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Sobre la batalla del Ebro
 
    
Jesús Flores Thies  
Coronel de Artillería - Retirado
 
 
   Se han escrito tantas  falsedades y medias verdades sobre nuestra guerra, que conviene hacerse algunas preguntas sobre cuestiones de las que apenas se habla y que convendría aclarar. No vamos a hablar de los detalles de la batalla del Ebro, ganada finalmente por el bando nacional, que de esa forma conseguía destruir a lo más granado del ejército rojo, vamos a hacer unos comentarios sobre hechos y circunstancias relacionados con el planteamiento de esa batalla de los que se habla poco y se oculta más.    
 
   La primera pregunta que uno puede hacerse es por qué esta terrible batalla empieza el día 25 de julio de l938 cuando el 5 de abril había caído ya Lérida en manos nacionales y casi todo el mundo consideraba, dentro y fuera de España, que la guerra estaba ya perdida para la República.
 
   Al comenzar aquel año de 1938 el Ejército Popular había conseguido ocupar una capital española. La alegría de aquella victoria duró bien poco porque si el ejército “rojo” entró en Teruel el 8 de enero de 1938, a costa de grandes pérdidas, el 22 de febrero el ejército nacional ya lo habían recuperado. Cuarenta y cinco días  que fueron aprovechados para que muchos se hicieran la fotografía.  Poco después, las tropas nacionales llegaban a Vinaroz separando la región catalana del resto de la España “republicana”.    
 
   La Batalla del Ebro no tiene más que un responsable, que es Negrín. El general Rojo realizó su trabajo como profesional a sabiendas de que la guerra estaba perdida, pero la responsabilidad de aquella batalla sangrienta recae exclusivamente sobre Negrín.     
 
   Mientras el Presidente de la República Manuel Azaña pronunciaba el 18 de julio de 1938 aquel famoso discurso en el que pedía “Paz, Piedad y Perdón”, Negrin estaba concentrando dos Cuerpos de Ejército en la orilla izquierda del Ebro para iniciar, siete días más tarde, lo que iba a ser la batalla del Ebro. Por cierto, en aquel discurso estaban presentes Negrín y Vicente Rojo a quienes lo de la “paz, piedad, perdón” les traía al fresco.  
 
   Si hemos de creer a Tagüeña, que mandó en el Ebro el XV C. de E., esta batalla se planteó para ganar tiempo, porque se suponía que la guerra estaba a punto de estallar en Europa y ello habría podido favorecer a la República. Y la guerra llegó a los cinco meses justos de que hubiera terminado la de España.   
 
   Es muy posible que fuera ésta, la intervención de Francia, una de las razones que tuvo Franco para no invadir una Cataluña totalmente desmoralizada. Incluso algún periódico francés llegó a decir que había preparadas tres divisiones del ejército galo para intervenir en España si la situación europea se complicaba.   
 
   Hablemos de la batalla. Es bueno recordar que cuando se tiene que combatir en varios frentes no se puede atender a todos ellos con la cantidad de tropas que los reglamentos  recomiendan, por eso en el frente del Ebro lo que había era una línea de vigilancia que se apoyaba en el río, pero el Ebro tampoco es el Danubio, y en época de estiaje su caudal se ve muy reducido.
 
   Un frente de casi 150 kilómetros de longitud estaba cubierto solamente por dos divisiones, la 50 y la 105, dos divisiones formadas en parte por tropas de reemplazo poco fogueadas, y a su retaguardia se había colocado una reserva formada por algunas unidades de la 13 División en las proximidades de Gandesa, y éstas eran tropas de élite. El Cuartel General se encontraba en Caspe donde Yagüe tenía su puesto de Mando.    
 
   Al otro lado del río se habían formado dos cuerpos de Ejército; el XV bajo el mando de Manuel Tagueña, y el V mandado por Enrique Lister, en total 6 Divisiones, y al frente de este Ejército se había puesto a Juan Modesto Guilloto, con su puesto de mando en La Figuera. Ninguno de los mandos citados de este Ejército del Ebro era militar profesional, son miembros del Partido Comunista que obedecen a Juan Negrin. Quizá por este motivo podemos dar la razón a quien dijo que el general Vicente Rojo había confesado que “él iba allí de turista”.  
 
