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Un rey poco fino
 
 
Pío Moa
 
 
   Juan Carlos recibió un país unido, reconciliado y próspero, la mejor ocasión para establecer una democracia firme  y no convulsa como las experiencias anteriores.  Deja un país en peligro de disgregación, con enorme paro, crisis económica y profundas divisiones sociales; y una democracia en plena involución, con la  autonomía judicial asaltada, partidos no democráticos que se disputan el poder, avances de los odios y las demagogias, corrupción extendidísima, terrorismo premiado por sus asesinatos.  Recibió un país con excelente salud social, y lo deja con una muy mala: enorme número de abortos, violencia doméstica y crisis de la familia, de la enseñanza, delincuencia, cinco veces más población carcelaria,  expansión de la droga y el alcoholismo, una juventud en gran medida retratada por el botellón y la chabacanería… En fin. Creo que este es el balance más apropiado de sus casi cuarenta años de reinado. Dudo que pase a la historia como el gran o al menos el importante monarca que sus turiferarios presentan.  No ha sido un rey muy patriota, baste recordar  sus actitudes sobre Gibraltar o Ceuta y Melilla o su beatería europeísta, con la cesión ilegal de soberanía a la burocracia de Bruselas.  Tampoco ha sido un ejemplo en otros aspectos digamos económicos, obsérvense sus amigos y diversos escándalos familiares.  Dejo aparte los aspectos personales, no siempre ejemplares, por así decirlo. Y por supuesto, hay elementos positivos, como sus relaciones internacionales para facilitar negocios a empresas españolas.  
 
   Claro está que Juan Carlos no puede ser culpado de modo principal por estos hechos evidentes, ya que, entre otras cosas, su poder quedó muy limitado por la Constitución. Los principales causantes de las fechorías que han desembocado en la multicrisis actual han sido los dirigentes de la oligarquía PP-PSOE-separatistas, montada en la transición.  Unos individuos perfectos sucesores de aquellos que Azaña describió como capaces de una política “incompetente, de amigachos,  de codicia y botín, sin ninguna idea alta”. Pero también es cierto que el rey no ha sido en ningún momento  una barrera para tales “jugadores de la política” como los  llamaba Zugazagoitia, sino más bien un estímulo. Si en alguna ocasión lo intentó, la tentativa desembocó en la gran chapuza del 23-F. 
 
   Juan Carlos, dice,  ha querido ser  rey de todos los españoles. Ningún político deja de querer  siempre cosas excelentes, pero eso tiene poca importancia. La tosca lección extraída por  los monárquicos de la experiencia de la Restauración ha sido que el rey debía atraerse a los intelectuales y a la izquierda, para mantenerse. Cuando Don Juan  jugaba peligrosamente con el país, hacia el fin de la SGM, su asesor Gil-Robles, ya convertido en un cantamañanas, le aconsejaba congraciarse con las izquierdas, pues la derecha “por la cuenta que le trae”, aguantaría todo. Ciertamente no habría podido  reinar sin cierta aquiescencia muy amplia, lo que implica traiciones y enemistades con quienes resultan preteridos; pero el precio del semiacuerdo con una izquierda nunca monárquica de corazón e incapaz de aprender de la historia podía resultar, ha  resultado, muy caro.  
 
   El rey no ha sido, en suma, el mayor responsable de la situación, pero es su mejor símbolo. Su abdicación representa el fin del ciclo abierto con la transición, y ahora entramos en un período de mayor incertidumbre. Algunos se empeñan en la república, pero creo que a pesar de todo, a pesar de Juan Carlos, la monarquía es un factor de estabilidad y de continuidad, aunque sea, nuevamente, en un plano simbólico. Para desconfiar de la república basta recordar las dos desastrosas experiencias pasadas, pero resulta aún más alarmante oír a la masa de republicanos actuales, en nada mejores e incluso peores que los que tan bien retrataba Azaña mientras olvidaba sus propios errores.   
 
 
 
 
 


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