Memoria Histórica para todos
 
 
 
Recuerdos de Postguerra: donde oí por primera vez la palabra "democracia"
 
 
José V. Rioseco
 
   Sin duda, entre los recuerdos más hermosos que tengo de mi vida, están aquellos de mi niñez en que toda la familia se reunía para pasar el día juntos. No solo era la hora de la comida, era el magnífico ambiente que antes durante y después de ella había entre nosotros.  Padres, tíos, primos y una sola abuela. Aquellos días fueron realmente felices. Las reuniones frecuentemente se celebraban en una casa con finca en la que los críos nos pasábamos el día jugando, subiendo a los árboles, cogiendo fruta, viviendo y madurando. Pero otras veces aquellas reuniones se hicieron en la playa, y no era extraño que aprovechando que uno de mis tíos tenía un bote, atravesásemos la ría, para ir a comer a “otro lado” navegando a veces a remo, otras a vela.    
 
   Las conversaciones de los adultos eran de lo más variadas como gente joven que eran, las risas, los juegos y la alegría eran tan intensos en el mundo de los mayores como en el de los niños. Eran personas sanas, que trabajaban toda la semana; a veces incluso algún domingo que otro. La delgadez de la guerra ya había desaparecido en aquellos jóvenes de mediados del siglo XX. Todos habían pasado la reciente guerra civil. Unos en un lado, otros en el contrario. Los hombres, casi todos combatiendo, las mujeres esperando y algunas criando a sus hijos.    
 
   Y sin embargo nadie hablaba de la guerra. Allí estaba un tío mío que había pasado el Ebro sin saber nadar; el otro estuvo, en el más frio invierno que recordaba, en el frente de Teruel; un tercero se pasó el día del alzamiento escondido en un portal de una casa cercana a la suya, mientras desde las ventanas de las casas próximas, unos vecinos disparaban a los otros. El más alegre había pasado la guerra en “la otra zona” navegando por el mediterráneo, y al terminar aquella se refugió en el norte de África, para volver y pasar seis meses en un campo de concentración en la playa de Rota.    
 
   Y a pesar de todo esto, de haber pasado la guerra tan recientemente habiendo luchado en bandos distintos, la relación entre ellos era de absoluta amistad. Alegre.    
 
   No se hablaba de política. Si alguien pronunciaba el nombre de Azaña o el de Alcalá Zamora, enseguida los demás hacían que se cambiara de conversación. Ninguno de ellos podía pensar que dos o tres generaciones después los españoles hablaran de “la memoria histórica” y que de alguna forma esa “memoria” iba a volver a dividir a los españoles y a ser tema principal entre esos que llaman “políticos” y que contagiaría a parte de la población española. Ellos, que se habían perdonado entre sí. Ellos que volvían a ser un solo pueblo.    
 
   Y sin embargo fue allí en donde oí por primera vez la palabra “democracia”. Pedí que me explicaran que era la democracia. Mi padre  lo hizo. Me dijo que desde siempre los hombres necesitan hacer las cosas en común, ayudarse unos a los otros para poder así vivir mejor y aun a veces supervivir. Que si una casa arde, o arden todas las del pueblo, la gente debe trabajar unida y tratar de resolver el problema entre todos. Si hay peligro exterior, todos juntos debemos afrontarlo y cuando alguien tiene una necesidad, todos juntos deben ayudar a resolverla. Me conto que a veces hay que defenderse de gentes que nos quieren hacer daño; y que para que todo eso se haga bien, debe hacerse en común acuerdo. Según él, para que esto se pudiese hacer y hacer bien, algunos pueblos habían decidido entre todos que se escogiera entre toda la gente a los más sabios y más prudentes para que fuesen ellos los que nos dijeran como había que hacer las cosas. Como organizarnos, para así poder defendernos mejor, tener mejores caminos y poder ayudarnos unos a los otros con más eficacia. Estos sabios no tienen el poder para servirse de él, por el contrario lo tienen para poder servirnos mejor. Me dijo que en la verdadera democracia los que organizan, dirigen y hacen leyes, son siempre los más sabios y los más respetados. Es muy fácil saber si un pueblo tiene buenos dirigentes, me señalo. Si cuando el pueblo arde, y la última casa que se trata de apagar es la del poderoso, y si cuando la gente pasa hambre la ración más pequeña es la del que dirige, si es así me dijo, entonces es una verdadera democracia.    
 
   Uno de mis tíos que estaba escuchando, rio y dijo que él me iba a explicar más claramente lo que era la democracia. Cogió un cuchillo, se acercó al jamón, corto algunas lonchas, se las comió, dejo el cuchillo y dijo “esta es la democracia real”. Tengo que confesar que no entendí muy claramente a ninguno de los dos entonces.    
 
   La realidad de la vida española de estos años en que decimos vivir en democracia, a que democracia se acerca más ¿a la de los hombres sabios y prudentes que llevan a su pueblo por el camino del bien común y del servicio a los demás, o a la de los hombres que aprovechan la circunstancia del momento para beneficiarse ellos mismos? ¿Nuestros dirigentes, son las personas que quieren servir a sus compatriotas o son las que aprovechándose de ellos quieren medrar, llenar sus alforjas y vivir de los demás más que servirles?    
 
   En una verdadera democracia el dirigente esta para servir, pero en la democracia real, la que estamos viviendo ¿no es verdad que el dirigente lo que hacer es servirse de los demás?    
 
   ¿Cómo puede ser una democracia la forma política que ha generado hábitos de corrupción y arrogancia, de falta de empatía con los ciudadanos y de exceso de mediocridad?    
 
   Uno de los más grandes errores es juzgar a las políticas y programas por sus intenciones en lugar de por sus resultados.    
 
   Cada árbol se conoce por su fruto.
    
 
 
 


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