   Negrín había sido nombrado Presidente y Ministro de Defensa el día en que Lérida cae en manos de las tropas nacionales. A  partir de este momento toma la decisión de defender la región catalana y mantener el contacto con la frontera francesa.   
 
   Lo primero que hace es impulsar una serie de obras de fortificación, a pesar de que las que ya se habían construido en Cataluña desde el inicio de la contienda no habían servido para nada, y a continuación pone en funcionamiento los CRIM (Centros de Reclutamiento, Instrucción y Movilización) para recuperar los prófugos, emboscados, y escondidos en la retaguardia. Y en tercer lugar, impone una férrea disciplina del tipo comunista, Y a los prófugos se les envía, como si fueran pelotones de castigo, a rellenar huecos en las Brigadas internacionales, que estaban ya bastante desgastadas. Aunque parezca mentira, esto empieza a funcionar, y antes de meterse en el Ebro se organiza una ofensiva en Lérida (la ofensiva sobre la línea del Segre y Noguera Pallaresa) para recuperar las cabezas de puente de Balaguer y Serós. tenazmente defendidas por los soldados nacionales, apenas fortificados. Y allí se queda sobre el terreno una gran parte de lo que ha pasado a la Historia como la “quinta del Biberón”; Sus restos pasarán al integrarse en el Ejército del Ebro.   
 
   Se suele decir que este “Ejército del Ebro” actuó con tanta astucia y perfección, que el paso del Ebro fue para el bando nacional una sorpresa. ¿Puede creerse que una concentración de más de 100.000 hombres con todo el material de guerra necesario para esta ofensiva pudiera hacerse en una orilla del Ebro, cuando en la otra orilla, a poco más de cien metros de distancia, los soldados de patrulla no se enteraran de lo que estaban ocurriendo?    Otro ejemplo de ello es que la aviación nacional estaba desplegada de forma que pudiera intervenir ante un ataque procedente del Ebro o  del Segre.  
 
   Y el mismo día 25 empezaron a volar los aviones nacionales en el Ebro. El día 23 de julio Yagüe informó al general Davila de una gran concentración de fuerzas en la otra orilla indicando, y el día 24 vuelve sobre el tema. Y en la media noche del ataque se levantó de la cama diciendo: “Los rojos han pasado el Ebro. ¡Vaya, gracias a Dios! ¡Todo el mundo a sus puestos!”. Esto ocurría a las 2,25 minutos del día 25.   
 
   Nadie nos ha podido explicar la razón por la que a dos Cuerpos de Ejército se les envía sin apoyo aéreo a una operación que no tenía que detenerse en Gandesa, sino llegar en una tercera fase hasta Valderrobres, el Puerto de Beceite y Vinaroz. Esta intervino en el frente del Ebro a partir del día 29, cuando la invasión ya se había  paralizado, y ni siquiera se había conquistado Gandesa, que era el principal objetivo de la primera fase de la maniobra. La verdadera sorpresa estaba en la capacidad de lucha del “Ejército del Ebro” que pudo avanzar unos 60 kilómetros en el dispositivo nacional antes de ser detenido definitivamente, lo que vino a favorecer su posterior destrucción que lo imposibilitó para posteriores operaciones iniciándose el principio del fin del Ejército popular.   
 
   Fue una batalla “fea”, con pocas maniobras, debido al empeño del Generalísimo de fijar al enemigo para destruirlo de forma implacable. Cuando las últimas y diezmadas unidades del ejército rojo pudieron repasar el Ebro, su capacidad de reacción había sido ya eliminada de forma definitiva. Hay que tener en cuenta que aquel ejército en derrota todavía era muy numeroso, que el que huyó a la frontera francesa superaba los 200.000 hombres, pero la capacidad para la resistencia había desaparecido en las sangrientas orillas del Ebro.    
 
   Esta batalla fue la puntilla para el ejército del Frente Popular sacrificado hasta el final por la vileza de sus dirigentes empeñados en prolongar una guerra para poder enlazar con la imparable guerra que empezaría en septiembre de 1939. 
 
 
 


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