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Requiem aeternam dona eis, Domine
 
Ángel David Martín Rubio 
 
 
 
En aquellos días, Judas, príncipe de Israel, hizo una colecta y envió a Jerusalén dos mil dracmas de plata, para que ofreciesen un sacrificio por los pecados de los caídos: obrando con gran rectitud y nobleza, pensando en la resurrección.Si no hubiera esperado la resurrección de los caídos, habría sido inútil y ridículo rezar por los muertos.Pues veía que a los que habían muerto piadosamente les estaba reservado un magnífico premio. Es una idea piadosa y santa rezar, por los difuntos para que sean liberados del pecado
 (Mac 12, 43-46).
 
   1. Judas Macabeo, pensando en la futura resurrección de los soldados caídos, ordenó que fueran ofrecidos sacrificios para alcanzarles la purificación del pecado cometido. Habían cometido una culpa que necesitaba perdón de Dios; pero ese perdón podía ser obtenido en la otra vida a base de las expiaciones ofrecidas en la tierra. Se trataba, de un pecado leve (por ignorancia de la ley o por conciencia errónea) o, al menos, de un pecado grave del que se arrepintieron antes de morir.
 
   Toda la tradición cristiana ha considerado este texto como demostrativo de la existencia del Purgatorio.
 
   La Iglesia llama Purgatorio a la purificación final de los elegidos que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación y sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo.
 
   «Es una idea piadosa y santa rezar, por los difuntos para que sean liberados del pecado». Sostenidos por esta verdad revelada por Dios, los sacerdotes ofrecemos el Santo Sacrificio de la Misa en sufragio del alma de los difuntos: «para que sean liberados del pecado».
 
   «No tengas en cuenta mis (nuestros) pecados sino la fe de tu Iglesia». Así rezamos cada día en la Liturgia de la Misa. En esta conmemoración de los fieles difuntos también le pedimos a Dios que no mire, que no tenga presentes los pecados cuyo perdón esperamos. «Como enseña la liturgia, verdadera “lex credendi”, el fiel individual y el pueblo de los santos invocan de Dios que su mirada se fije sobre la fe de su Iglesia y no sobre los pecados de los individuos, de cuya fe vivida constituyen la negación» (CTI, Memoria y reconciliación).
 
   2. «Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera» (Lc 13, 3. 5). Con estas palabras responde Jesús a propósito de dos casos semejantes que sucedieron entonces, matando Pilato de repente a ciertos galileos y cayéndose la torre de Siloé sobre 18 hombres. «Que es decir: cuando viereis morir algunos de repente y con muerte desastrosa, no os aseguréis vanamente, diciendo que esto les sucedió por ser grandes pecadores; porque os digo de verdad que cualquier pecador, aunque no sea tan grande, si no hace penitencia, es digno de este castigo y vendrá a perecer como éstos perecieron» (padre Lapuente Meditaciones).
 
   En el momento de la muerte se aprecia la vida tal cual es. Se acaba la vida de los sentidos y se encuentra el hombre más cerca de Dios. Pero entonces será tarde. Hoy en cambio, la consideración de la verdad de la muerte puede influir en los actos de nuestra vida.
 
   Vivir en gracia santificante es lo único que interesa en la hora de la muerte. El resto de las cosas de este mundo debemos considerarlas como medio y no como fin. Usemos de ellas en cuanto llevan a Dios y rompamos con aquellas que nos alejan de Él. Examinemos si nuestras manos están llenas de obras hechas por amor al Señor, o si, por el contrario, una cierta dureza de corazón o el egoísmo de pensar excesivamente en nosotros mismos está impidiendo que demos a Dios todo lo que espera de cada uno.
 
   Ante la muerte, lejos de ahogarnos en preguntas que no tienen respuesta, pedimos a Dios que aprovechemos cada día más de nuestra vida como una ocasión de gracia para poner en práctica la invitación de Jesús a la conversión, para abrirnos al mensaje de esperanza que se encierra en la Cruz de Cristo.
 
   A la Virgen María, a su intercesión y a sus méritos, nos acogemos: que preparare nuestras almas para recibir al Señor que llega en los acontecimientos de nuestra vida y en el encuentro definitivo, el día que cerremos nuestros ojos a este mundo con la esperanza de contemplar a Dios por toda la eternidad.
 
 
 
 
 
 
 
 


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