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Sobre Malefakis y la cuestión histórica
 
Pío Moa 
 
 
   Me ha pasado el historiador J. M. Cuenca Toribio el número de marzo de 2013  de la Revista de Occidente con un largo artículo de Edward Malefakis, “Alguna bibliografía sobre la Guerra Civil española”, en que escribe con cierta amplitud dos libros míos. De ese artículo –creo que es el mismo–, tuve noticia hace tiempo por un conocido próximo a la revista Ayer: en esta le fue rechazado a Malefakis porque …¡me mencionaba! Esto ya no es sectarismo, sino pura estupidez, y refleja el nivel a que ha descendido la historiografía universitaria española (hay excepciones, naturalmente).
 
   El propio Malefakis advierte esa mezcla de aversión y temor a mi persona y trabajos en esos lamentables ambientes, a raíz de la publicación de mi  estudio Los orígenes de la Guerra Civil española: “Dos eminentes historiadores (S.Payne y C. Seco Serrano) dedicaron grandes elogios al libro, pero la reacción general en la profesión fue una mezcla de silencio público y vehemente rechazo privado. Que yo sepa, la obra apenas ha sido reseñada, ni tampoco ha habido ningún historiador competente que haya rebatido las teorías de Moa (…) En 2006 pregunté a varios amigos historiadores, todos simpatizantes de la República, por qué no se habían enfrentado directamente a Moa. Su respuesta, que no dejó de sorprenderme en su momento, fue que Moa no estaba realmente interesado en un intercambio de ideas, que estaba profundamente aferrado a sus opiniones y no deseaba cuestionárselas. Lo que Moa quería realmente, decían, era la publicidad que acompañaría a una discusión abierta con historiadores de reconocido prestigio”.
 
   Se acerca algo a la verdad Malefakis, aunque yerra en buena medida. Algunos historiadores, por su cuenta o con el respaldo explícito de muchos otros que no salían a la palestra, sí intentaron rebatirme. Así  el señor Moradiellos en la revista digital El Catoblepas, o más aún el señor Reig Tapia, que me hizo el honor de dedicarme un libro El Anti Moa, al que respondí en una serie de artículos en LD (http://www.libertaddigital.com/opinion/pio-moa/breve-historia-de-un-no-debate-34125/ y siguientes), luego recogidos en el libro "La quiebra de la historiografía progresista" (2007).
 
   Otros muchos me han dedicado invectivas o juicios arbitrarios, a los que he respondido, a veces con dureza, pero siempre en un plano académico y no personal. No quiero parecer arrogante, pero tengo la impresión de que  la experiencia no resultó muy reconfortante para el prestigio de mis contradictores ni animó a otros a seguir su ejemplo.Por otra parte, la falta de debate no quiere decir que esos historiadores, periodistas, directores de medios de masas  y políticos hayan cejado en una actitud  que nada tiene de académica ni de democrática. Empezó Tusell propugnando desde El País la censura a mis investigaciones, con éxito, pues ese periódico me negó el derecho de réplica, (lo comenté en, por ejemplo, http://www.libertaddigital.com/opinion/pio-moa/lo-malo-de-javier-tusell-42848/) El éxito se extendió a los grandes medios de masas, no solo de la izquierda, como podría suponerse, sino aún más de la derecha: para El Mundo, La Razón, ABC, La Vanguardia  o El Correo, simplemente no existimos ni yo ni mis libros, no ya de historia, sino ni siquiera mi novela reciente "Sonaron gritos y golpes a la puerta", o el relato "Viaje por la Vía de la Plata"). El otro medio utilizado por esta buena gente ha sido la descalificación propagandística en alusiones ocasionales  un tanto desvergonzadas: yo no había consultado archivos, me basaba en Arrarás o Ricardo de la Cierva, me limitaba a repetir la propaganda franquista, etc., etc. Sin excluir insidias más personales.
 
