EFEMÉRIDES: 17 de abril

17 de abril de 2019 por Redacción FNFF

Tal día como hoy, pero en 1914, se le concede a Francisco Franco la Cruz de Primera Clase de María Cristina y también el 17 de abril, pero en 1953, Francisco Franco inaugura la barriada sevillana de Santa Teresa.

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Tal día como hoy, pero en 1914, se le concede a Francisco Franco la Cruz de Primera Clase de María Cristina y también el 17 de abril, pero en 1953, Francisco Franco inaugura la barriada sevillana de Santa Teresa, diciendo estas palabras: 

 

 

Camaradas y sevillanos:

 

Hemos venido aquí a celebrar este acto sencillo y simbólico; sencillo, porque modestas son las construcciones y sencillo nuestro estilo; simbólico, porque solo representa una transición hacia lo que nosotros aspiramos: que todos los españoles puedan disponer de vivienda sana y confortable. Por ello no puede satisfacernos estas viviendas ni estamos conformes con mucho de lo que vamos haciendo. Abrigamos una ambición mucho mayor; pero no por pretender ir detrás de ella podemos dejar sin cubrir las necesidades perentorias. La patria no es todavía como nosotros quisiéramos que fuera; es como la hemos heredado, con sus viejos abandonos, con sus miserias y sus necesidades.

 

En un día no pueden cambiarse todas estas cosas. Existe una relación en las naciones entre su riqueza y el número de la población, Cuando la riqueza y, por consiguiente, su renta es grande y la población escasa, la vida puede ser más generosa y abundante; pero cuando se multiplican los hombre, la demografía crece y a su compás no progresan las fuentes de producción y la riqueza, por muy equitativa que pudiera ser la distribución de los beneficios nunca alcanzaría a satisfacer las necesidades de la población, y a medida que crece ésta desciende el nivel de vida, hasta sumirles en la miseria. A corregir este mal vino el Movimiento Nacional, que constituye un Movimiento de fe. El Movimiento Nacional cree en España, y porque así es nos sentimos con fuerzas para levantar a España. En definitiva: somos la contrafigura de la República.

 

La quiebra de una política y de sus clases directoras, como muchas veces he dicho, no quiere decir que los españoles se encontrasen en decadencia. Por ello, vivió el pueblo español el 14 de abril aquella aurora de esperanza, creyendo que una revolución significaba un cambio, no el cambio de título en los automóviles y en las sinecuras, sino un cambio efectivo y completo, en las raíces: una nación que se ponía en pie y que marchaba otra vez por las grandes avenidas de la Historia. Vosotros conocéis mejor que nadie lo que fue la República, la estafa del pueblo español, el engaño de los hombres de bien. Y vivisteis los días en que las fuentes creadoras de riqueza en plena marcha, como las obras de las confederaciones hidrográficas, que habían de regar vuestras vegas, todas las obras nacionales y de producción, se suspendían para servir aquella falacia, aquella bandera que habían levantado contra la Dictadura diciendo que arruinaba a España; los republicanos y los marxistas cambiaban aquella bandera constructiva por la de sumiros en la miseria de explotaros luego como carne de cañón en sus revoluciones.

 

España marchaba por la pendiente de la destrucción y del aniquilamiento, destrucción y aniquilamiento por los que quienes más iban a padecer eran las clases más numerosas españolas, las clases trabajadoras, porque el que tiene dinero y medios cambia de patria o cambia de lugar, pero el que está ahí, enraizado a la tierra, el que tiene por único patrimonio el regar la tierra con su sudor, el que no tiene la cartera repleta, ¿qué va a hacer sino morirse de asco sobre su propia tierra?

