El túnel de la muerte de Usera: una masacre silenciada

24 de mayo de 2018 por Redacción FNFF

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Guillermo Fiscer

Tras la toma de la provincia de Toledo y del oeste español, a principios de octubre de 1936 las fuerzas nacionales se habían desplegado alrededor de Madrid. El avance nacional, aunque se frenó rápidamente a lo largo del mes de noviembre en la Casa de Campo y en la Ciudad Universitaria, sin embargo sí logró tomar algunos barrios y municipios del oeste madrileño, tales como Carabanchel y parcialmente Usera.

Con el objeto de frenar el duro avance nacional en la zona, Usera se militarizó con unidades y columnas del ejército republicano. Una de estas columnas fue la llamada “Columna Prada”[1], que en diciembre de 1936 se renombró en la Brigada Mixta C, y posteriormente en la 36.ª Brigada Mixta, que fue formada el 1 de enero de 1937, estuvo integrada en la 4.ª División del I Cuerpo de Ejército, cubriendo el Frente de Usera, y fue dirigida por Justo López de la Fuente, exiliado tras la guerra civil, y muerto en la Cárcel de Soria en 1967, acusado injustamente de la masacre cometida en Usera entre octubre y noviembre de 1937.

En los primeros meses de la guerra civil española, como relata Arturo Barea[2], todo el Madrid republicano era consciente de que las intocables embajadas extranjeras de Madrid estaban llenas de militantes de derechas y aristócratas, y es en ese momento cuando unas personas vinculadas al bando republicano en el Frente de Usera, primera línea de combate en el oeste de la capital, idean una forma de sacar por propia voluntad a los disidentes allí refugiados y ejecutarlos a las afueras de la capital.

Un resumen muy rápido y concreto de lo sucedido entre octubre y noviembre de 1937 en Usera sería el siguiente[3];

Un miembro de la 36 BM, Capitán Juan Cabrera, logra conocer en detalle, gracias a un amigo suyo, la existencia de toda una red clandestina en Madrid de apoyo al movimiento nacional en retaguardia.

Inmediatamente, informa de ello a un amigo personal suyo, Manuel Domínguez Garzón, miliciano y miembro del SIM, quien a su vez se lo contó a su jefe, el Capitán del SIM Casimiro Duran Muñoz, el cual, para abortar esta red clandestina en Madrid y tratar de eliminar al máximo número de adictos a la causa nacional existentes y refugiados de forma clandestina en embajadas y domicilios de la capital española (según la lógica de los excesos represivos en el Madrid republicano del primer año de la guerra civil ya mencionados), ingenia un plan maquiavélico para engañar a los nacionales clandestinos, y hacerlos creer en la existencia de un túnel secreto en el barrio de Usera, para pasar a las trincheras nacionales existente al otro lado del barrio madrileño.

Para ello, los miembros del SIM, se hacen pasar por miembros secretos adictos al movimiento nacional en la retaguardia republicana e introducen, gracias a sus contactos con los engañados miembros de la red clandestina en Madrid, un bulo en las embajadas extranjeras en la capital, según la cual en Usera existiría un túnel secreto por el que se podría pasar de forma segura a la zona nacional, gracias al apoyo y ayuda de oficiales comunistas que en realidad operaban como quintacolumnistas al servicio de los nacionales.

Para ello, se ofrecía a los partidarios clandestinos en la capital un simple trato, fácilmente asumible por estos aterrorizados miembros; se ofrecía un salvoconducto hacia la zona sublevada a través del paso por el túnel a cambio de una elevada cantidad de joyas o dinero.

La noticia corrió rápidamente como un reguero de pólvora por las embajadas y domicilios particulares de todo Madrid entre los partidarios refugiados de la causa nacional e inmediatamente éstos empezaron a contactar con los topos del SIM que tenían distribuidos en las embajadas madrileñas que sabían estaban repletas de aristócratas, banqueros y adictos a la causa nacional franquista en la capital española.

De esta forma, y puesto el anzuelo en el agua, los primeros partidarios nacionales empezaron a contactar con la falsa red de apoyo de Usera del SIM, y entre los días 18 de octubre y 13 de noviembre de 1937 se llegaron a organizaron hasta ocho expediciones hasta zona nacional.

