
 
 
 
   Los católicos españoles nos disponemos a celebrar la Semana Santa de un año que ha transcurrido bajo el signo de las más graves agresiones laicistas ocurridas desde el ciclo de 1931-1939. Además, a lo largo de estos últimos meses ha continuado la obra descristianizadora promovida desde el Gobierno y seguimos viviendo bajo los efectos de una crisis económica agravada por la falta de serias reformas que eviten la reiteración de efectos similares en el futuro y por la definitiva demolición del Estado social de derecho que habíamos heredado.
 
   1.- Las reiteradas blasfemias en público, las profanaciones y los ataques a la religión católica desde medios de comunicación y otras instancias, han ido acompañadas en los últimos meses de ataques violentos. Probablemente la más simbólica de todas ellas fue la bomba activada en la Basílica de Nuestra Señora del Pilar por un grupo terrorista. Agresiones como la sufrida por el cardenal Rouco Varela o los asistentes a diversos actos religiosos, profanaciones de imágenes y cementerios, insultos, pintadas… hasta el intento de quemar una iglesia en Sevilla, van formando parte de la crónica cotidiana sin que estos hechos hayan merecido apenas atención por parte del Gobierno. Es más, se tiende a repartir las responsabilidades por la violencia entre la extrema izquierda y… la extrema derecha. Sin explicarnos, eso sí, qué acciones justifican el paralelismo.
 
   2.- La nefasta gestión del zapaterismo ha sido reemplazada por la falta absoluta de voluntad por parte del Partido Popular para rectificar la obra de los sucesivos gobiernos que se han sucedido desde 1978. Fue entones, con la Constitución de 1978 y sus consecuencias, cuando se implantó un modelo político carente de cualquier referencia moral objetiva y que, en la práctica ha degenerado en verdadero laicismo. La presencia de dirigentes peperos en las reivindicaciones abortistas o la nueva ley proyectada al respecto, y momentáneamente paralizada por intereses electorales, nos dispensan de mayores precisiones al respecto.
 
   Los católicos españoles siguen optando masivamente por los llamados “partidos mayoritarios”, fieles a las consignas que desde instancias eclesiásticas oficiales se les han hecho llegar desde 1977 y a la demoledora táctica de apoyo al mal menor (que el pensamiento tradicional español ya en el siglo XIX definió, en realidad, como el mayor de los males). De esta manera, sedicentes católicos respaldan desde las urnas a sucesivos gobiernos que implantan y consolidan desde el poder el laicismo más agresivo. Porque en la progresiva deriva del sistema hacia la izquierda, lo que hoy se considera mal menor, era el mal mayor hace pocos años. Y lo que inicialmente se consideraba “mal menor” se acaba asumiendo como algo válido frente a algo aún peor. Valga como ejemplo la aludida legislación despenalizadora del aborto y las sucesivas posturas ante el mismo del Partido Popular.
 
   3.- La crisis económica que padecemos ya desde hace demasiados años no es sino una más de las que se vienen sucediendo sistemáticamente desde el cambio de modelo socio-económico iniciado en la Transición. Desde entonces se están difuminando progresivamente las clases medias, el más firme puntal de una sociedad moderna, al ser imposible o tener un costo inaccesible para la mayoría el ahorro, el acceso a la vivienda, la gestión de las pequeñas empresas, la estabilidad en el puesto de trabajo, la formación de una familia en los primeros años de la madurez… Las elevadísimas cifras de paro vienen a consolidar un modelo en el que se cierran definitivamente las puertas a las generaciones más jóvenes.
 
   Con razón se ha dicho que durante esta crisis, las familias han actuado como elemento de cohesión social. También se ha puesto de relieve la fortaleza del núcleo familiar en España, a diferencia de otros países de nuestro entorno, y a pesar de las desfavorables intervenciones legislativas de los sucesivos Gobiernos “democráticos” y del notable deterioro de los valores morales propios de la familia. Pero, al hacerlo, conviene recordar que dichas familias han pivotado, sobre todo, en torno a las generaciones de mayor edad, esos magníficos abuelos, que fueron los niños de nuestra posguerra, y que ahora revalidan esfuerzos y sacrificios para sacar adelante a sus nietos sin contar, en muchas ocasiones, con el respaldo de la generación intermedia, irreversiblemente afectada ya por la sistemática demolición de la familia emprendida desde los grupos de poder.
 
   El panorama se completa con una Iglesia sometida a una verdadera auto-demolición de su identidad y en estado de cuestionamiento de sus fundamentos doctrinales más profundos. La jaleada revisión de la difícil situación provocada por las rupturas matrimoniales y las uniones irregulares se está utilizando no solamente para modificar prácticas disciplinares sino para cuestionar los principios teológicos y morales que las sustentan. Además, en el caso de España, la cómoda instalación de las instancias oficiales de la Iglesia, apenas deja espacio más que para la denuncia formal y verbal de algunos excesos.
 
