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Revolución sangrienta en Asturias: El olvido es el peor de los consejos
José Alfredo García Fernández del Viso 
 
Muchos dicen, y cuando digo “muchos” me refiero a nuestros compatriotas, conciudadanos, es decir, españoles, que hablar de pasado sólo trae malos recuerdos y no aporta nada. Sin duda estos se encuentran equivocados, porque recordar es un acto no ya de memoria sino de justicia. No evocamos a nuestros muertos, no recordamos batallas de hace más de 70 años porque sí, por capricho, sino que lo hacemos bajo la mirada puesta en el Altísimo, con el acicate de elevar unos hechos a la categoría que se merecen y con el convencimiento de que aquellos fueron ineludibles para el desarrollo de nuestra nación.
 
Uno de estos hechos a los que me refiero es la Revolución de Octubre del año 1934, es decir, han transcurrido 78 años desde entonces. Sin embargo 78 años después, más que la vida terrenal de muchas personas, los hechos lamentables de entonces vuelven a producirse, más a bien a reproducirse. Entonces un gobierno legítimo, con una mayoría holgadísima, se vio atacado desde las huestes izquierdistas de todo tipo por el mero hecho de gobernar, si, parece increíble, pero el gobernar otros que no sean ellos a las izquierdas nunca gustó y a las pruebas me remito.
 
En aquella década de los años 30, España se había convertido debido a la huída inexplicable del monarca Alfonso XIII en un auténtico polvorín. Unas masas que no habían ganado realmente las elecciones proclaman a su antojo una nueva República, pero no como la primera que España soportó, sino una cosa nueva, una utopía dónde los principios y los valores eran pisoteados y vilipendiados.
 
Así es como a partir del día 14 de abril de 1931, empezó a ser una tónica la visión de iglesias incendiadas por todo el territorio patrio, insultos, agresiones y hasta asesinatos en cierto modo justificados por los que se llaman “demócratas”, y no estoy inventando nada, sólo hay que ir al diario de sesiones para ver como una mujer amenaza desde su escaño a su señoría Calvo Sotelo, y a los pocos días es asesinado por un policía de la llamada II República.
 
Este clima se enardeció aún más si cabe con el triunfo de la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas), llegando este partido a renunciar al gobierno por el bien de España, cosa que no sirvió para nada, ya que tras un período gubernamental radical centrista, la CEDA, vuelvo a recordar, virtual ganadora de las elecciones de 1933, solicita tres carteras ministeriales que no la presidencia del gobierno. Craso error, habían cometido las derechas poco menos que un crimen de lesa patria. Este hecho desencadena a partir del 4 de octubre de 1934 bajo pretexto de una huelga general convocada por el sindicato socialista UGT un período revolucionario dónde poco importaba la República y la legalidad vigente, sólo tenían dos obsesiones, acabar con sus enemigos católicos y derechistas por un lado, a la vez que implantar la dictadura del proletariado bajo un régimen de soviets.
 
Su pretensión no constituía en aquel entonces una novedad, sino que desde tiempo atrás ya lo tenían decidido. No les bastó el destierro de la familia real, no se contentaron con la renuncia de un partido ganador a su gobierno legítimo, sino que sólo querían destruir el orden vigente con las personas que se opusieran a ello. Dato esclarecedor en Asturias fue el decomiso de cientos de armas en el puerto de San Esteban de Pravia a la embarcación denominada “Turquesa”, hecho acaecido el 11 de Septiembre de 1934.
 
A partir del día 9 de octubre de 1934 el clima entre los asturianos se vuelve violento y confuso. Las turbas izquierdistas se lanzan como hienas hacia todo lo que para ellos huele a “rancio”, es decir, lo que para nosotros significan principios, valores y deberes. Es así como comienza una escalada de disparates colosal, destacando el terreno religioso dónde torturan y asesinan a varios religiosos y religiosas, simplemente por una circunstancia; creer en Cristo, pensar en que “el Señor es el camino, la verdad y la vida”.
 
Por eso, como recuerdo de aquellos tiempos traigo a colación el relato de dos sucesos sobre religiosos, de este modo se entenderá el momento por el que Asturias pasó, el cual se trata por todos los medios de silenciar.  
 
 
 
 
 
 
EMILIO MARTÍNEZ MARTÍNEZ
(Jesuita)
HERMANO ARCONADA  
 
Pasaron a ser mártires con apenas 41 años de edad. El sacerdote Emilio se ordena sacerdote con 27 años.
 