La primera de ellas, tuvo lugar el 18 de octubre de 1937, cuando un coche al mando del Capitán Durán recogió a su primera víctima en una embajada, un hombre de unos 30 años que ofreció como recompensa por el falso traslado un reloj de oro y un anillo a Durán.

Poco después, el vehículo de Durán llegaba a un lugar sombrío ubicado cerca del Frente de Usera, un pequeño chalet ubicado en el número 4 de la calle Alfonso Olivares de Usera (actual Calle Monederos de Usera). Los expedientes nacionales de 1939[4] nos han ofrecido hasta tres croquis de la ubicación y de la planta de dicho lugar, así como fotografías de su fachada e interior, que contaba con una oficina para el Capitán Casimiro Durán y un pequeño calabozo interior al que se llegaba a través de una pequeña entrada y unas escalinatas, que conducían a los túneles del calabozo a donde eran conducidos los detenidos.

Una vez llegó al chalet su primera víctima, los miembros del SIM al mando de Durán le informaba de la cruda y dura realidad; encañonándoles con fusiles, les informaban de que estaban detenidos como sediciosos y partidarios de la causa nacional, y se les introducía en el chalet donde, después de interrogarles y torturarles de forma brutal, se le enviaba al túnel-calabozo, donde poco después, eran sacados y fusilados en masa en las paredes del chalet, para ser después enterrados en una fosa común excavada en las cercanías del chalet de Usera.

Tras el éxito probado del plan, Duran y sus partidarios del SIM continuaron, hasta en 8 ocasiones, con el plan, pero introduciendo en la trampa a personas cada vez más relevantes e importantes del mundo de la política, las finanzas y la aristocracia y nobleza madrileña.

Así se llegó a la famosa expedición del 8 de noviembre de 1937 que dio nombre a los sucesos, la “expedición del Marques de Fontalba” tal y como se conoció inicialmente a esta matanza[5].

En aquella expedición salieron el entonces Marqués de Cubas y Fontalba, Francisco de Cubas y Erice miembro de una de las familias aristocráticas más importantes de Madrid, en compañía de su nieto, José Hoces y Cubas, del Conde de Cazalla del Rio Manuel Toll Messia, y de otros aristócratas relevantes de Madrid, repitiéndose el mismo macabro ritual antes descrito de la primera expedición, uno por uno, y así hasta en ocho expediciones.

Fue precisamente una de las víctimas de esta expedición, Manuel Toll Messia quien dejaría el único testimonio escrito por una víctima de la masacre que tenemos hasta hoy, cuando pudo escribir con la hebilla de su cinturón en la pared un duro mensaje que aún hoy se conserva en el mismo lugar en el que se escribió; “Me han preparado una encerrado y traído a esta casa con otros quince más. Espero nos fusilarán. Cúmplase la voluntad de Dios. Manuel Toll Messía, Calle Carbonero y Sol 4 de Madrid".

Sobre estas expediciones y su fin nos da cuenta la historiadora y familiar directo de víctimas de la masacre de Usera, María del Pilar Amparo Pérez García (Pituca)[6], que afirma que éstas expediciones pudieron ser puestas a su fin cuando un familiar suyo, Teresa Miró Barbany, hermana de dos de la victimas de Usera (Laureano y Luis Miró Barbany), al ver con extrañeza que sus hermanos no habían llegado a zona nacional, se fue a ver al general Gonzalo Queipo de Llano, al que le hizo ver el engaño que se estaba produciendo, siendo éste quien avisó por la radio de lo que se estaba haciendo en el túnel de Usera, poniéndose así fin, el 13 de noviembre de 1937, casi un mes después, a las 8 expediciones que lograron liquidar, en medio de la guerra civil española a 67 personas.

En la fosa común de Usera cercana al chalet quedaron enterradas las víctimas de la matanza y Durán y los suyos desaparecieron de Madrid. Una vez finalizada la guerra, el incierto destino de muchas de las personas desaparecidas en ese mes de 1937 pudo salir a la luz tras la llegada de los nacionales a Usera en abril de 1939.