 

Sin embargo, las masas españolas trabajadoras abrigaban una gran ilusión, una justa ilusión: la ilusión de su previsión y seguridad social, la aspiración de la justicia social. No se trataba de nada malo ni era punible; aquello era legítimo y honrado, el ansia natural y humana del hombre de mejorar de condición, sobre todo, cuando ve que todo en la vida se manifiesta pródigo, como en esta gran vega sevillana, en que todo es exuberancia y prodigalidad. Cuando esto sucede el hombre tiene derecho a mejorar su condición y que su vida marche al compás de la producción; pero, sin embargo, no es por el camino del marxismo ni por el de la democracia gárrula, a través del "dejar hacer", como los hombres pueden alcanzar tales beneficios. La política ha de llenarse de sinceridad y realidades. ¿Cuántas veces os ponían a vosotros, los hombres más viejos que me escucháis -porque los jóvenes, gracias a Dios, no conocisteis aquel vilipendio-, cuántas veces, a sabiendas de que os engañaban, os han expuesto teorías sociales llenas de promesas en pugna con vuestra conciencia, en oposición a vuestra fe y vuestra hombría de bien?... Pues en plena República, en los momentos en que España se paralizaba y se desangraba en la triste etapa en que marchaban los españoles desunidos, escindidos dentro de sí mismos, se levantó la bandera de la nueva doctrina, que iba a llenar una ilusión perenne en el ánimo de tantos españoles, enarbolada por aquel cerebro portentoso, aquel hombre intuitivo que se llamaba José Antonio, que anunció que no solamente no estaban en contradicción la grandeza de la Patria y la mejora material de los hombres, sino que estaba inseparablemente unidas; que solamente se podría lograr la mejora de los españoles y la grandeza de la Nación por el camino de la unidad y la colaboración de las clases en una perfecta hermandad.

 

Y ésta fue la savia que corrió luego por el tronco del Movimiento Nacional. A él se incorporaron las mejores esencias de la Patria. Lo mismo que en la guerra nuestros ejércitos no fueron integrados por los hijos de los señores, ni por los pobres solo, ni por los comerciantes o clases medias, sino por toda la masa de la juventud, con sus campesinos, obreros y estudiantes, que con una sola ilusión y en completa hermandad afluyeron a la riada de boinas rojas, camisas azules y gorros de legionarios, que llevaban en sus banderas el ideario de la revolución social, de la revolución social constructiva, de la revolución social por una Patria grande, por una Patria justa, por una Patria libre y por una Patria mejor.

 

De cómo vamos cumpliendo, vosotros sois testigos. Nuevas fábricas se van levantando ya en vuestra provincia. Las aguas de vuestro río son contenidas por los nuevos pantanos; Institutos Laborales y centros de experimentación del trabajo surgen a cada paso; miles y miles de decenas de hectáreas de regadío van creando nuevas fuentes de producción en este valle; los proyectos de la Provincial de Sevilla se realizarán en pocos años y cambiará el signo; terminará la oferta de la mano de obra y la demanda no se hará esperar, y el precio de vuestro trabajo se habrá elevado y dignificado.

 

Por eso estas viviendas son para vosotros cosas provisionales, porque para llegar a las cosas grandes hace falta primero multiplicar la riqueza y que se llegue a hacer realidad la doctrina de la Falange de alcanzar la justa distribución del beneficio.

 

Pero para que esto puede tener lugar hace falta que aumentemos la producción y el rendimiento, que trabajemos unidos por la España mayor, que tengamos fe en nuestros ideales, con confianza en el Estado que hemos creado; que todo lo que veis, no estas casas archimodestas, sino todas las que hoy se levantan por toda la geografía de España, cualquiera que sea su etiqueta, son debidas a la generosidad y al esfuerzo del Movimiento Nacional a las subvenciones del Ministerio del Trabajo y del Instituto de la Vivienda; es la potencia creadora de nuestra doctrina traducida en leyes e instituciones que, sin medir los sacrificios, al pueblo español benefician. ¡Arriba España!

 

 

Recordar que tal día como hoy, pero en 1891, nace José Enrique Varela, bilaureado liberador de El Alcázar de Toledo y en 1906, nace Luis Legaz Lacambra, filósofo del Derecho e ideólogo Nacional-Sindicalista.

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