Futuro presente, por Jaime Alonso

10 de mayo de 2020 por Redacción FNFF

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Jaime Alonso

La Fundación Nacional Francisco Franco goza de una magnifica salud; tiene el privilegio de cumplir con sus fines y defender la verdad histórica del legado mas importante que han tenido los españoles, desde el siglo XVI. Hemos defendido, en un estado de derecho quebrado por los partidos políticos y una ideología degradante en lo espiritual, social y económico, el derecho fundamental al descanso eterno, en la tumba elegida por su sucesor, y dentro de una Basílica Pontificia -lugar sagrado-, donde la familia del difunto quería que permaneciera. Por ello, somos objeto de persecución implícita y explicitada en el altavoz mediático de un debate electoral, con máxima audiencia, y dónde el aspirante, hoy presidente, predijo nuestra ilegalización, a la manera del dictador romano decidiendo, con el dedo pulgar, la muerte de un esclavo.

Ese es el concepto y respeto que tiene Pedro Sánchez a la ley, a la Constitución, a los tribunales y a la democracia. Esa es la manera, despótica y desilustrada, como se han conducido los sátrapas que en el mundo han sido. En esa tesitura nos encontramos, con el agravante de estar defendiendo, licita y libremente, unos hechos, de los que derivan unas opiniones, tan licitas, como las contrarias. Nuestra fortaleza radica en la razón contrastable, en la libertad proclamada, en la verdad objetivable y en la legalidad subsiguiente. De ahí que el veneno de la impostura de P.S., lejos de debilitarnos nos fortalezca; despierte muchas conciencias aún anestesiadas o dormidas; genere solidaridad frente a la arbitraria persecución; y nos convierta en abanderados involuntarios de la necesaria regeración política y democrática.

Soportamos con el estoicismo franciscano, la humildad benedictina y el rigor agustiniano, los ataques despiadados y la permanente proscripción de lo “políticamente correcto”, cada día más cambiante, extenso y arbitrario. Ortega advertía a los parlamentarios y gobernantes de la época, mejorados en la actualidad, de tres cosas que no deberían hacer jamás: “el payaso, el tenor y el jabalí”. Esperamos, no sin impaciencia, a ver quien quiere entrar en el reparto, pues, hasta ahora, todo el protagonismo lo acapara Sánchez.

La ventaja que tiene esta fundación y nos sirve de vacuna, es que conocemos la historia, y de su enseñanza recogemos la semilla de los hechos y desechamos la paja de las interpretaciones. Combatimos la mentira, cada vez más presente, con la misma fe con que esperaban, los defensores del Alcázar de Toledo, su liberación. Sabemos, por mandato divino, y por el testimonio del gran escritor Rafael García Serrano, fiel cronista de su época, quien nos dijo: ¡Velad!, porque por muy largas que sean las noches, siempre amanece, y llega Dios, y nos sonríe”. En el atributo de la esperanza que divide, el purgatorio del sistema democrático del infierno del socialismo, basamos nuestro desigual combate.

Son tantas las enseñanzas que el legado de Franco nos otorgó, como fructífero su mandato para la nación y el pueblo español. Por ello entendemos el empeño en destruirlo para asegurarse la impostura; por lo mismo que se mataba al mensajero de una mala noticia, o se establecía en Roma la “damnatio memoriae”, para que el pueblo no pudiera comparar los mandatos de los gobernantes. Eso ejerce la nueva e inconstitucional Ley de Venganza -no memoria- Histórica. Vano empeño como le demostrará el tiempo, la naturaleza y la historiografía de nuestro tiempo.

¿Quien es el social/comunismo de Sánchez para asignarnos la clase social de los Epsilones?, según “el mundo feliz” pronosticado por Huxley. ¿En base a qué nos atribuye el papel de Emmanuel Goldstein, como enemigos del pueblo?, evocando a Orwell en su referente ensayo, 1984. Ya sabíamos, y el sistema lo ha vuelto a constatar con la epidemia, -por su negligencia llevada a dimensiones cósmicas-, que tenemos un “ministerio de la verdad” que oficia y recibe instrucciones del poder y donde: “La guerra es la paz”; “la libertad es la esclavitud”; y “la ignorancia es la fuerza”. ¡Cuánto aprendió Winston del “frente popular”, en Barcelona, durante la guerra civil!, ¿verdad?

Esperamos nos apliquen solamente, el correctivo que venga del Ministerio del Amor, encargado de mantener la ley y el orden -Minimor, en abreviatura-. Pues nos sentiríamos mejor tratados que si nos aplican el correctivo los del Ministerio de la Ficción, por aquello de que nuestro fuerte es la historia. Del Partido Interior preferiríamos ni hablar, dado que nuestra gente, la mayoría, es de edad avanzada. Y ahórrense los Minutos de Odio, pues los hemos aceptado durante cuarenta años de manera ininterrumpida y estamos acostumbrados.

Eso sí, tomen en consideración la veleidad del pueblo español a la hora de interpretar el refrán tan castellano: “…del árbol caído todos hacen leña”; pues los mismos que un día te aplauden y lisonjean; otro, te vituperan y escupen; pues la justicia y los cambios, en política, van por barrios.
También convendría que conocieran mejor la historia, sin clichés propagandísticos, y vieran cómo: “¡Hoy!, aplausos, servilismos, lealtades inquebrantables, artículos encomiásticos, férreas disciplinas y máximos honores, colaboraciones indestructibles, gritos histéricos y mayorías incondicionales…”. “¡Mañana!, dentelladas lobunas, abandonos increíbles, deslealtades incalificables, rebeliones sanedriles, traiciones vergonzantes, fugas camaleónicas y venganzas bellidas”. Es la diferencia entre detentar el poder o perderlo, en palabras del estudioso periodista de nuestro siglo, Julio Merino.

Nuestra existencia como fundación y la de los particulares que la formamos, tiene mayor sentido al convertir, estos pésimos gobernantes, el pasado en presente; encadenando el futuro al pasado por ellos escrito. De ahí que nuestro futuro se haga cada vez más presente en la conciencia y voluntad del pueblo. Nunca se ha confrontado una etapa histórica, de manera tan virulenta, con un presente peor. Señal inequívoca de la impotencia para mejorarlo con datos objetivados.

Ese futuro se hará más presente, el día en que el derecho humano más esencial de nuestra civilización, el de “respetar el descanso eterno de un muerto”, encuentre su acogida, mediante fallo, del Tribunal Europeo de Derechos Humanos. Para ese futuro, soñado por infinidad de españoles, ya estará, en el peor pasado, el actual inquilino de la Moncloa; se podrá gritar “abajo el hermano mayor”, sin que “la policía del pensamiento” te detenga; y España recuperará la senda de su historia, que nunca debió abandonar, ni permitir la humillación de su mayor gloria.



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