DEFENDER AL TRABAJADOR. POR JAIME ALONSO

25 de abril de 2020 por Redacción FNFF

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Se ha preguntado alguien que papel representan los sindicatos en la crisis económica a que nos aboca este gobierno de incompetentes y social/comunistas? ¿Qué y a quienes van a pedir responsabilidades, en el sector sanitario, “los liberados” sindicales, y en el resto de las profesiones de alto riesgo que han luchado, hasta con su vida, sin medios para acometer su trabajo? ¿Quién representa a los trabajadores en el parlamento español? ¿Hay algún sindicalista diputado elegido por su partido? ¿Van a dejar de cobrar como liberados y volver al puesto de trabajo, ante los millones de españoles sin ocupación posible?

La respuesta va a ser que NO, pues los sindicatos en España, desde 1978 en adelante, se han limitado a ser correas de transmisión de sus partidos políticos; solo sirven a los intereses ideológicos de sus partidos/patronos; y están dentro del Estado, acomodadamente financiados “liberados”; o, contra el Estado cuando existe alguna alternancia en el poder y no gobiernan “sus amos”; en cuyo caso se vuelven reivindicativos y promueven algaradas, disturbios y huelgas. Todos han sido comprados por los vendedores de la patria y del patrimonio nacional que ya en 1983, UCD/PSOE, Pactos de la Moncloa, entregaron primero y subvencionaron después el patrimonio sindical acumulado por el régimen de Franco, 767 inmuebles, valorados entonces en cuarenta y siete mil millones de pesetas; patrimonio que era de todos los españoles, empresarios y trabajadores, que con sus cuotas habían contribuido, en el Sindicalismo Vertical, a crear un patrimonio basado en el esfuerzo personal y la dignificación del trabajo, como nunca se había conocido en España y que era de todos, de dominio público, no privado de UGT y CCOO.

La II Republica definía a España, en el articulo primero de la Constitución, como: “Una republica de trabadores de todas clases…”, lo que además de acotar el ámbito sustantivo de la republica, a los trabajadores de todas clases, presuponía como fundamento de esa república que los trabajadores estuvieran representados en sus órganos de dirección política, Partidos. Parecería que todos los resortes y desvelos de la republica serían encauzados a obtener la plena satisfacción de sus trabajadores, es decir al pleno empleo y un salario digno.

Pero aconteció todo lo contrario, como suele ocurrir cuando la retorica vana o la demagogia artificial se aleja de la realidad de los hechos. Los trabajadores fueron el instrumento necesario para la gimnasia revolucionaria y el intento de implantar la dictadura del proletariado, que tanto crimen, miseria, desesperación y hambre provocó en el mundo y sigue mantenido en Cuba, Venezuela, Corea del Norte, Nicaragua etc.

Aquí no se implantó, no obstante, los seis años del proceso revolucionario republicano, gracias a la acción salvadora de Francisco Franco, una parte del ejercito y el pueblo español. Con Francisco Franco y la promulgación del Fuero del Trabajo, ya en diciembre de 1938, en plena Guerra Civil y las posteriores leyes que lo desarrollaron, se consiguió dignificar la vida de los trabajadores, el pleno empleo, la industrialización del país, incluida la agricultura, la Sanidad Publica y la Seguridad Social, además de otros innumerables logros imposibles de acotar en unas cuartillas.

Hemos visto a lo largo de la historia como se sucedían de manera ininterrumpida, momentos de esplendor que coincidían con eras de plenitud, de espiritualidad, de fe, de esperanza, de solidaridad y de virtuosismo; con otras de profundo caos, coincidentes con la degradación moral, el panteísmo estatal, el egoísmo, la egolatría, el racionalismo, la anarquía y todas las utopías que la degradada mente humana son capaces de fabricar; terminando, como todos sabemos, con la invasión purificadora de los barbaros que acaban con tanta felonía. Así ocurrió con el imperio Romano y así parece, si no lo evitamos que pueda ocurrir en nuestra civilización cristiana, de no remediarlo.

El Dique salvador que evitó la amenaza cierta, en 1936, lo ejerció Franco y su generación, de ahí la importancia de despertar al pueblo español y servir de dique a los nuevos bárbaros, ya en el gobierno, extendiendo con su negligencia y océano de mentiras una epidemia mortal.

Antes solo dividía a los hombres la habilidad y su inteligencia, de la necedad y su torpeza; ahora el pragmatismo materialista que anhela el poder para apropiárselo, divide a los seres humanos con la ingeniería social en: lucha de genero; memoria histórica; control de la educación publica, y de los medios de comunicación. Así pretenden perpetuarse en el poder, arruinar nuestra economía con formulas caducas del pasado, y cercenar nuestra libertad y justicia a su arbitraria conveniencia.

Superada la lucha de clases, derrotado el comunismo en 1989, con la caída del muro de Berlín, y transformado el comunismo chino en una dictadura capitalista; el lenguaje de que el capital y el trabajo forman dos mundos enfrentados, en el que uno lucha por su salario, la producción, los precios, la fabrica etc., frente a los otros que luchan por los dividendos, las acciones, la productividad y la bolsa, ya no tiene acomodo, ni predica. Con Franco y su régimen se suprimió la lucha de clases, pero no las jerarquías. El ingeniero y el farmacéutico pertenecen a clases profesionales distintas y por mucho que asciendan en sus carreras, siempre serán distintas; en cambio el Magistrado y el Juez, se diferencian solo en el puesto jerárquico que ocupan.