   Es decir, que Malefakis no dice del todo la verdad. Quien la sintetizó perfectamente fue Stanley Payne: “Cada una de las tesis de Moa aparece defendida seriamente en términos de las pruebas disponibles y se basa en la investigación directa o, más habitualmente, en una cuidadosa relectura de las fuentes y la historiografía disponibles”. Lamentablemente, “lo más destacable de la respuesta a la obra de Moa ha sido la ausencia de debate y la negativa a discutir el gran número de temas serios que suscita. Con sólo unas pocas excepciones, ha sido recibida con una hostilidad gélida o furibunda. (…) Aparentemente, no hay una sola de las numerosas denuncias de la obra de Moa que realice un esfuerzo intelectualmente serio por refutar cualquiera de sus interpretaciones (…) El asunto principal no es que Moa sea correcto en todos los temas que aborda. Eso no puede predicarse de ningún historiador y, por lo que a mí respecta, discrepo de varias de sus tesis. Lo fundamental es más bien que su obra es crítica, innovadora e introduce un chorro de aire fresco en una zona vital de la historiografía contemporánea española, anquilosada desde hace mucho tiempo en angostas monografías formulistas, vetustos estereotipos y una corrección política determinante desde hace mucho tiempo. Quienes discrepen de Moa necesitan enfrentarse a su obra seriamente y demostrar su desacuerdo en términos de una investigación histórica y un análisis capaz de retomar los temas cruciales en vez de dedicarse a eliminar su obra por medio de censura de silencio o de diatribas denunciatorias más propias de la Italia fascista o la Unión Soviética que de la España democrática”. Creo que lo anterior expone perfectamente hasta qué punto el “reconocido prestigio” de tantos intelectuales del momento tiene los pies de barro.
 
   No obstante, si bien Malefakis se sintió extrañado en un principio por las extravagantes actitudes de  tantos historiadores, fue viendo la luz. “Por entonces me sorprendió la respuesta de mis amigos y pensé que se equivocaban al ignorar a Moa en lugar de rebatirlo. Pero poco a poco fui cambiando de opinión, sobre todo al toparme con signos evidentes de que a Moa le gusta hacer el papel de víctima. Esto le proporciona muchas ventajas, no siendo la menor el que aumenta su atractivo  para una gran proporción del público general que, por las razones que sean, quiere creer en la legitimidad de la revuelta armada contra la República. Para ellos, Moa no es solo un historiador, sino también un héroe. Y nadie renuncia fácilmente al papel de héroe. Mi primera opinión sobre la obra de Moa, que ya era bastante contradictoria, pasó a ser del todo negativa después de leer "1934: comienza la Guerra Civil. El PSOE y la Esquerra emprenden la contienda"”
 
   De modo que Malefakis, sin notar en apariencia su contradicción, después de justificar a quienes pretenden imponer la censura del silencio, dedica un amplio espacio a mostrar por qué no está de acuerdo conmigo. Razón suficiente para que los de la revista Ayer, más consecuentes,  le rechazaran el artículo. De su crítica, que tiene más interés, trataré en otro u otros dos artículos, pero aquí solo quiero recordar cómo, lejos de hacer el papel de víctima ni de héroe, he señalado reiteradamente la importancia del debate  racional y no personalista, y he invitado a él a mis adversarios. Si estos han pretendido hacerme víctima de su censura y de su demostrada ausencia de honradez intelectual, no es, desde luego, culpa mía ni algo que me agrade, al contrario. Y como las cuestiones en polémica son de la mayor importancia –en rigor se trata del suceso decisivo de la historia de España en dos siglos, que ha determinado en gran medida su historia posterior hasta hoy mismo—sigo empeñado en clarificar las cuestiones relacionadas, como verá Malefakis en el siguiente o siguientes comentarios de mi blog.
 
   En fin, invito a mis pacientes lectores a dar la mayor difusión posible a estos comentarios. Muchas gracias.
 
 
 
 
 


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