Con franqueza, por Julián Hurtado

25 de febrero de 2020 por Redacción FNFF

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Julián Hurtado

 

 

Faltaba por consumarse el último acto de la tragedia, y por fin fue maquiavélicamente representado y cobardemente ovacionado.

El cadáver de Franco fue desalojado del lugar en donde él nunca pretendió estar y llevado por la fuerza al lugar en que siempre deseó reposar, en un humilde cementerio de pueblo junto a su familia.

¡Menuda ridícula gran victoria para sus enemigos!

“A moro muerto, gran lanzada”, que decía burlón el viejo refrán.

Así, la perfidia que desde hace siglos persigue y tritura a los héroes hispanos ha vuelto a escenificarse.

¿Pero qué nos pasa a los españoles, que somos incapaces de reconocer con orgullo el mérito de nuestros mejores héroes históricos y de honrarlos como se merecen?

Tal vez sea una cuestión de vergüenza compartida y envidia mal digerida. Quiero decir, que puede ser que al sentirnos en general incapaces de emular las grandes gestas de algunos de nuestros más notables compatriotas, preferimos adoptar una actitud de mofa y desprecio infravalorando sus actos, simplemente porque sabemos que nosotros somos incapaces de imitar su ejemplo

Porque claro, eso de sacrificar nuestra vida en beneficio ajeno, eso es mucho decir… y para poner a salvo nuestra dignidad es mejor acordar villanamente entre todos que los valientes que así se comportan deben ser considerados simplemente como unos trastornados románticos evidentemente estúpidos por haber arriesgado sus vidas a cambio de nada.

Pues no sé, yo siento un enorme respeto por aquéllos que son capaces de sacrificar la vida en beneficio de sus prójimos y compatriotas, y admiro sin límites a los militares que aceptan esta renuncia suprema como el sentido vital de su existencia.

Pueden decirme que también un obrero de la construcción, un bombero, o un agente de la ley ponen en riesgo y a veces pierden sus vidas al servicio de los demás, y es cierto, pero hay que considerar una importante cuestión de magnitud. Quiero decir, que un obrero puede arriesgar accidentalmente su vida por su familia, un bombero por los conciudadanos del municipio o región en donde opera, un agente de la ley puede perder la vida en defensa de los habitantes de un territorio más o menos extenso… pero un buen militar morirá voluntariamente si es preciso por todos sus compatriotas de la Nación, en el espacio y en el tiempo; o sea los que nacieron en ella desde hace siglos, los que nacen ahora, o los que nacerán en el futuro a lo largo de toda la Historia. Eso, es otra dimensión, creo yo.

Y en mi opinión Franco fue simplemente eso, un buen militar que cumplió con lo que en determinadas circunstancias excepcionales consideró arriesgadamente que era su deber.

No es cierto, como creen la mayoría de nuestros desinformados jóvenes de hoy, que Franco iniciara la sublevación contra la 2ª República, pues quien realmente se alzó fue el General Mola por cierto con no demasiada eficacia, y si no hubiera sido por el vil asesinato con nocturnidad y alevosía del jefe de la oposición José Calvo Sotelo a manos de criminales uniformados socialistas, es muy probable que Franco hubiera seguido tan a gusto y tranquilo en su idílico destino de las Islas Canarias, cerca de sus amadas tierras africanas. O incluso hubiese acudido a reprimir la sublevación en defensa de la República, como ya hizo un par de años antes desarticulando la rebelión frentepopulista en Asturias.

Pero el caso es que la gravedad de los acontecimientos hizo que Franco acabara cediendo y se unió como uno más a los sublevados, a sabiendas de que si el alzamiento fallaba sería fusilado de inmediato. Luego al poco tiempo, tras las repentinas muertes en accidente de aviación de dos destacados cabecillas rebeldes, los generales Sanjurjo y Mola, la junta de los restantes jefes militares sublevados le eligió para liderar el alzamiento, y tras ganar la guerra civil se erigió finalmente Jefe del Estado pues comprendió que también había que ganar la posguerra a fin de poder asegurar una paz duradera entre los españoles. Nos conocía muy bien.

A menudo se califica equivocadamente a Franco como fascista o como nazi, cuando quien realmente era fascista fue el propio inventor del fascismo, el socialista Mussolini, de cuya influencia surgieron las variantes del nacionalsocialismo de Hitler o el falangismo de José Antonio Primo de Rivera, quienes tomaron del fascismo los aspectos que les resultaron más útiles o atractivos.

A mi parecer Franco era un hombre sin otra ideología que ser católico y monárquico, pero en lo demás era simplemente un brillante y pragmático militar de carrera con la experiencia y capacidad adecuadas para gestionar el desenvolvimiento eficaz de masas humanas tan grandes y complejas como un ejército de cientos de miles de hombres en pie de guerra.

