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Una cuestión de dignidad
 
 
 
Honorio Feito 
 
 
   Creo que uno de los pocos aciertos del señor Rajoy, desde que ocupó el sillón del Palacio de La Moncloa, ha sido el de resistirse al rescate europeo. A la vista de la escasez de medidas para meter en cintura a tanto político negligente, a tanto incapaz a la vez que soberbio y manirroto, muchas fueron la voces que pedían al gobierno del Partido Popular que utilizara su mayoría absoluta para poner orden en las cosas de la política, que es donde hay que empezar a poner orden, tratando de arreglar el desaguisado económico (gran parte del cual proviene, como todo el mundo sabe, de los privilegios de la “casta”). 
 
   Que muchos españoles quisieran el rescate, dejando al margen los intereses –siempre egoístas y electorales- de los partidos políticos, obedece, en mi opinión, al deseo de que un ente superior hubiera aplicado las normas que el señor Rajoy, y su gobierno, no quisieron imponer desde el mismo momento de su llegada a La Moncloa. O sea, gobernar con mano firme a quien se lo ha estado llevando crudo y no quiere bajarse de la burra. En otras palabras, que aquellos españoles de buena fe que buscaban, en esto del rescate, la intervención de los países del Norte lo hacían pensado en la mediática disciplina para acabarar con el abuso y privilegios de la “casta”. 
 
   Tenía yo la sospecha, en cambio, de que tal intervención pondría también en manos de ellos a empresas españolas golosas, aún en poder del Estado o semi-estatales, sintiendo como cierto pudor al ver que lo poco que aún nos queda pasara a manos de los especuladores alemanes, ingleses, holandeses o belgas. 
 
   Después de ver lo de Chipre, y después de leer las manifestaciones de Jeroen Dijsselbloem, presidente del Eurogrupo y, dicen, peón de Ángela Merkel, acerca de que los depositantes harán frente a las futuras crisis bancarias (palabras que hicieron tambalearse a la Europa del euro), ya no tengo dudas acerca del peligro que nos acecha. 
 
   Después de haber reventado el llamado “Estado del bienestar”, vamos hacia un concepto de la vida donde los que mandan nos bombardean con mensajes absurdos en los que menosprecian la propiedad de las cosas, al tiempo que amparan la socialización de la vida cotidiana. La confluencia de las artes más atroces del capitalismo y de las propias del socialismo apunta hacia un estado nacional-capitalista para el que las clases medias son un estorbo y el desamparo de las mayorías un objetivo. 
 
   El Banco de España, por su parte, que debería ser el vigilante de la gestión de las entidades financieras, prefiere jugar en primera y advierte que debería utilizarse la reforma laboral para bajar los salarios. El desempleo y la reducción de ingresos en las familias, de una parte, y el incremento de impuestos y la bajada de los tipos de interés, por otra, han llevado a las economías domésticas a reducir la tasa de ahorro de forma considerable. Según el Instituto Nacional de Industria, la renta disponible de los hogares e instituciones sin ánimo de lucro cayó un 1,6% entre junio y septiembre de 2012, respecto al mismo periodo del año anterior, y en el tercer trimestre del año pasado se situó en torno al 7,6% cuando, a finales de 2009, era de un 18%. 
 
   En una sociedad en la que los asuntos relacionados con la corrupción de políticos, sindicalistas, personajes de alto nivel y los propios partidos políticos cuentan los agujeros negros por millones de millones, sin que ningún miembro del Poder Judicial sea capaz de hacer devolver ni uno sólo de los euros que se llevan, que el Banco de España trate de apretar los salarios de los pocos y afortunados españoles que todavía trabajan no es una cuestión de economía, sino de dignidad. 
 
 
 


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