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Persecución religiosa en España (II) Las explicaciones
 
Pío Moa
 
 
 
   La cuestión mayor es: ¿cómo explicar en un país civilizado conductas tan atroces,  que dejan atrás a los crímenes actuales del Estado Islámico? Muchos han culpado por ellas a la propia Iglesia. Azaña lo decía a un antiguo profesor suyo, agustino, que por azar había salvado la vida: “la ferocidad del todo o nada” de la Iglesia, no haberse “dejado cortar un dedo para salvar la mano”, hizo que “se perdiera la mano y todo el brazo”. “Los apasionados de la religión y del orden son los causantes no solamente de la desventura personal de usted y de sus compañeros, sino de las instituciones a que pertenecen”.  
 
   Solo que  aquellos “apasionados de la religión y el orden” habían aceptado la república y respetado su legalidad más que los republicanos y el propio Azaña, y habían insistido a este en que pusiera coto al proceso revolucionario previo a la guerra.    
 
   Azaña caía en la alucinación cuando aclaraba al pobre fraile: “¿No sabe usted que me pintan como un furibundo enemigo de la Iglesia católica? Es estúpido. Desde mi punto de vista, llamarme enemigo de la Iglesia católica es como llamarme enemigo de los Pirineos. Lo que no admito es que mi país esté gobernado por los obispos, por los priores,  las abadesas o los párrocos. A lo que me opongo es que los religiosos enseñen a los seglares filosofía, derecho, historia, ciencias. Sobre eso tengo una experiencia personal más valiosa que  todos los tratados de filosofía política”.
 
   Azaña había prometido demoler las tradiciones religiosas, facilitado la quema de templos, aulas y bibliotecas, impuesto una Constitución no laica sino anticatólica, prohibido a la Iglesia la enseñanza –contra los deseos y derechos de muchos padres–, disuelto a los jesuitas y causado estragos en la cultura; no había movido un dedo para impedir la gran masacre… y decía no ser enemigo de la Iglesia. Aun más estrafalaria es la suposición de que antes de él gobernaban el país los obispos o las abadesas, o la pretensión de que su experiencia particular valía más que todos los tratados de pensamiento político.   
 
   La acusación de “ferocidad e intransigencia” a la Iglesia, aunque tenga algún punto de apoyo en el integrismo –siempre derrotado— es falsa, y podría aplicarse más bien a sus enemigos, que ya en el siglo XIX la habían despojado de bienes materiales, habían fomentado matanzas con acusaciones falsas como que los frailes envenenaban las aguas, habían disuelto las órdenes religiosas, etc.   
 
   Imputación muy esgrimida, no solo por las izquierdas, también por comentaristas católicos y por conservadores, achaca a la  Iglesia haberse olvidado del “pueblo” para aliarse con “los de arriba”. El ensayista Salvador de Madariaga recoge, aunque con especial falta de sentido crítico,  las principales acusaciones a la Iglesia: “La Iglesia solía ponerse infaliblemente al lado de las peores causas de la vida nacional: apoyando siempre al poderoso, al rico, a la autoridad opresora, el sacerdote había llegado a ser con excesiva frecuencia objeto de aversión popular”. Esta era la acusación más eficaz, asumiendo que el rico, el capitalista, era necesariamente un ladrón explotador, enemigo del “pueblo”. Y tendría sentido si la persecución se hubiera centrado en las jerarquías y los sacerdotes de los barrios acomodados. Pero se cebó en todo el clero, y de modo especial en el clero bajo, que subsistía a menudo pobremente y realizaba una labor social que, por cierto, no hacían los partidos de izquierda. La Iglesia sostenía una red de asilos de ancianos y desvalidos,  asistencia a enfermos, centros de formación profesional y de enseñanza para hijos de obreros, empleadas del hogar  y jóvenes sin recursos, algo tanto más apreciable cuanto que por entonces apenas existía seguridad social. Lo que hacía la Iglesia, mucho o poco, y desde luego no era poco, no lo hacía casi nadie. Y es bien significativo que Azaña  quisiera prohibir a la Iglesia la beneficencia, o que la quema de “conventos” de 1931 afectara a centros de formación profesional o escuelas salesianas para obreros. La labor eclesial en esos medios irritaba especialmente a las izquierdas, creídas de que esas capas sociales debían ser monopolio suyo.   
 