El día 5 de octubre llegan en tren a Ujo (plena cuenca minera) de impartir unos ejercicios espirituales a jesuitas en Carrión de los Condes. Los rojos detuvieron el tren y bajo bandera roja cachearon a todos los viajeros. Después del tormento de 12 horas se refugiaron en caso de Don Dionisio Muñiz, donde fueron acogidos como si fueran de familia. Allí permanecieron hasta el día 7. Cuando seis revolucionarios registraban el sótano de la casa, por si había armas, el hermano Emilio y otro llamado Arconada, para no comprometer a la familia, decidieron huir rumbo a Oviedo por el monte. Pero, pronto las fuerzas fallaron y se resignaron a ir a Santullano, a cuya entrada del puente los detuvieron por sospechosos a las 11.30 horas del día 7. Una camioneta los traslado al Ayuntamiento de Mieres. Como ya no había cabida para más presos, dijeron los jefes:  
 
Llevadlos y haced con ellos lo que os dé la gana.  
 
Entonces, emprendieron la vuelta con ellos a pie de nuevo a Santullano. La chusma los seguía  y a sabiendas de que eran religiosos, gritaban a los armados:    
 
Matadlos ahora mismo. ¡que no digan más misas!  
 
Vieron venir la muerte cuando les apuntaron con los fusiles. Pero la mujer de la casa número 8 lo impidió, protestando de que lo hicieran allí, delante de su casa.
 
Presos en la casa del pueblo, entre blasfemias e insultos les dicen repetidas veces la sentencia de muerte por su condición de jesuitas.
 
De nada sirvió  la intercesión de don José Iglesias, capataz de minas con gran ascendiente en el pueblo, diciendo que el padre Emilio se dedicaba a enseñar a los obreros de Revillagigedo y también a los hijos de los obreros en los barrios de los trabajadores.
 
Contestaron que no eran maestros, sino embaucadores del pueblo y que por eso, había que matarlos. Eran obreros y niños, hijos de obreros, quienes más gritaban ¡matadlos!
 
Les cercenaron la nariz y a ambos les deshacían los pies a golpes de culata de fusil. A las 10 de la noche salen para el martirio. Una camioneta les conduce hacia Mieres, y a medio camino, en la bocamina “Coca”, abrazados y gritando ¡Viva Cristo Rey! cayó la descarga de odio sobre ellos, mientras sus almas volaban al cielo. Les remataron hundiéndoles el cráneo a culatazos. Eran las 11 de la noche del 7 de octubre de 1934.  
 
Estremecedor suceso pero al mismo tiempo esclarecedor de lo que fue ese episodio revolucionario que algunos tratan de minimizar culpando del mismo a las derechas, a los católicos y al incipiente fascismo español del momento.
 
Sin duda la Revolución de Octubre de 1934 es conocida por sus episodios bélicos, pero no por sus trágicas consecuencias encaminadas hacia el asesinato de religiosos y religiosas. La proclamación de un estado independiente en Cataluña, huelgas por doquier por las principales ciudades españolas, enfrentamientos primero con las fuerzas de orden público y posteriormente con el ejército hicieron de la misma un momento histórico con retórica incluida y con aires de prosopopeya también. Nada más lejos de la realidad, la historia ciencia sabia no puede ocultar lo que realmente sucedió por mucho que algunos se empeñen.
 
En aquellos tristes momentos se volvieron a evocar aires de catacumbas, aquellos cristianos los cuales durante tres siglos se vieron obligados a mal vivir bajo el suelo siendo perseguidos hasta la muerte. Esos mártires, nuestros primeros mártires fueron los predecesores de los que durante 1934 al grito de ¡Viva Cristo Rey!, perdonaron a sus verdugos como Jesucristo hizo en la crucifixión con su noble frase “Padre perdónales, porque no saben lo que hacen”.
Sin embargo 78 años después se recrudecen los mismos fantasmas, esos viejos espíritus que pensábamos ya estaban desterrados vuelven a hacer acto de aparición en todos los órganos de un estado el cual da muestras de fallo multiorgánico sin posibilidad de remisión. Crisis de valores, económica, social, religiosa (llegando muchos sacerdotes a renunciar de sus mártires), judicial, bancaria, política y territorial.
 
Ojalá no se repitan sucesos tan lamentables como antaño, pero él que “juega con fuego se acaba quemando”. Si hace la friolera de 78 años se puso coto a aquel intento revolucionario jalonado por una crisis también brutal, ahora debemos poner la pertinente cerrazón a lo que desde la izquierda y el sistema intentar imponernos de nuevo.
 
 
 
Bibliografía:
Garralda García, Ángel, La persecución religiosa del clero en Asturias, Gráficas Summa, Oviedo 1977.      


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