UNA MONARQUÍA Y SUS REINOS. Por José Luis Montero Casado de Amezua

07 de septiembre de 2020 por Redacción FNFF

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José Luis Montero Casado de Amezua

España está herida. Las raíces del mal que padece hay que buscarlas en su historia. Estudiándola descubrimos que una parte de ésta la protagonizan desde la antigüedad monarcas y reyes entre los que existen unas diferencias que pueden ser la causa de que hoy nos encontremos con realidades que dificultan la convivencia política y comprometen el futuro de nuestra patria, que si bien logró la unidad desde el reinado de Leovigildo y durante todo el siglo VII, no llegó a  forjar los caracteres sino a lo largo del proceso de la Reconquista.

Observando el mapa peninsular de los años de la Reconquista se puede ver que de la cornisa cantábrica cuelgan, por un lado, de norte a sur, las mesetas castellanas y el valle del Guadalquivir, y por el otro, de norte a sureste, el valle del Ebro, del río Iber, que dio lugar a la denominación peninsular.

En la zona castellano-leonesa los reyes se fueron desplazando de Asturias a León, y se fundieron con Castilla formando Castilla y León. El territorio se fue reconquistando de norte a sur, como lo evidencia la frontera con Portugal, reino desgajado quizás aprovechando la pretendida condición de emperador que profusamente usó Alfonso VII, quien, además, introdujo una división que duró tres cuartos de siglo hasta recuperar la unidad con Fernando III, el Santo. Salvo excepciones, estos reyes, fueron monarcas, entendiendo etimológicamente el prefijo “mono” como nota  de unidad, incompatible con la presencia simultánea de otros reyes.

Por el contrario en el valle del Ebro vemos que los reyes no son desplazados, es decir, los reyes de Navarra o Pamplona no desaparecen cuando Alfonso I divide el reino entre Aragón y Pamplona. Los navarros o pamplonicas mantuvieron su rey hasta después de la muerte de Isabel la Católica. El reino de Aragón se extendió después a tres territorios que contaban ya con sus tres asambleas: Aragón, Cataluña y Valencia, de las cuales Aragón tenía rey, Cataluña ni tenía rey ni era reino y Valencia, reino singular porque no tuvo rey alguno distinto de los de Aragón. La vocación mediterránea llevó al reino de Aragón a constituir el reino de Mallorca y pocos años después, el -también reino- de Sicilia.

Con la perspectiva del valle del Ebro, se puede afirmar que durante muchos años el reino de Aragón tuvo varios reyes, pero no tuvo un monarca, en sentido estricto. Ayuda a comprender la forma de ser y de sentir de los habitantes de estos reinos leer la “Expedición de los catalanes y aragoneses contra turcos y griegos” de Francisco de Moncada, que al relatar sus correrías por el mediterráneo oriental como mercenarios, hablaban de “sus reyes”, refiriéndose a los de Aragón, Mallorca y Sicilia, pero nunca de “su rey”. Esta situación duró hasta que el rey Martín El Humano heredó los reinos de Aragón, Mallorca y Sicilia. Posteriormente al fallecer este rey sin descendencia, con la presencia de tres representantes por cada asamblea de Aragón, Cataluña y Valencia, se llegó al compromiso de Caspe, el cual dio lugar a la conservación de la unidad de todos los territorios bajo un único monarca, Fernando I, Antequera, proveniente del reino de Castilla y León.

Hay pues que dar la debida importancia al hecho de que la monarquía castellano-leonesa seguía avanzando en la Reconquista de los territorios que estaban al sur, mientras que los reyes de Aragón dieron por terminada su participación en la Reconquista cuando alcanzaron la zona de la actual provincia de Alicante, probablemente condicionados por la configuración geográfica del sistema ibérico, pero manifestando en cualquier caso su voluntad de retomar su orientaron tradicional mediterránea.

Esta inclinación hacia el mediterráneo se ve muy bien analizando los lugares de enterramiento de los reyes: tanto Leyre, como San Juan de la Peña, Santa María de Sigena, Santes Creus, y Poblet, muestran esa atracción por el mar que hizo que sus súbditos se dedicaran a labores comerciales o a expediciones militares mediterráneas, las cuales no estaban dirigidas por un monarca sino que a lo sumo actuaban bajo la protección, muchas veces teórica, de unos u otros reyes, pero viviendo ellos de las ganancias que les proporcionaban sus éxitos militares.

Cuando los monarcas, Fernando e Isabel contraen matrimonio y funden ambos reinos, nace el germen del Estado español actual, pero también aquí se advierten diferencias, pues el rey de Aragón, Fernando, mantiene su política centrada en el mediterráneo, mientras que la reina Isabel adopta como objetivo la evangelización y colonización, primero de las islas Canarias, y luego del nuevo mundo, limitando mediante la actuación de Ovando y Bobadilla, los intentos de Cristóbal Colón de fundar colonias para el comercio.

Tanto los acontecimientos vinculados a la Reconquista como la posterior importancia del nuevo mundo dirigida por Castilla, explica las diferencias que actualmente existen en España y que se manifiestan con especial crudeza en Cataluña, sin duda potenciadas por la lengua. El aprecio a los valores locales que se ha desarrollado en las zonas que he asociado al valle del Ebro y el exceso centralizador de la dinastía borbónica con la ruptura entre pueblo y élites que se produjo en el siglo XVIII, fueron gérmenes de un cierto aislamiento manifestado en los juegos florales y en la mirada romántica a una edad media idealizada que terminó propiciando un gran apego al mundo de los fueros, tradiciones y costumbres locales, formando todo ello el caldo de cultivo que acabó alimentando las rivalidades que dieron lugar a las tres guerras civiles del siglo XIX.

Los hombres de Castilla y León, por el contrario, desde el siglo XVI, tuvieron la mirada puesta en unos ideales que les llevaban fuera de sus fronteras. Podemos así concluir que el destino de los españoles ha venido siguiendo el curso de sus ríos, buscando el mar los de Castilla hacia el Atlántico y los del Aragón hacia el Mediterráneo.

Somos distintos. Es de todos es conocida la laboriosidad y el trabajo de las pequeñas empresas levantinas y la aptitud de los catalanes para el comercio, aunque la mentalidad de Aragón en la zona del alto Ebro esté menos influida por el mar al no tener costa mediterránea. Personalmente veo en Aragón y Murcia dos regiones que mantienen mejor la  cohesión con las demás que forman España.

Con la reforma política de 1977 y la promulgación de la Constitución de 1978 la implantación de las diecisiete Comunidades Autónomas, ha agravado el problema interno de las regiones de España, pues en lugar de considerar las diferencias seculares, se ha pretendido crear nuevas regiones e igualar a todas, lo que ha dado como resultado una mayor desunión al no haber encauzado las diferencias reales que se advierten claramente. Por tanto si en el futuro se intenta revitalizar el sentimiento de unidad histórica de España o bien se mantiene la unidad de sus tierras exaltando la rica multiplicidad de sus regiones o será inevitable la demolición de un país cuya historia explica la del mundo.

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