   Ante Caifás, Cristo proclama la verdad religiosa (“Te ordeno en el nombre del Dios viviente que nos digas si eres el Cristo, el Hijo de Dios. Tú lo has dicho, respondió Jesús”: Mt 26, 63-64) y ante Pilato sostuvo la verdad política (“Le preguntó entonces Pilato: ¿Así que tú eres rey? Jesús le contestó: Tú lo has dicho: soy rey”: Jn 18, 37). Las dos verdades le llevaran a la Cruz. “No tenemos más rey que al César” (Jn 19, 15). Las autoridades judías en la ceguera de su incredulidad acaban reconociendo al emperador romano un poder político exclusivo con tal de rechazar la realeza de Jesús y de acabar con Él. Al igual que ellos, la mayoría de los católicos han renunciado a la verdad religiosa y han perdido, así, también la verdad política.
 
   Los católicos españoles (como ocurre en otros ámbitos de nuestro entorno socio-cultural) han acabado por aceptar los antivalores impuestos por la Revolución Francesa (y su antecedente norteamericano) que conllevan una consideración sumisa y acrítica respecto a la civilización moderna en la que se integran, generalmente, bajo el amparo de las formas del conservadurismo liberal. De esta manera se da la paradoja de que únicamente se escucha un cuestionamiento a las falacias del sistema democrático desde las voces (no menos falaces) de la extrema izquierda, cuando han sido autores católicos quienes han pronunciado alguna de las más brillantes requisitorias contra este sistema tan falso en sus presupuestos teóricos como a la hora de llevar a la práctica lo que ofrece. Al tiempo que se llama “derecha” a un liberalismo neocapitalista y al materialismo de la afirmación de lo económico como valor supremo, se arrastra a la juventud hacia una “izquierda” que saca las últimas consecuencias de aquellos principios y se lanza contra un cristianismo que desconoce pero que encuentra enfeudado en realidades que detesta.
 
   En esta situación, vivimos tiempos para una espiritualidad de “Viernes Santo”, que se aferra a lo que tiene mientras que aún lo conserva (“itaque fratres state et tenete traditiones quas didicistis sive per sermonem sive per epistulam nostram” – “Así pues, hermanos, manteneos firmes y conservad las tradiciones que habéis aprendido de nosotros, de viva voz o por carta”, 2 Tes 2, 15). Pero nuestra esperanza no se funda en nostalgias ni en imaginadas restauraciones perpetuamente aplazadas, sino en una intervención metahistórica de la que tenemos certeza por la fe y que la caridad nos lleva a desear ardientemente.
 
   La Iglesia sólo entrará en la gloria del Reino después de seguir a su Señor, en la muerte y en la Resurrección. El Reino no se realizará, por tanto, mediante un triunfo histórico de la Iglesia en forma de un proceso creciente, sino por una victoria de Dios sobre el último desencadenamiento del mal que hará descender desde el cielo a su Esposa. El triunfo de Dios sobre la rebelión del mal tomará la forma de Juicio Final después de la última sacudida cósmica de este mundo. Formidable descripción ésta que se encuentra en el Catecismo de la Iglesia Católica (cfr. 675-677) y a la que muchos ponen sordina porque está en trágica contradicción con el progresismo ingenuo y ramplón que aflora en otros lugares del mismo texto redactados tras la estela señalada por el último Concilio.
 
   Nos recuerda San Luis María Grignion de Monfort que Jesucristo vino al mundo por medio de la Santísima Virgen y por medio de Ella debe también reinar en el mundo.
 
   “La salvación del mundo comenzó por medio de María y por medio de Ella debe consumarse. María casi no se manifestó en la primera venida de Jesucristo […] Pero, en la segunda venida de Jesucristo, María tiene que ser conocida y puesta de manifiesto por el Espíritu Santo, a fin de que por Ella Jesucristo sea conocido, amado y servido. […] Porque María debe ser terrible al diablo y a sus secuaces como un ejército en orden de batalla sobre todo en estos últimos tiempos porque el diablo sabiendo que le queda poco tiempo, y menos que nunca, para perder a las gentes, redoblará cada día sus esfuerzos y ataques. De hecho, suscitará en breve crueles persecuciones y tenderá terribles emboscadas a los fieles servidores y verdaderos hijos de María, a quienes le cuesta vencer mucho más que a los demás” (TVD I, 3).
 
   A la Virgen, desde esta tierra mariana por excelencia, imploramos para que acorte el tiempo de la prueba, el tiempo de la pasión de la Iglesia y de la pasión de España.
 
   ¡Venga a nosotros tu Reino! ¡Venga en nuestros días! ¡Venga por María!
 
 
 
 
 


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