   Madariaga, nada anticatólico, recoge no obstante las acusaciones tópicas y abona otra más:  “La cultura católica española es de una riqueza incomparable (…) ¿Qué se hizo con ese tesoro? Absolutamente nada. Los maravillosos autos sacramentales de Calderón se solían dar, de cuando en cuando en el pórtico de alguna catedral católica… pero en Suiza. En España, los sacerdotes no los conocían y los obispos fruncían el ceño al oírlos nombrar. La noble música de Vitoria, Cabezón, Salinas, yacía enterrada en los polvorientos archivos de las catedrales (…); mientras en nuestras iglesias y catedrales predominaba la música ramplona y aun a veces callejera (…) Este ha sido el mayor crimen de la Iglesia española (…) por el que vinieron a pagar miles de sacerdotes”.   
 
   La denuncia puede tener alguna base, pero no basta para juzgar en bloque al clero. Este no solo sostenía un inmenso patrimonio cultural y artístico heredado del pasado, sino que realizaba un gran esfuerzo intelectual, a través de instituciones como la Asociación Católica Nacional de Propagandistas (ACNP), que rivalizaron dignamente con la Institución Libre de Enseñanza (ILE), uno de los focos del laicismo español, de mucho peso en la formación de la intelectualidad  y ambientes políticos;  de centros prestigiosos como las universidades de Deusto o de Comillas o de revistas de estudios muy variados.
 
   El Debate, órgano oficioso del partido católico CEDA, no era inferior al mejor de los demás diarios españoles. Más tarde el Opus Dei representaría un papel de considerable altura en la universidad y la investigación científica,  Debe recordarse, además, que los republicanos de izquierda, no digamos ya los obreristas, procuraron desde el primer momento cercenar la actividad cultural de la Iglesia. Y no eran ellos, tan propensos a acusarla de oscurantismo, los más indicados para hablar de cultura. El propio Azaña los calificaría de botarates loquinarios y codiciosos sin ninguna idea alta; descripción no del todo injusta.   Se ha tachado también a la Iglesia por no haber cultivado a fondo el mundo sindical. El historiador José M. Cuenca Toribio y otros han incidido en esa deficiencia, y en su insuficiente proyección sobre el mundo intelectual y universitario. Es verdad que en los dos ámbitos la Iglesia perdía terreno desde  el siglo XIX, pero no por falta de esfuerzos, a menudo de gran aliento y que de ningún modo deben ser menospreciados. Quizá la insuficiencia de su influjo social y cultural obedeciera a no haber dado con el lenguaje adecuado a los tiempos, o no haber superado cierta esclerosis intelectual que venía de lejos;  pero, como sea, ni este ni ningún otro fallo justifican la monstruosa persecución.   
 
   Como síntesis, cita Madariaga a “una lumbrera catalana”: “Los revolucionarios han destruido las iglesias, pero el clero había destruido a la Iglesia”. La lumbrera debía de ser el cardenal Vidal i Barraquer, a quien salvaba Companys por proximidad política. El absurdo de la frase salta a la vista: ¿qué necesidad tenían de actuar los enemigos de la Iglesia, si el clero ya la había liquidado? ¿O tal vez odiaban al clero ¡por haber destruido a la Iglesia!? Sin contar que los revolucionarios iban mucho más allá de la quema de templos.  
 
   La culpa era de la víctima. Caritativa frase en boca de quien se salvaba por afinidades con los separatistas, mientras sus correligionarios, incluido su obispo auxiliar Manuel Borrás, eran asesinados a racimos, sufriendo a menudo el tormento y la muerte por no renegar de su fe, y perdonando a sus verdugos. ¿Qué otra institución o grupo de personas podía presentar un balance parejo de sacrificio y reconciliación, se compartan o no sus ideas? Pero la lumbrera tachaba a las víctimas de destructoras de la Iglesia.    
 
   Madariaga desvaría abiertamente cuando sermonea: “Al estallar la guerra civil, la Iglesia debió haber abierto los brazos como Jesucristo, a la  izquierda y la derecha (…) debió haber luchado por la paz y la unión, y por ellas muerto. Pero no. Desde el principio se puso de un lado solo (…) No era quién la Iglesia para declararse parcial, y menos parcial en pro de la fuerza”[1].
 
