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Santiago el Mayor: Hijo del Trueno, Apóstol y Patrono de España
 
Pablo Luis Fandiño
 
 
   
   Santiago era natural de Galilea y tenía un temperamento fuerte, como su hermano Juan. Por eso, más tarde Nuestro Señor los apellidaría Boanerges, es decir, hijos del trueno (Mc. 3, 17). Su padre tenía una posición acomodada, era propietario de barcos y contaba con empleados a su servicio, por lo que su educación debe haber sido superior a la media. Los hijos ayudaban habitualmente a Zebedeo en las faenas de la pesca.
 
Pescador de hombres
 
   Así los encontró Nuestro Señor aquel admirable día, a orillas del Mar de Galilea, remendando sus redes en la barca. Una mirada y una palabra fueron suficientes para que se consagraran a Él, con prontitud y entrega, para siempre: “en seguida, dejaron las redes y a su padre, y le siguieron” (Mt. 4, 22). Junto con Simón (Pedro) y su hermano Andrés, que habían sido poco antes llamados por Jesucristo, constituyeron el primer núcleo del Colegio Apostólico.
 
   Exclusivo y privilegiado núcleo, especialmente el formado por Pedro, Santiago y Juan. Sólo ellos fueron admitidos para presenciar el milagro de la resurrección de la hija de Jairo (Mc. 5, 37; Lc. 8, 51), la Transfiguración en el monte Tabor (Mc. 9, 1; Mt. 17, 1; Lc. 9, 28), y la Agonía en el huerto de Getsemaní (Mt. 26, 37; Mc. 14, 33). A justo título se les considera los elegidos entre los elegidos.
 
   Santiago y Juan dejaron traslucir su carácter impetuoso en varios episodios narrados en las Sagradas Escrituras. Por ejemplo, en el Evangelio de San Lucas (9, 54) cuando indignados por la conducta de los samaritanos, que rehusaron recibir a Jesús, le hacen con la mayor seriedad esta proposición: “Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?”.
 
Apóstol de Hispania
 
   Transcurridos los trágicos acontecimientos del Gólgota, la gloriosa Resurrección y la triunfante Ascensión del Hijo de Dios, cuando los Apóstoles inundados por la gracia de Pentecostés se reparten el mundo, el hijo del trueno reclama para sí la ardua tarea de evangelizar la provincia romana del poniente. Nada sabemos con exactitud de su itinerario por Hispania. La tradición le representa recorriendo las vías romanas, subiendo y bajando mesetas, atravesando campos y valles.
 
   El anuncio de la buena nueva brota, como el óleo santo, de sus labios; sus manos hacen saltar los prodigios, y su camino se constela de maravillas. Aquí y allá algunos ojos lloran al oírle hablar, algunos corazones se conmueven, y algunos ídolos ruedan hechos pedazos. Pero son muchos los que ríen escépticos… [1].
 
   Son las alegrías y las contrariedades, que no faltan en la vida de todo apóstol verdaderamente dedicado. Es la hora de clamar el Auxilium Christianorum. 
 
La aparición de la Virgen del Pilar
 
   Cuentan que, al llegar a César Augusta [actual Zaragoza], se sintió el apóstol envuelto en una nube de mortal congoja. A la fatiga se juntaba el desaliento, y al desaliento la melancolía de la nostalgia. También el Hijo del Trueno sentía la hora de la carne, que hacía germinar el asco de la vida en el alma gigantesca del Apóstol de las Gentes. De repente, una luz delante de él, y un susurro y una ráfaga de aromas. No son las flores que crecen junto al [río] Ebro, ni el cantar de las aguas en el cauce profundo; es una aparición celeste, una mirada que él conoce muy bien, que otras veces ha iluminado su corazón y ha encaminado su vida: es la Virgen María, que le sonríe y le habla y le consuela… Dicen que en aquel momento tuvo Santiago la visión de un glorioso porvenir. [2]
 
   Entre otras cosas, la Santísima Virgen le comunicó por encargo del Salvador que debía partir enseguida a Jerusalén, donde le esperaba un privilegio mayor.
 
El primero en beber el cáliz de la pasión
 
   Un día, Cristo le había preguntado: «¿Puedes beber el cáliz que voy a beber Yo?» Y su respuesta fue digna de un discípulo del Señor: «Puedo». Y siguió la promesa del Salvador, que Santiago veía constantemente sobre su cabeza, como una corona de oro: «Pues bien, beberás mi cáliz.» Y le bebió sin temblar… [3]
 
   Santiago ganó la corona del martirio el año 44, durante el espurio gobierno de Herodes Agripa [4]. Los Hechos de los Apóstoles narran escuetamente que “Por aquel tiempo el rey Herodes emprendió una persecución contra algunos miembros de la Iglesia. Hizo degollar a Santiago, el hermano de Juan” (12, 1-2). La tradición, sin embargo, añade al relato un sugestivo pormenor: el delator, conmovido por la confesión de fe del Apóstol, se convirtió y pidió perdón, siendo ambos decapitados.
 
   Acerca de su martirio, el Papa Benedicto XVI comenta:
 
   “Él, que al inicio había pedido, a través de su madre, sentarse con su hermano junto al Maestro en su reino, fue precisamente el primero en beber el cáliz de la pasión, en compartir con los Apóstoles el martirio”. [5]
 
   Para evitar cualquier profanación, marineros cristianos embarcaron su sarcófago en Jope y lo condujeron al extremo occidental del mundo entonces conocido, a tierras gallegas, en donde fueron internados y escondidos sus restos.
 
