Tu es Dux in aeternum, por Enrique García-Máiquez

23 de septiembre de 2021 por Redacción FNFF

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Enrique García-Máiquez

Diario de Sevilla

Poeta de dura y dulce dualidad, con Aquilino Duque la provocación iba por fuera y la emoción por dentro

 

 

 

La muerte imposible de Aquilino Duque me ha retrotraído de golpe 25 años. Entonces publiqué mi primer libro: Ardua mediocritas. Yo no lo conocía, pero allí le dedicaba un poema que propició el encuentro. "In my end is my beginning", me atrevo a decir ahora que él no escucha mi pronunciación.

 

En aquel poema titulado "Aquilino Duque", fingía que él me hablaba a mí. Decía: "Con la interrogación que encierra abrir un libro/ te vienes a mis Nieves del tiempo y las invades./ Quizá la gloria es esto: con un desconocido// que llama a mi portada compartir una tarde./ Disfrutas. Ya de noche te distrae una idea/ que con trazo nervioso apuntas en el margen// y en verso alejandrino. Construyes un poema/ que llevará mi nombre, simulará mi carne/ pero tendrá tu alma inconformista y guerrera.// Te perdono que robes mi voz, García-Máiquez,/ si confiesas el móvil que te arrastró a este escrito/ que no es, pequeño hipócrita, rendirme un homenaje.// Usando mi leyenda de hereje democrítico/ pretendes, chulo y facha, epatar a los progres,/ pasar de la censura y posar de maldito.// Ya te conozco bien, y adivino que escoges/ para tus homenajes la silenciosa tarde/ leyendo entusiasmado hasta que cae la noche".

 

El poema recoge irónicamente la dura y dulce dualidad de Duque. Por un lado, su posición de poeta maldito y ninguneado por la España de la tolerancia. Y por otro la elegancia clásica de su poesía más íntima y serena. La provocación iba por fuera y la emoción por dentro; y yo me apuntaba a ambas. Le pareció bien.Esa dualidad volvería a relucir cuando vino a casa de mis padres. Se esperaban un vate volcánico y quedaron pasmados de la absoluta delicadeza de su conversación. Habló de todos, sin dejar que las diferencias políticas, religiosas o personales se interpusieran en el caudaloso torrente de su cariño y admiración. Aquilino Duque encarnaba su idea: "Yo no pretendo que el otro renuncie a lo que es, pero tampoco consiento que el otro me obligue a mí a renunciar a lo que soy, y la reconciliación consiste en que nos entendamos y nos comprendamos sin dejar de ser lo que somos". Qué ocasión perdida (¿para siempre?) que en España no calase esa lección suya de tolerancia respetuosa con la verdad de cada cual.

Él no hacía de las diferencias su cuestión trascendente: "Yo tengo, como puede verse, de la política y de la historia una noción deportiva y caballeresca, de libros de caballería, quijotesca en suma". En cuanto se pasa dentro, a su campo de la verdad, resplandece su literatura. Es uno de nuestros escritores de estro más amplio (poeta, novelista, ensayista, memorialista…) y alto. Como buen conservador, fue además uno de nuestros primeros conservacionistas. Escribió (Guía natural de Andalucía y El mito de Doñana) con fervor y precisión de la naturaleza.

Él se sentía, sobre todo, poeta: "Mi punto de partida es la poesía. Ella es también mi punto de destino. De la poesía vengo y a la poesía voy"; y, aunque a sus lectores se nos hace imposible escoger entre el poeta, el ensayista, el narrador y el memorialista, sí es cierto que su poesía gira alrededor de su centro más puro, que fue siempre "la asombrada alegría de estar vivo". En una reciente entrevista, Yanire Guillén le preguntaba: "¿Quién es Aquilino Duque?". Ni se pensó la respuesta de vivida que la tenía: "Un hombre feliz". Por esto su muerte se nos hace inconcebible. No puede ser y no es, aunque ahora tengamos que vivir nuestra conversación con él oyéndole sólo con los ojos. Seguirá siendo nuestro guía desde la eternidad a la que siempre apuntó: Tu es Dux in aeternum.

Hace muchos años, en un acto literario en Sevilla, el pianista que lo amenizaba atacó los sones de un tango, y una joven pareja hizo por bailarlo. Aquilino apartó raudo al chico con un "No sabes", y bailó lento con la hermosa joven, a cada revuelta más guapa entre los brazos del poeta. Hay una escena de la película Perfume de mujer que se da un pálido aire a aquel momento. Aquilino Duque ha bailado igual con la vida, enseñándonos. 

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