Hace 45 años…, por Pío Moa

20 de noviembre de 2020 por Redacción FNFF

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Pío Moa

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Hace  45 años falleció Franco. Fue el mayor estadista que ha tenido España en dos siglos, incluso en  más de tres. Y este aserto puede probarse por pasiva y por activa. Por pasiva, constatando quiénes son sus enemigos viscerales y auténticamente feroces: los asesinos profesionales de la ETA y sus amparadores;  los ultracorruptos socialistas; los comunistas, para qué hablar;  los señoritos cutres del PP que escupen sobre las tumbas de sus propios abuelos;  los racistas y despóticos separatistas. ¿Puede alguien medianamente inteligente darles crédito? Basta enumerarlos para entender que se trata de los herederos de un Frente Popular, alianza de sovietizantes y separatistas que trajo a España el terror, la miseria y la guerra civil. Y que no han aprendido de la experiencia histórica. Ni juntos ni por separado  pueden soportar el debate libre y necesario, y por ello se ven forzados a exhibir su carácter tiránico  con leyes nuevamente sovietizantes como la de “memoria histórica”. Que ahora quieren llamar democrática como si ellos no fueran, antaño y ahora, los peores enemigos de la libertad. Si esas gentes odian a Franco no puede ser porque Franco fuera el malvado que ellos afirman, sino porque ellos lo son, visiblemente.

Esa gente ampara sus fechorías antidemocráticas y antiespañolas en el aserto de que el régimen de Franco fue una dictadura. Pero la cuestión no es esa, sino de dónde ha venido la democracia. Y es evidente que no podía haber venido de la oposición a Franco, que fue casi exclusivamente comunista y terrorista. Como nadie ignora, la democracia fue organizada desde el franquismo, y apoyada en referéndum  por la nueva sociedad próspera, moderada y reconciliada creada por el franquismo. Sus enemigos, por naturaleza liberticidas, no podían establecer ninguna democracia. Y ya estamos viendo adónde han conducido el país en estos años: a la corrupción, a leyes  totalitarias, a la polarización social como antaño,  a una propaganda guerracivilista, a la disgregación  nacional y al golpe de estado permanente. La democracia solo podía venir del franquismo de la ley a la ley, respetando su legitimidad histórica;  y sus enemigos solo podían ser, como lo son, el cáncer mismo de la convivencia en paz y en libertad.

Franco se encontró con un Frente Popular que se impuso por el fraude electoral, que destruyó inmediatamente la legalidad republicana y que instaló  enseguida  un régimen de asesinatos e incendios, un régimen de terror. Un Frente Popular que asaltaba la sociedad para destruir su compleja y a menudo brillante cultura e intentar  sustituirla por la imposición tiránica de cuatro esquemas ideológicos simploides. Franco se alzó legítimamente contra tal situación y derrotó a  tales enemigos, entregados a Stalin, uno de los mayores genocidas del siglo pasado. Y luego salvó a España de los bombardeos, asesinatos  masivos y  deportaciones de la guerra mundial, que habrían empeorado mucho a la civil. Una guerra, en la que Hitler se reveló como un genocida que no lo había sido antes, al revés que Stalin.  Después, y a pesar de no haber participado en esa contienda brutal,  Franco  tuvo que resistir a un frente mundial de soviéticos, demócratas y déspotas variopintos, que intentaron aislar a  España. Aislamiento no solo injusto sino  criminal, pues pretendía hambrear al pueblo para que parte de él se rebelara contra el franquismo en una nueva guerra civil, mientras el país sufría la peligrosa guerrilla comunista del maquis.  Impusieron sacrificios a España, pero fracasaron, y  en definitiva España se reconstruyó con sus propias fuerzas, libre de la abrumadora deuda moral, histórica y política contraída por el resto de Europa occidental con el ejército y las finanzas useñas, e indirectamente con el ejército soviético. Y solo tuvo oposición real comunista y terrorista, insistamos,  nunca democrática por muy buenas razones, pues España salió adelante, prosperó  y no hubo demócratas en sus cárceles.

Y, por abreviar, el franquismo dejó un país envidiable, como octava o novena potencia industrial del mundo, en el club de los países privilegiados por su renta per cápita, y sin duda el primero  de Europa por salud social, es decir, por su baja tasa de población reclusa y de delincuencia, de suicidios, de desempleo, de abortos, de drogas y alcoholismo juvenil, de fracaso familiar,  y uno de los tres o cuatro países del mundo con mayor esperanza de vida al nacer, entre otras cosas. Un país donde estaban perseguidos los partidos comunistas o terroristas,  que se le oponían invocando, cómo no, la democracia. Un país con una gran libertad personal, gracias a un aparato de estado pequeño que se inmiscuía poco en la vida de los particulares, al revés de lo que ahora sucede, cuando los gobiernos pretenden controlarnos y dictar hasta nuestros sentimientos.

Estos hechos son irrebatibles,  y por serlo solo pueden ser silenciados mediante leyes totalitarias que impidan el debate libre.  Y al ser irrebatibles  permiten calibrar hasta qué punto llevamos decenios de falsificación sistemática de la historia, base para falsificar la  democracia e  impulsar políticas liberticidas. Besteiro, uno de los pocos socialistas honrados y demócratas, denunció el “Himalaya de falsedades” en que se asentaba el Frente popular. Y hoy, el nuevo Himalaya de falsedades  ha enfermado verdaderamente a la democracia y a la sociedad,  y esa enfermedad no sanará mientras no se reconozca lo que históricamente significaron Franco y su régimen, y lo que significan sus enemigos. El franquismo no puede volver, pero sin la sociedad que creó ninguna democracia habría sido factible, y no es casual que los enemigos de un régimen que ya no existe sean también los mayores enemigos de la libertad. Unos enemigos que necesitan demoler la legalidad democrática salida del franquismo, como demolieron sus abuelos la legalidad republicana. Es indispensable defender la verdad, porque un pueblo incapaz de reconocer a los mejores se condena a ser esclavizado por los peores.  Y nada hay más peligroso que olvidar o desfigurar el pasado, como recordaba el filósofo Santayana.

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