Franco, por  Gonzalo Fernández de la Mora y Món

06 de septiembre de 2019 por Redacción FNFF

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 Gonzalo Fernández de la Mora y Món

Publicado en  ABC, el 1 de octubre de 1963

 

Hace veintisiete años todos los informadores de la opinión mundial apostaban por Madrid. Las posibilidades de Burgos eran tan inverosímiles como exiguas. El Alzamiento Nacional había fracasado en tres cuartas partes de la Península. Las zonas industriales del Norte, los centros administrativos neurálgicos, las fronteras con Europa, las regiones agrícolas más fértiles dependían del Gobierno republicano. Bajo su control estaban casi toda la Flota y los parques de artillería y de municionamiento. Ni un solo país había reconocido a la Junta de Burgos. Prácticamente toda la opinión mundial, mal informada respecto a nuestra guerra, estaba del lado madrileño. En estas circunstancias, la Junta de Defensa Nacional dictaba su último decreto para nombrar “Jefe del Gobierno del Estado Español al excelentísimo señor general de División don Francisco Franco Bahamonde, quien asumirá todos los poderes del nuevo Estado”. Lo que aquel soldado, sin duda el de mayor prestigio del Ejército español, recibió entonces en Burgos no fue una prebenda, sino una dramática carga, cuyo volumen sólo puede adivinarse colocándose en aquella hora de máximo riesgo y de pronósticos adversos.

Recordando aquella fecha en el I Aniversario de su exaltación a la Jefatura del Estado, el Generalísimo dijo: “En los primeros días de la guerra, cuando carecíamos de todo y nuestra empresa parecía imposible al mundo, a un mundo que no ponderaba con debido rigor las riquezas heroicas de una raza inmortal, yo dije a todos: fe ciega en el triunfo. La tuvimos. Y removimos con ella montañas de dificultades y obstáculos”. Y al año siguiente, todavía en plena batalla, pero alboreando ya el triunfo definitivo, prometió: “Yo os aseguro que el mismo tesón que ponemos en ganar las batallas en los frentes de combate, dedicaremos a las batallas del orden social y económico”. Hace un cuarto de siglo que los españoles estamos asistiendo al pleno y espectacular cumplimiento de esta palabra solemnemente dada.

De las ruinas surgió un Estado. Nunca la España contemporánea ha disfrutado de un periodo de orden y de estabilidad interior como el que se inauguró el primero de abril de 1939. Y esta ha sido la condición básica de nuestra reconstrucción. Los españoles, que llevábamos por lo menos siglo y medio malgastando energías en luchas intestinas y planeando a muy corto plazo a causa de la inseguridad general, de la versatilidad de las instituciones y de la trayectoria pendular de los relevos gubernamentales, pudimos concentrarnos en el trabajo constructivo, en la edificación del bienestar y en planes de largo aliento y prolongada ejecución. Todavía más que las estadísticas hablan las realidades visibles. Los que conocieron la España de 1936 no pueden contener su asombro cuando hoy nos visitan. Ningún otro país de Europa occidental ha experimentado en tan corto periodo una transformación tan general y profunda. Ha cambiado el aspecto de los pueblos, villas y ciudades. Incluso hay provincias que han mudado de paisaje: lo que eran resecos eriales se han convertido en fértiles vegas, y en bosques las pedregosas estribaciones montañosas. También las cosas diríase que han mudado de piel: los muros blancos y los jardines llegan hasta cualquier playa mediterránea.

Pero, sobre todo, ha mejorado la vida de los españoles. El analfabetismo está a punto de desaparecer. Centenares de miles de viviendas han abierto a las gentes más modestas horizontes vitales, sanos y alegres. Nuestra mano de obra, cada día más técnica y capacitada, compite con las mejores de Europa. Hoy ya no emigran campesinos hacia las tierras vírgenes de América, sino obreros especializados a los talleres más adelantados de las primeras potencias industriales. Las cifras de consumo medio por individuo, desde el acero a la electricidad, pasando por el cemento y el petróleo, se han multiplicado por factores que hace cuatro lustros parecerían increíbles. Si durante centurias de decadencia los españoles eran unas gentes que se veían venir cada año a menos, en los últimos dos decenios todos hemos visto cómo el proceso se invertía. Una oleada de mejora general estremece sin descanso hasta los rincones de la Península.

Este XXVII aniversario viene a coincidir, casi día por día, con la prórroga de los Acuerdos con los Estados Unidos. Es verdaderamente abisal la distancia que hay entre aquella España de 1936, proscrita por la comunidad internacional, y esta de hoy que dialoga en pie de igualdad con el país rector de Occidente, que figura entre sus aliados más leales, que presenta al mundo una moneda estable, un desarrollo creciente, una balanza de pagos más favorable que la de muchos de los países que capitanean el mundo libre y que ofrece, en fin, un oasis de paz a millones de europeos y un seguro bastión para apoyar la defensa de los valores occidentales.

Es cierto que estos bienes no nos los ha regalado nadie, y que los estamos conquistando día a día con nuestro esfuerzo todos los españoles. Pero esta gran empresa de reconstrucción se ha hecho bajo la jefatura de Franco. Esta es la realidad pura y simple, que todavía hay algunos que parecen no querer ver. El ha sido quien ha elegido a los gobernantes, quien ha decidido en las horas críticas, y sobre todo quien ha garantizado un orden sin el que ningún empeño creador hubiera sido fecundo. Esto es lo que verdaderamente significa Franco en la historia de la España contemporánea: la clave de una bóveda que ha sido y es el sostén político de los trabajos de un pueblo capaz y laborioso.

Por eso Franco es un símbolo, y en él concentramos los españoles nuestro reconocimiento, como supremo magistrado de la nación. Y conscientes del valor de nuestro activo nacional, lo que deseamos es perpetuarlo y asegurar su continuidad. Las situaciones extraordinarias, las más brillantes, sin duda, de la Historia, son, como todas las que requieren tensión y coyunturas irrepetibles, muy excepcionales. Las puede crear una persona; pero sólo pueden continuarlas las instituciones, es decir, los cauces jurídicos, las formalidades constitucionales, los usos y tradiciones. Si, cara al pasado, nuestra reacción es la de gratitud, cara al porvenir, nuestra ambición es la de permanencia, certidumbre y continuidad. Franco, hace más de un cuarto de siglo anunció la misma dedicación para la paz que para la guerra. Ganadas la una y la otra, lo que ahora importa es asegurar, para el futuro, los beneficios morales y materiales que hoy constituyen nuestro mejor patrimonio.

 

                                                                                                                         

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