Entre agosto (cuando se descubre la zanja con los cadáveres) hasta septiembre-octubre de 1939, en que se entierran los restos de los asesinados, se produce un periodo de investigación tanatológica en la Escuela de Medicina Legal de la Universidad de Madrid [7], terminado y sellado el 28 de octubre de 1939 y registrado el día 31, y que aparece firmado por los médicos y doctores Antonio Piga y Blas Aznar (expertos forenses de renombre en la época, que fueron, a su vez, los forenses de José Calvo Sotelo el 13 de julio de 1936), el famoso “Informe de Piga y Aznar”.

De ellas se presentan una serie de conclusiones que dan lugar e ilustran a la perfección el grado de brutalidad y de crueldad al que se llegó con los asesinados en Usera en 1937;

En la mayoría de los casos se presentaban lesiones traumáticas producidas por armas de fuego, lo que evidencia el fusilamiento de todos ellos.

En algunos casos, además se aplicaron técnicas de estrangulación o sofocación.

Cuando se verificó la muerte, en la mayoría de los casos las víctimas se encontraban fuertemente atadas, y ello fue causa de las desarticulaciones de los brazos, y que en algún cadáver llegaron a desprenderse totalmente.

En algunos de los restos, además de la correspondiente fractura del cráneo por arma de fuego (fusilamiento), y de los restos de estrangulamiento y desmembramiento de brazos por ataduras, se pudieron encontrar además restos de lesiones en costillas, heridas en brazos y antebrazos provocada por cables, fracturas en tibia y peroné antes de la muerte, lesiones en maxilares y mandíbulas, fracturas en clavículas, e incluso en algún caso, decapitaciones, lo cual nos evidencia la brutalidad del trato dado a las víctimas, que fuero mucho más allá del mero fusilamiento.

En el caso de Usera, el sadismo, provocado por la psicopatía o la mera criminalidad alejada de cualquier ideal político, explica que los sucesos fueran cometidos no por miembros del ejército o de las milicias republicanas, si no por miembros individuales del SIM con alto grado de crueldad.

Una vez identificados los restos mortales, se procedió a darles sepultura en el Cementerio de La Almudena. 5 años después, la Dirección General de Regiones Devastadas construyó en el lugar de los hechos un convento y un colegio el 15 de octubre de 1944 que recibió los restos de sus víctimas el 7 de noviembre, regentado actualmente por las Religiosas Teatinas de la Inmaculada Concepción.

La masacre de Usera de 1937, de la que se cumplen más de 80 años, ignorada y silenciada durante décadas por unos y por otros, es un perfecto ejemplo de la crueldad del ser humano en la guerra y de los excesos que se pueden cometer dejando rienda suelta a las desatadas pasiones humanas.



[1] Engel, Carlos (1999). Historia de las Brigadas Mixtas del Ejército Popular de la República. Madrid, Almena.

[2] “La forja de un rebelde”. Arturo Barea.

[3] Muchos de los datos aquí presenciados se extraen de los expedientes de la Causa General a partir de 1939 tales como “Expediente sobre desaparecidos en el Sector de Usera” y “Expediente instruido por el Juzgado de la Causa General de Madrid de la Auditoría de Guerra sobre desaparecidos en el Sector de Usera”.

[4] “Expediente sobre desaparecidos en el Sector de Usera” y “Expediente instruido por el Juzgado de la Causa General de Madrid de la Auditoría de Guerra sobre desaparecidos en el Sector de Usera”.

[5] Se evidencia en un editorial de La Vanguardia del viernes 25 de agosto de 1939 titulado “Los grandes crímenes de los rojos” donde se habla de la “Expedición del Marques de Fontalba”.

[6] Pérez García, María del Pilar Amparo. “El túnel de la muerte”. Boletín de la Fundación Francisco Franco

[7] “Informe médico-legal sobre el examen tanatológico de los restos humanos encontrados en Usera” ubicado dentro del “Expediente instruido por el Juzgado de la Causa General de Madrid de la Auditoría de Guerra sobre desaparecidos en el Sector de Usera” fechado en 1939.

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