Sobre Francisco Franco y su tiempo...
 
 
 
Una gran decisión militar, según Manuel Aznar
 
FRENTE DE TERUEL – ENERO DE 1938
 
 
 
Eduardo Palomar Baró 
 
 
 «El día 1º de enero de 1938 fue para las armas nacionales de España, uno de los más amargos de toda la guerra. Veinticuatro horas antes, la reconquista de la ciudad de Teruel, o mejor dicho, la liberación de los defensores, sitiados en el Seminario y en la Comandancia Militar, parecía plenamente lograda. Las tropas del Cuerpo de Ejército de Castilla, mediante aquella fulgurante marcha iniciada el día 29 de diciembre, habían clavado la bandera en las casas que bordean La Muela de Teruel, y dan vista a la  estación del ferrocarril y a la gran hondonada hacia Villastar. Llegaban allí radiantes de júbilo los soldados que conducía el general Varela, porque acababan de revelar su magnífica combatividad en los asaltos a la posición de Las Pedrizas y en la marcha  hacia los caminos de Campillo y hacia la cota de Los Morrones.            
 
   En el ala izquierda del dispositivo, el Cuerpo de Ejército de Galicia, mandado  por el general Aranda, consiguió, tras encarnizados combates, romper la fortísima  resistencia roja sobre los llanos de Caudé y sobre el pueblo de  Concud. Cierto es que la  defensa marxista se revelaba muy tenaz por ese lado: la división Sagardía tuvo que  emplearse muy a fondo para forzar las primeras líneas; pero al atardecer del día 31, las  posiciones tácticas alcanzadas permitían esperar fundadamente que durante la jornada  del día 1° del nuevo año quedaría completada la maniobra de las dos alas convergentes  y sería un hecho la entrada de los soldados victoriosos en las calles de Teruel. Por otra parte, se esperaba que de un momento a otro, la Plaza, a la vista de las unidades  libertadoras, enviase información acabada de lo que estaba aconteciendo dentro de la  ciudad, estableciera algún enlace con las trincheras de La Muela, o enviara emisarios  hacia las avanzadas de la carretera de Zaragoza, a fin de orientar de manera justa a las  fuerzas de socorro. Sin  embargo, transcurrió toda la noche y los sitiados guardaron  silencio.             
   Mientras  tanto, comenzó a caer sobre aquel desolado trozo de la tierra de  España la memorable tempestad de nieve que ha pasado ya a la historia militar de  nuestro pueblo, por los graves resultados que trajo consigo. Las horas iniciales del día  1° de enero de 1938 anunciaron claramente que no sería posible continuar adelante la  maniobra de contraofensiva; bajo las espesas capas de la nevada desaparecían los  hombres, los cañones, las armas automáticas; estallaban los depósitos de los camiones;  cedían las alas de los aeroplanos; en  suma, todos los elementos de la batalla quedaban  como anulados por las fuerzas de la Naturaleza y sometidos a un desesperante  aplazamiento. Aranda no pudo mover sus vanguardias, que, acostadas sobre la nieve,  resistían con fabuloso estoicismo un fuerte bombardeo artillero dirigido por los rojos  desde una organización de casamatas construida en las montañas de en frente; Varela,  obligado igualmente a suspender todo movimiento, replegó ligeramente las  avanzadillas, que en el extremo oriental de La Muela quedaban demasiado expuestas al  fuego enemigo. Nieve, nieve, nieve, fue la característica de los días siguientes. Y  cuando el tiempo iba a permitir una violenta reanudación de los combates, vino aquel inolvidable pacto del  jefe que mandaba la Comandancia Militar, y con el pacto la  rendición. No es propósito de estas líneas estudiar los secretos psicológicos de  semejante resolución, sino recordar algo mucho más importante.            
 
   Una vez que hubo desaparecido el problema de los sitiados de Teruel, el Generalísimo pudo perfectamente estabilizar el frente en torno a la capital del Bajo Aragón y volver a los montes y barrancos de la provincia de Guadalajara, donde corno es sabido tenía preparada una gran maniobra hacia Madrid.            
 
   Pero su genialidad militar, su profundo conocimiento del arte de la guerra, y su mirada excepcional, le dictaron una de las decisiones más admirables y más resolutivas  de toda la campaña. Fue por entonces cuando pronunció esta frase que revela la  amplitud de visión del Caudillo: “primero volveremos a Teruel; después iremos hasta el mar Mediterráneo”.            
 
   He aquí, con palabras que en aquel momento pudieron parecer misteriosas, el anuncio cierto de todo un orden de operaciones que llegó a crear la batalla más completa de la guerra; a mi juicio, la más bella y exacta de todas, la de  horizontes más  vastos y la de consecuencias más hondas. Porque esa frase del  Generalísimo es, en sí  misma, la  promesa de las operaciones sobre Sierra Palmera, Santa Bárbara, El  Muletón, El  Horno de la Cal y los Altos de Celadas; de la fulminante batalla del  Alfambra, en la cual no se sabe cuál de las fuerzas operantes cumplió con mayor perfección las misiones fijadas por el Mando supremo; pues si el Cuerpo de Ejército de Galicia rompió todo el sistema montañoso de defensa hacia la corriente del ya  histórico río, el Cuerpo de Ejército Marroquí llevó a cabo el magnífico envolvimiento de los montes fortificados de Pancrudo, y dobló el flanco derecho del enemigo; mientras  tanto, la caballería de Monasterio dibujó la gran marcha por tierras de Argente, Visiedo  y Lidón hasta situarse en la retaguardia roja… Las palabras del Generalísimo anuncian  también la gran batalla aragonesa, con su fase del Sur del Ebro, la  maniobra marroquí  hasta Caspe, la brecha que abriría Valiño en los montes de Cucalón para que por ella se lanzase la Caballería; el gran movimiento del Cuerpo de Tropas Voluntarias hasta  Alcañiz y los frenéticos combates del Cuerpo de Galicia en Montalbán y Utrillas,  rumbo al corazón del Maestrazgo… En la mente de Franco aparecen ya, con perfecto  diseño, las operaciones de los Cuerpos de Navarra, Aragón y Marroquí al Norte del Ebro; con Lérida, y el Segre, y los dos Nogueras, y Tremp, y Balaguer por  objetivos;  después, la maniobra directa hasta Vinaroz, la envuelta de Amposta y Tortosa por el  Sur, la liberación total de la orilla derecha del Ebro, y el rompimiento en dos del  territorio español dominado por los rojos.            
 
   En esta clase de resoluciones reside la grandeza histórica de un gran Capitán.  Donde nadie sorprende los secretos de la historia, ese Capitán ve los horizontes más  lejanos y concibe las más complejas audacias. Pudieron los profanos creer que en  muchas de las jornadas de enero de 1938, cuando el parte oficial cantaba cada noche el  consabido “sin novedad en todos los frentes”, no sucedía nada o casi nada: y, sin embargo, estaba naciendo una de las más grandes “novedades” de toda la  guerra de  redención de España. Franco siguió la norma clásica de los mejores Caudillos de la  Historia: “el designio de una batalla es la destrucción del ejército enemigo”. Puesto que  el ejército enemigo le emplazaba en los ásperos montes de Teruel, entre piedras y  desfiladeros, allí iban a probarse decisivamente las armas y allí  iba a quedar destruido  para siempre el  mejor ejército de maniobra que consiguieron organizar los rojos. Esta  decisión del Generalísimo es para mí el acontecimiento que llena todo el mes de enero  de 1938.
 
 


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