   La fuerza estaba al principio, y masivamente, del lado del Frente Popular, el cual, sin esperar ninguna toma de posición eclesiástica, llevó al frenesí una persecución comenzada ya con la llegada de la república. La Iglesia se había mostrado precisamente conciliadora –en vano–, durante los años anteriores. Y la jerarquía eclesiástica tomó  postura oficial con la Carta Colectiva del Episcopado un año después de comenzada o recomenzada la guerra. Por lo demás, pretender que la Iglesia pusiera en el mismo plano a quienes la exterminaban y a quienes la salvaban indica cierta perturbación moral e intelectual, como en las “explicaciones” de Azaña.   Con todo, ha habido en la misma Iglesia una corriente justificadora del genocidio. Así, en plena hecatombe, el padre Lobo colaboraba con la propaganda comunista dentro y fuera de España, utilizando el verbo ideológico de la izquierda (“soy un hijo del pueblo”, etc.).  
 
   Ossorio y Gallardo, jurista democristiano y embajador del Frente Popular, “informaba” al exterior, con la más burda falsedad, de iglesias supuestamente convertidas en “fortalezas desde las cuales se tiraba con fusiles y ametralladoras”, naturalmente “contra el pueblo”. También colaboraron con el Frente Popular los clérigos separatistas próximos al PNV– similares a los que más tarde apoyarían los crímenes de la ETA–, y las tropas navarras fusilaron a 14 o 16 de ellos. Franco detuvo los fusilamientos, que los separatistas utilizaron para hablar de “curas vascos”, aunque obviamente no fueron fusilados por ser curas ni por ser vascos. De un grupo de sacerdotes catalanes salvados por los separatistas y afincado en el Vaticano, señalaba el cardenal Gomá, también catalán: “Ha llamado poderosamente la atención el hecho de que los sacerdotes militantes del catalanismo hayan salido todos indemnes  mientras sucumbían a centenares sus hermanos”[2]. Aquellos curas presionaban en Roma contra cualquier reconocimiento al bando que libraba a la Iglesia del aniquilamiento.   
 
   Un muy influyente intelectual democristiano de izquierda Jacques Maritain también maniobraba contra los nacionales, defendía al racista PNV, etc. Según él, “Es un sacrilegio horrible masacrar a sacerdotes –aunque fueran fascistas, son ministros de Cristo—por odio a la religión; y es un sacrilegio igualmente horrible masacrar a los pobres –aunque fueran marxista, son cuerpo de Cristo—en nombre de la religión”. Comparación moralmente extraña: ningún sacerdote fue asesinado por fascista, sino por sacerdote. Y nadie lo fue por ser pobre, sino por razones bien distintas[3].       
 
   Maritain pesaría mucho  sobre el Concilio Vaticano II, después del cual la Iglesia se distanció radicalmente del franquismo. Fruto de la nueva orientación fueron actitudes como una resolución  propuesta en 1971 en la Asamblea de Sacerdotes y Obispos en Madrid, pidiendo “perdón porque nosotros no supimos a su tiempo ser verdaderos ministros de reconciliación en el seno de nuestro pueblo, dividido por una guerra entre hermanos”. De nuevo perseguidores y perseguidos quedaban en el mismo plano, con implícito desprecio a las víctimas y a quienes habían impedido  completar el genocidio. Y la súplica de perdón solo podía dirigirse a los verdugos y no a los salvadores. Por entonces sectores del clero amparaban a comunistas, separatistas y terroristas de la ETA buscando congraciarse con los partidos antaño perseguidores y luego reducidos a la impotencia por el franquismo.    
 
   El Concilio Vaticano II aspiraba a renovar a la Iglesia y adecuarla a los nuevos tiempos del mundo.  Como decía una resolución de la citada Asamblea, la Iglesia debía “renovarse o decaer”. No está claro que la renovación propuesta tuviese mucho éxito, pues fue como la señal para que gran número de clérigos ahorcara los hábitos, los seminarios se despoblasen, las asociaciones laicas como Acción Católica quedaran “en los huesos”, y la práctica religiosa descendiera a mínimos. Casualmente ha sido en Vascongadas y Cataluña donde la decadencia ha sido más pronunciada.  
 
 
[1] Las citas de Madariaga, en su obra España, Madrid, 1979
[2] Archivo  del cardenal Gomá, tomo I, editado por  J. Andrés Gallego y A. M. Pazos. Madrid, 2001.
[3] Maritain, uno de los ideólogos de la democracia cristiana, podía inventar cosas como que algunos teólogos españoles del siglo XVI sostenían que los indios americanos no eran seres humanos por no descender de Sem, Cam o Jafet: serían animales, de cuyos bienes y personas podrían adueñarse sin trabas los españoles. Nunca existió tal cosa, pero el supuesto servía para “explicar” los crímenes a su vez inventados o muy exagerados, que Las Casas  achacaba a la colonización española. Recientemente el papa Bergoglio se ha hecho eco de tales “memorias históricas”.


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