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'Relaxing café con leche' para todos
 
 
Honorio Feito
 
   Una de las graves decisiones de los políticos españoles del año 1837 fue negar la entrada en las Cortes a los diputados cubanos, puertorriqueños y filipinos, e incluir en el texto constitucional de aquel año el artículo especial que relegaba a estas tres posesiones españolas al status de colonias, en lugar de provincias, como habían sido consideradas hasta entonces. La pérdida de Cuba y Filipinas nos costó una guerra con los Estados Unidos, que perdimos, al menos en el caso de Cuba, por la ineficacia de los políticos de turno, aunque el bueno de Montero Ríos tuvo que soportar lo suyo durante la conferencia bilateral con los americanos. 
 
   Debo confesar que escribir sobre la supuesta e hipotética segregación de Cataluña no entraba en mis planes; como tampoco entraba en mis planes justificar la intervención en inglés, de doña Ana Botella, durante el acto de presentación de candidaturas para la celebración de los Juegos Olímpicos de 2020 en Buenos Aires. Y, parafraseando al general don Evaristo San Miguel, confieso que escribir sobre el asunto de Cataluña es para mí un deber del que no debo abstraerme, así que dejaré que el sentido del humor de los españoles alimente la cuchufleta de doña Ana Botella que, a este paso, con el “relaxing café con leche”, habrá hecho más por el sector hostelero madrileño que todos los demás políticos juntos, pues en el centro de la capital parece ser que ya hay establecimientos que así mismo lo anuncian. Y ya me gustaría a mí ver a los que critican, y sueltan sus risitas, echarle lo que ella echó para expresarse en inglés durante dos o tres minutos ante el mundo entero. No está escrito, en ningún tratado, que no saber inglés o saberlo mal sea un pecado. 
 
   Lo que sí es un pecado es la situación a la que hemos llegado. Hasta los más tranquilos la definen como preocupante. Y a nadie se le escapa el hecho de que, detrás de Cataluña, van las provincias vascongadas y Galicia, que jamás en su historia tuvo un sueño independentista, ni en la literatura. Cuando hace unos meses, un periódico madrileño mostraba semanalmente a los líderes de la Transición, me resultó curioso observar que, en la mayoría de los casos, todos presumían de haber vaticinado un desastre con esto del “café para todos”. Y me sorprendió mucho, también, que el señor Clavero Arévalo, el inventor del “café para todos”, sacara pecho ante su absurda idea, la que ha debilitado al Estado hasta ponerlo en manos de los expertos en cuidados paliativos. 
 
   La situación actual no es nueva. Lo conseguido por Oriol Junqueras y su marioneta Arturo Mas (como dice Ansón), no es más que un paso más en ese camino iniciado en la Transición. Y si se ha llegado a este punto es porque en los diferentes gobiernos de España, socialistas y/o populares, no han tenido “bemoles” suficientes para cortar de una vez esa escalada independentista. 
 
   ¿Y no resulta curioso que, tras cuarenta años de democracia, ningún gobierno haya sido capaz de cortar de raíz ese peligro? Confieso que no tengo la respuesta o, puestos a confesar, prefiero no tenerla porque me cuesta trabajo creer que la inacción por parte de los gobiernos de España se haya convertido en un aliado fiel, fuere cual fuere el color político que gobernara, para los objetivos independentistas. 
 
   Las miradas apuntan hoy al señor Rajoy, experto, por lo que estamos viendo, en ir contra corriente. Cuando más se demanda una intervención a bombo y platillo, contra los planes de Oriol Junqueras y su títere Arturo Mas –hoy reclama el señor Ansón, en su columna, esta posibilidad- más parece que el silencio del presidente del Gobierno se ofrece como un método para ningunear la cadena humana, los goles del Barcelona y cualquier otra manifestación catalana que aspire al independentismo. 
 
   También se echa en falta una declaración firme del Jefe del Estado. 
 
   Tal vez el señor Rajoy es sólo un instrumento de la política oculta y, como nuestros políticos en 1837, prefiera eliminar este problema de su agenda. Podría al menos haber cesado fulminantemente a su ministro García Margallo, tras subrayar el éxito de la Vía Catalana, en la que se quemó una Bandera de España y una foto del Jefe del Estado. Que lo haga en silencio, si quiere, pero que lo haga.
 
 
 
 
 

 
 


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