Ya lo dijo...
 
 
 
... Ramón Garriga sobre el "referéndum-protesta" del 9 de diciembre de 1946
   Sacamos estas declaraciones de Ramón Garriga del Volumen II de la obra de Ricardo de la Cierva y Hoces, “Francisco Franco. Un siglo de España” (Editora Nacional, Madrid, 1973. Págs. 416 y 417) respecto a la condena que la ONU quería hacer contra España en diciembre de 1946:
 
 
Una versión crítica en la Plaza de Oriente  
 
   La manifestación del 9 de diciembre de 1946, como todos los hechos relevantes de la España de aquel periodo, ha sido objeto de descripciones hiperbólicas y de interpretaciones distorsionadas para todos los gustos. De aquí el interés de esta versión de los hechos, debida a un escritor reconocidamente antifranquista, Ramón Garriga, que no puede ocultar, pese al carácter crítico del relato, las realidades básicas del gran “referéndum-protesta”:
 
   “Las primeras consecuencias de la posición adoptada por las Naciones Unidas fue la manifestación popular más grande que se ha conocido bajo el franquismo y el fortalecimiento de Franco en el poder. Quienes manejaban la cuestión española demostraron desconocer el fondo del alma popular, porque el madrileño, sin distinción de clase, se sintió molesto de que la gente foránea pretendiera intervenir en los asuntos interiores del país y reaccionó contra la ONU, sin querer decir con ello que estaba conforme con el franquismo. Por otra parte, aquellos generales que pudieran hacerse eco del llamamiento que, indirectamente, les hacían las Naciones Unidas para acabar con el régimen existente, nada emprenderían, porque hubiera significado que obraban al dictado del extranjero, cosa totalmente reñida con su idiosincrasia.
 
   Antes de las once de la mañana del 9 de diciembre empezaron a concentrarse miles y miles de madrileños en la plaza de Colón y calles adyacentes para participar de los que se bautizó como el plebiscito de la nación contra la intervención extranjera. A las diez cerraron sus puertas los cafés, comercios, fábricas y oficinas para que toda la población formara parte en el acto. Era un día magnífico de invierno, con el sol luciendo espléndidamente. Entre la muchedumbre se veían carteles, que decían: “¡Abajo con Giral!”, “No dejamos que los alemanes entrasen en España y tampoco permitiremos que lo hagan los rusos”, “Francia nos hace reír”, “Rico o pobre,  no olvides que eres español”, “El Espíritu del 2 de mayo de 1808 se despierta”, “¡Arriba la Argentina!”. Se veían uniformes de militares y falangistas, pero se notaba la presencia de muchos obreros y empleados. Los que participaban en la marcha que a las doce y media llegó a la plaza de Oriente lo hacían, en gran parte, para demostrar que estaban en contra toda intervención extranjera en el país. Cuando el Caudillo apareció en el balcón del Palacio Real, rodeado de sus ministros y generales, hubo muchos que saludaron con el brazo en alto o agitaban los pañuelos, pero muchos quedaron inmóviles, como para demostrar que estaban allí para protestar contra toda intervención foránea, pero que no aceptaban al Caudillo, razón por la cual tenían las manos quietas. Fue un acto bien organizado y los responsables del mismo dieron pruebas de conocer bien la fibra del sentimiento nacional que anima todo corazón español. Franco habló para señalar que la gran masa de gente que se encontraba allí presente constituía una respuesta clara a todos aquellos que intentaban intervenir en los asuntos internos de España. “El espíritu pacífico de España ya se ha demostrado bastante. Pero si nuestras libertades corren peligro, entonces presentamos resistencia. Nadie tiene el derecho de mezclarse en los asuntos internos de otras naciones”, dijo entre otras cosas. Quienes pudieron observar de cerca al Caudillo ponderaron satisfacción que demostraba su semblante, pues entendía que, efectivamente, el “plebiscito de la nación” ofrecía espontáneamente contra la intervención extranjera se debía interpretar como una aprobación categórica de su política y de su persona
 
(Ramón Garriga, “La España de Franco”, Cajica, México, 1971)
 
 


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