El Sindicalismo Nacional que aportó el régimen de Franco, tiene de genuino el dignificar la condición de trabajador, que dejara de ser proletario; con una vida acorde a sus necesidades y trabajo, y un salario digno que le permitiera vivir con decoro, él y su familia, pudiendo adquirir la jerarquía de propietario y con ello una mayor libertad e independencia. En esta genuina concepción sindical, la titularidad de los medios de producción no es del estado (comunismo), único detentador del capital y, por tanto, de la inversión y el desarrollo; aquí, siguiendo la doctrina joseantoniana y social de la iglesia, se hace coincidir inicialmente o a posteriori, el capital, fruto del esfuerzo y/o talento, mediante el ahorro, préstamo, herencia o cualquier otra forma lícita, con el trabajo de quien presta sus capacidades mediante un salario regulado libremente y justo. De ahí la importancia de tener una organización estatal fuerte y orientada al bien común que vele por los trabajadores y por las pequeñas y medianas empresas (autónomos), regulando con libertad y justicia sus relaciones y evitando (magistraturas de trabajo) los posibles desequilibrios e injusticias que pudieran producirse.

La diferencia en la configuración del sindicalismo dentro de un estado no es baladí, veamos: De una parte, existe un sindicalismo de Estado, en el cual el sindicato no es más que una pieza del engranaje administrativo de aquel, sin personalidad jurídica propia, ni fines que cumplir de manera independiente. Es el caso del sindicalismo en los regímenes comunistas. De otra parte, existe un sindicalismo, correa de transmisión de un partido político que, como una termita, fagocita y aprovecha todas las reivindicaciones y legitimas aspiraciones de los trabajadores y empresarios. Este sindicalismo, propio de los regímenes liberales, vive del estado y de los presupuestos generales, al que chantajea permanentemente según quien gobierne y cuya casta de liberados, a falta de afiliación, no tienen otra función que la revuelta, o el control y apaciguamiento de los trabajadores, convertidos en rebaño proletarizado.

En el estado Nacional y Social, creado por Franco, el quehacer sindical se orientaba de manera clara, definida, coherente, ejemplarizadora y hasta patriarcal. El Sindicato no va contra el Estado; ni es del Estado; ni está al margen del Estado. Era un Sindicato en el Estado, que orienta, vivifica y desarrolla las tareas que le son propias, con total y absoluta independencia y personalidad.

Ese sindicalismo no nace porque la ley lo reconozca o ampare, es mucho más, es una comunidad de base, una comunidad natural, como la familia, el municipio o las corporaciones locales. Y como tal comunidad de interés y de propósitos tiene el rango de entidad de derecho público. Pero también, y este era un dato significativo y genuino del sindicalismo de esa época, se eleva sobre la política, para transformarse en cauce de representación en las tareas del Estado. Esa autentica comunidad colectiva es más vigorosa y efectiva que la de los partidos políticos, y al no tener que levantar ninguna falsa bandera de clase, de grupo o de partido, proyecta, su punto de vista, en sede parlamentaria, donde radica la soberanía del pueblo. Así defiende una de las pocas cosas serias que le quedan al hombre de nuestro siglo: La defensa de la justicia.

Nada hay nada más convincente que la seguridad y el entusiasmo de quien se sabe, y la experiencia ha acreditado, portador de formulas capaces de resolver los males que aquejan a nuestra sociedad y a nuestra Patria. Estos tiempos difíciles han servido para que los trabajadores se den cuenta hacia donde les conduce la palabrería de la falsa libertad, que aprovecha la falsa reivindicación marxista. Mirar a vuestro alrededor y veréis el papelón que están haciendo los viejos sindicatos de clase, en estos años y lo que se avecina con tres millones de parados más: subsidio hasta que se acabe, búsqueda de culpable y vuelta al paraíso socialista, del que muchos pueblos lograron salir antes de acabar el siglo y cuyas formulaciones no deberían producir más que rechazo o sarcasmo.

Qué necesario sería hoy un sindicato que no sea instrumento de clase o de partido, convertido en el perro del rebaño; que no admita la especulación política, sino que luche por satisfacer las necesidades y las legitimas aspiraciones y reivindicaciones sociales. En el libro de Job se afirma: “que el hombre ha nacido para trabajar como el ave para volar”. San Pablo dirá: “quien no trabaje que no coma”. Sin llegar a ese extremo, pues hoy la mayoría no trabaja porque no puede, y nadie le proporciona dignificar su vida mediante el esfuerzo, según su mejor o peor formación; sí estableceremos unos principios fundamentales de todo estado de derecho que se precie:

a) el derecho legítimo a la propiedad privada.

b) primacía del trabajo sobre el capital, entendiendo sin demagogias, que, sin capital privado, o, publico eficiente y controlado, no hay trabajo.

c) primacía de las personas sobre las cosas.

d) el trabajo, es la participación del hombre en la producción, según su personal vocación y formación.

e) el trabajo no puede reducirse a mercancía, o ser objeto de transacción, dada la dignidad del hombre.

f) el trabajo es capital, y como tal debe tenerse a la hora del reparto de beneficios.

 

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