Una estrella, dos caminos
 
   Los espacios de paz que gozó el Imperio Romano se vieron perturbados por atroces persecuciones contra los cristianos. Cuando finalmente éstas cesaron, surgió un nuevo azote: las invasiones bárbaras. A comienzos del siglo V, los visigodos, aliados de los romanos, se instalan en la península ibérica, expulsando a unos y sometiendo a otros, antes de determinarse, no sin tropiezos, por el cristianismo. Dos siglos después, en la región austral, se desató un flagelo mayor: la invasión musulmana. Casi todo el país vertiginosamente quedó bajo su yugo.
 
   En sentido contrario, la fe en el Apóstol, que había caído en el olvido, se reencendió:
 
   “En la hora de la tribulación, España vuelve a acordarse de su apóstol. El Hijo del Trueno va a ser el compañero de su lucha milenaria contra el Islam”. [6]
 
   El año 813, en el contexto de las gracias de Covadonga, se produce el hallazgo de su tumba:
 
   “Un ermitaño ve la estrella colgada sobre el valle; los ángeles cantan entre los pinos; la cima de Pico Sacro se cubre de escudos guerreros y de lanzas fulgurantes; el obispo Teodomiro remueve afanoso la tierra; aparece el arca de cedro con las sagradas reliquias, y aquel lugar se llamará para siempre el Campo de la Estrella” [7]
 
   De ese Campus Stellae latino derivará el nombre actual, Santiago de Compostela.Este gran descubrimiento, que conmueve a Europa, convierte a Compostela en uno de los lugares de peregrinación más famosos de la Edad Media.
 
   “Alfonso el Casto se arrodilla el primero, y tras él una muchedumbre innumerable de reyes y de obispos, de menestrales y de guerreros, de siervos y de señores. El alma anhelante de la cristiandad recorre esa ruta durante siglos, con el bordón en la mano, la caperuza en la cabeza, el zurrón a la espalda y el manto adornado de conchas y azabaches”. [8]
 
   Paralelamente al camino de Santiago, una senda de fe, oración y penitencia, se desarrolla otro camino hacia el sur, una senda de fe, abnegación y sacrificio.
 
   “El Hijo del Trueno acompaña a los cruzados de la fe, preside la obra de la Reconquista, cabalga entre los guerreros tremolando el estandarte de la cruz, y al grito de «¡Santiago, y cierra, España!», las armas cristianas avanzan triunfantes hacia el Sur. Hasta que llegue el momento en que el pescador de Galilea, conocedor de mares y tormentas, guíe a las tres carabelas de la reina Isabel en la aventura más sublime de la historia de los hombres”. [9]
 
El Apóstol Santiago en América
 
   Tal popularidad alcanzó la devoción al Apóstol Santiago en el Nuevo Continente que su geografía está salpicada con su recuerdo. Importantes ciudades llevan su nombre, por ejemplo: Santiago del Estero (Argentina), Santiago de Chile, Santiago de Cali (Colombia), Santiago de Cartago (Costa Rica), Santiago de Cuba, Santiago de Guayaquil (Ecuador), Santiago de Querétaro (México), Santiago de Managua (Nicaragua), Santiago de los Caballeros (República Dominicana), Santiago de León de Caracas (Venezuela), etc.
 
   Pero el hecho histórico más notable en América, fue su milagrosa intervención en el cerco que Manco Inca impuso al Cusco en 1536. Doscientos peninsulares fueron implacablemente asediados por doscientos mil indios durante ocho meses. Viéndose en situación tan difícil, resolvieron los europeos morir peleando todos en un día en vez de aguardar la muerte por hambre o por heridas. Después de confesarse e invocar a los santos de su devoción, salieron al amanecer dispuestos a morir como buenos cristianos.
 
   Arremetieron a los indios, llamando a grandes voces el nombre de la Virgen y el de su defensor Apóstol Santiago. Los unos y los otros pelearon obstinadamente […].
   Al cabo de cinco horas que así peleaban, se sintieron los fieles cansados, y sus caballos andaban ya desalentados […].
   A esta hora y en tal necesidad, fue Nuestro Señor servido favorecer a sus fieles con la presencia del bienaventurado Apóstol Santiago, patrón de España, que apareció visiblemente delante de los españoles, que lo vieron ellos y los indios encima de un hermoso caballo blanco, embrazada una adarga, y en ella su divisa de la orden militar, y en la mano derecha una espada que parecía relámpago, según el resplandor que echaba de sí.
   Los indios se espantaron de ver el nuevo caballero, y unos a otros decían: «¿Quién es aquel Viracocha que tiene la illapa en la mano?» (que significa relámpago, trueno y rayo). Donde quiera que el santo acometía, huían los infieles como perdidos, y desatinados se ahogaban unos a otros, huyendo de aquella maravilla. [10]
 
   Figuras de fuego, que entusiasmen y que cautiven, como la del Apóstol Santiago, nos hacen falta hoy más que nunca. Aprendamos de su ejemplo, de su fe inconmovible de la que nos dio prueba con su martirio, de su ardiente devoción por la Santísima Virgen, y de su deseo apasionado por la gloria de Dios.
 
 
Notas:
[1] Fray Justo Pérez de UrbelO.S.B., Año Cristiano, Ediciones Fax, Madrid, 1951.
[2] Ídem, ibídem.
[3] Ídem, ibídem.
[4] Hijo de Herodes Antipas, que mandó asesinar a San Juan Bautista y se burló de Nuestro Señor en su Pasión; y, a su vez, nieto de Herodes el Grande, el autor de la masacre de los inocentes.
[5] Audiencia General del miércoles 21 de junio de 2006, en www.vatican.va
[6] Fray Justo Pérez de Urbel, op. cit.
[7] Ídem, ibídem.
[8] Ídem, ibídem.
[9] Ídem, ibídem.
[10] Inca Garcilaso de la Vega, Historia General del Perú, Librería Internacional del Perú, Buenos Aires, 1959, t. I, pp. 181-182. 
 


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