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Prieto tenía razón
 
 
 
Fernando Paz
Historiador  
 
 
   Hace ya varios decenios que una determinada historiografía –afecta al bando frentepopulista- ha cerrado los ojos de forma voluntaria a la realidad de los hechos. Apriorísticamente seguros de la justicia de la causa que defienden y ensoberbecidos con la superioridad moral de la que hacen gala tienden, con una contumacia y una perseverancia asombrosas, a justificar el desenlace de la guerra española en causas ajenas a las propias carencias. Los argumentos esgrimidos han ido cambiando a lo largo del tiempo, pero todos tratan de obtener un mismo resultado: explicar la derrota a manos de Franco evitando toda valoración de las cualidades de este. A tal fin, han elaborado las explicaciones más alambicadas, relegando al olvido algunas de las verdades más elementales.  
 
   Uno de los episodios que más ha sufrido ese interesado olvido ha sido el de la alocución de Indalecio Prieto aquel 8 de agosto de 1936, en la cual, tratando de insuflar ánimo a los suyos les recordaba la enorme superioridad de la que gozaban sobre los sublevados: la izquierda disponía de “todo el oro del banco de España, todos los recursos válidos en el extranjero, todo el poder industrial de España, los recursos financieros” y además, la mayor parte del ejército, de la marina y de la aviación, de los generales, la agricultura más rica, la mayor extensión de costa, los principales depósitos de armas, la frontera con Europa, el reconocimiento internacional, las ciudades más pobladas… Con tan abrumadora ventaja del lado de la república, nada de lo que hicieran los rebeldes lograría cambiar las cosas, pues “…podría ascender hasta la esfera de lo legendario el valor heroico de quienes impetuosamente se han alzado contra la república y aún así, cuando su heroísmo llegara a grados tales que fuera cantado por los poetas que pudieran adornar la historia de esta época triste, aun así serían inevitable, inexorable, fatalmente vencidos…”  
 
   Prieto tenía razón. La realidad histórica es que los sublevados se encontraban en franca inferioridad y, en algunos extremos, en una posición casi ridículamente desventajosa. Con la mayor parte de la aviación y de la marina en manos gubernamentales, estos no fueron siquiera capaces de controlar el estrecho, única posibilidad de los rebeldes para albergar alguna probabilidad de triunfo; contaban los gubernamentales y frentepopulistas con la industria, con la agricultura más rica, con grandes extensiones de los cultivos más prósperos, con el oro del banco de España, con el reconocimiento internacional, con los sindicatos y milicias de larga tradición paramilitar, con los altos mandos del ejército, con las grandes ciudades y casi toda la costa y los puertos.  
 
   Pretender que el ejército de África podía compensar una tal situación es, simplemente, falso; sin embargo, eso es justamente lo que sugieren. Pero eso les aboca a una situación contradictoria: sostener al mismo tiempo que el cruce del estrecho fue decisivo, pero sin admitir el valor militar de la operación, ya que hacerlo implicaría el reconocimiento del Franco militar. Para resolver tal contradicción, han urdido la explicación de que sólo gracias al apoyo germano-italiano se pudo conseguir tal hazaña. Que tal explicación no se corresponda con la realidad histórica es lo de menos, como vemos continuamente en las obras oficialistas que se publican con el beneplácito de los bonzos de la comunicación española.  
 
   Ejemplos de esto son las falacias que siguen venteándose sobre la destrucción de Guernica, sobre la escasa capacidad militar de Franco, la ayuda militar germano-italiana al bando nacional, el abandono de la república por parte de la comunidad internacional, el cruce del estrecho por las tropas de legionarios y regulares, el desarrollo de la contienda, etc… De acuerdo a la versión del progresismo sobre el conflicto, aún seguimos sin explicarnos cómo es que la guerra terminó de la forma en que lo hizo. Con un general escasamente capacitado al mando –cuyo único mérito al parecer era la crueldad-, frente a otros generales infinitamente más capacitados –como el caso de Vicente Rojo- resulta un misterio insoluble el desenlace de nuestra guerra civil.  
 
   El tuétano del infalible recetario progresista reside en la incapacidad de admitir –situándolos en la correcta perspectiva que les hace causa última de su derrota- los errores propios. De modo que hay que explicar adecuadamente el curso de los acontecimientos que llevaron a que, quienes gozaban de todas las ventajas, fuesen finalmente derrotados. Esto podría inducir a evaluar al adversario estimando sus virtudes, lo que no es costumbre; de modo que se introducen elementos exógenos a los propios sublevados que puedan explicar su victoria frente a la abrumadora –y convenientemente silenciada- ventaja de que gozaban los frentepopulistas.  
 
   La participación extranjera en el conflicto es formulada de tal manera que permite ignorar que debieran haber bastado las primeras semanas de la guerra –cuando aún no había extranjeros en España- para solventar un conflicto tan desigual. Y también que fueron los republicanos los primeros en internacionalizar la guerra. Así como que durante los cruciales diez primeros meses, la aviación soviética fue superior en los frentes, y que los carros de combate de Moscú eran casi tres veces más numerosos y, cualitativamente, mucho mejores que los alemanes.  
 
   Es evidente que no se encontrará ahí la explicación. No se encontrará en las ventajas materiales, pues quienes las disfrutaron fueron, a la postre, derrotados. Siempre, empero, podremos releer el discurso de Prieto y convenir con él en que ascendió, en efecto, hasta la esfera de lo legendario el valor heroico de aquellos desesperados sublevados. Y de la desesperación y de la justicia nació la victoria.    
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 


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