Fue ya al poco de iniciarse la contienda civil cuando empezó a tomar forma el mito en que se convirtió la figura excepcional de Franco, primero como Generalísimo y después como Caudillo, que nunca fue llamado Dictador como ahora habitualmente se le califica con desprecio, y no porque literalmente no lo fuera sino porque la mayoría del pueblo le aclamaba como vencedor de una guerra fratricida y liberador de una etapa republicana trágica y convulsa; luego él dirigió el país durante una dura etapa cuartelera en la que todos los españoles tuvieron que trabajar disciplinadamente para levantar a España de la ruina, para más tarde poder disfrutar de treinta años de desarrollo económico y social que en los últimos cuarenta años no hemos superado ni de lejos.

Pero, insisto, Franco sólo era un militar eficaz que sabía sacar el mayor partido de un colectivo compuesto por abundantes recursos humanos y medios materiales, hasta conducirles a concluir con éxito una determinada misión.

Me ha tocado vivir mis primeros casi cuarenta años en la España de Franco en la que no se votaba nada salvo muy raras excepciones, y mis últimos más de cuarenta los estoy viviendo en la España actual mal llamada democrática, donde el voto de un español puede valer cuatro veces más que el de otro. No sé si esto es un avance “progresista”.

El caso es que España se encuentra en estos momentos en una situación histórica delicada, herencia de una Constitución mal redactada que trató de servir como frágil puente que facilitase la transición de un régimen político de excepción a otro consolidado, pero tal pusilánime propósito ha resultado fallido y lo que finalmente ha consentido es el abuso legal de ciertas minorías sobre el resto de los compatriotas.

En vista de lo cual algunos podrían sentir con razón cierta añoranza nostálgica sobre la necesidad de retornar al punto cero de inflexión, y miran en derredor en busca de algún caudillo salvador que tome de nuevo el timón de la nave y sepa enderezar el rumbo que actualmente la está forzando a navegar de nuevo por las aguas peligrosas del frentepopulismo y el separatismo. Pero lamento decir a estos compatriotas ilusionados que pierdan toda esperanza de encontrar tal capitán. Los tiempos han cambiado radicalmente.

Franco pudo hacerse con el control de España porque traía consigo un ejército profesional, disciplinado, instruido, motivado y bien pertrechado, pero todo eso ya no existe, esas condiciones no se repetirán jamás. Nuestro ejército es ahora poco numeroso, las unidades pequeñas y dispersas, las municiones el combustible y el material se almacenan en zonas diferentes, y sobre todo, los políticos se cuidan especialmente de que cualquier actividad que suene a militar permanezca siempre oculta y desconocida al margen del pueblo.

Pues no entiendo por qué absurdos razonamientos se piensa que un militar profesional no pueda estar menos preparado y cualificado para gobernar un país que cualquier otro ciudadano, ni por qué a un militar con inquietudes de inmediato se le califica frívolamente como golpista, ya que tan golpistas y letales pueden ser las armas como las leyes injustas impulsadas por grupos de presión interesados, lobbies financieros o incluso bandas narcotraficantes, y luego aprobadas por partidos políticos corruptos.

Pero la Disciplina no es la última ley, ni siquiera la Constitución, y mucho menos una Democracia borreguil desinformada y manipulada. Todas ellas son obras humanas imperfectas y perfectibles.

Sin embargo nadie debe seguir soñando con un pasado irrepetible y hay que aceptar con valentía e imaginación los retos que ahora nos presenta el futuro, aún cuando sea para luchar contra los mismos planteamientos obsoletos y fracasados de siempre.

Y así Franco podría sentirse orgulloso de todos nosotros.

Habrá pues que enfrentarse a las viejas amenazas del siglo XIX con los medios y recursos del siglo XXI. Los nuevos campos de confrontación serán inmateriales, los caudillos imágenes virtuales, los bombardeos audiovisuales, la propaganda digital, las grandes unidades militares serán redes sociales, no habrá disparos sino clics, las estrategias se establecerán con inteligencia artificial, votaremos desde nuestros teléfonos móviles, y la corrupción se pagará en bitcoins… pero al final el resultado no puede ser otro que apoyar de nuevo a un bando vencedor que automáticamente generará otro bando vencido. Entonces el conflicto, gane quien gane,  una vez más habrá sido trágicamente costoso y  estúpidamente inútil.

Así pues, en el hipotético caso de llegar a tal escenario conflictivo, que Dios no lo quiera, los españoles deberemos obligatoriamente ser capaces de encontrar una solución imaginativa para enterrar de una vez por todas la eterna pugna entre derecha e izquierda -que ya cansa- diseñando un nuevo entorno político social en el cual puedan convivir todos los bandos sin enfrentamientos en un mismo territorio común.

O si no, será desgraciadamente la propia España territorial la que acabará por dividirse traumáticamente en dos mitades geográficas irreconciliables, cada una de ellas con su frontera, idioma y sistema legislativo diferentes, que es el peligroso camino que actualmente estamos emprendiendo.

Por una España orgullosa de su pasado, unida en el presente y libre para decidir su futuro.

¡Viva España!

 

 

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