"Mantened la unidad de las tierras de España". Por el General Coloma

03 de diciembre de 2019 por Redacción FNFF

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Sintiendo ya la hora de su muerte, dejaba el Caudillo unas inequívocas palabras en lo que se conoce como su testamento político, es decir, lo que su propia voluntad dejó por escrito a todos los españoles: “Mantened la unidad de las tierras de España, exaltando la rica multiplicidad de sus regiones como fuente de la fortaleza de la unidad de la patria”.

Nada hay tan cierto y digno de respeto como las últimas voluntades de una persona. El testimonio de quien percibiendo con certeza el final de sus días, desnuda su alma y da a conocer sus designios más fervientes: “mantened la unidad de las tierras de España.

Nos lo dijo – y nos lo dice – a todos los españoles, a todos por igual. A sus más fieles seguidores e incluso a los que lucharon contra él, de los que declara en sus postreros momentos en vida “Creo y deseo no haber tenido otros que aquellos que lo fueron de España”. Y es más, dicen que dijo (en este momento no recuerdo donde lo he leído publicado) que, con sus últimas fuerzas y su débil voz, pidió a quién iba a ser su sucesor: “Alteza, Vd. Tendrá que gobernar de otra manera….. Solo os pido una cosa: mantened unida a España”.

MANTENED UNIDA ESPAÑA

Comprendiendo, como lo hacía desde años atrás que el Príncipe de España, el futuro Rey Juan Carlos I, había de regir la nación de forma diferente a como lo había tenido que hacer él mismo, puesto que las circunstancias en las que recibía tan alta responsabilidad eran bien diferentes a las que él mismo la había tenido que asumir, solo le pidió aquello: Mantened unida a España. Bien sabía aquel hombre providencial qua la fortaleza de la patria está en la unión de todos lo españolas, y que por el contrario, en la desunión radica la mayor de sus debilidades.

Todos conocemos lo que vino después, los debates acerca del Estado unitario y el Estado federal, y al final, la solución a la española, el estado de las autonomías. Bien es cierto que para buscar un encaje a Vascongadas, Cataluña y Galicia (que durante la Segunda República habían disfrutado de estatutos de autonomía) dentro de la constitución, los llamados padres de la constitución arbitraron la disposición transitoria segunda que, remitida en combinación con el artículo 151, pretendía dar salida a sus aspiraciones de singularidad. Pero lejos de aplacar las ansias autonomistas de aquellas y otras regiones, la situación desembocó en aquel “café para todos” que fue exacerbando las veleidades nacionalistas sorprendiendo a los propios constitucionalistas en un nunca pronunciado , pero sí por todos sentido “no era esto, no era esto”. En general, el resto de comunidades, accedieron a su autonomía utilizando, como mejor les convino, el articulado de la propia constitución. Todo ello pretendiendo mantener la ficción de estado unitario, pero de hecho con muchos de los rasgos del Estado Federal.

Y todo ello se desarrolló poco a poco, utilizando la estrategia del salami, rodaja a rodaja. Los unos esperando recoger las bellotas de los árboles que unos pocos agitaban. Los otros, merced a sucesivas negociaciones con gobiernos débiles, necesitados de sus votos para alcanzar el sillón de la Moncloa. Y unos y otros, laminando la utilización de la lengua común y aún la cultura y lo que es peor, la educación. Y sin contar desde hace ya dos décadas con aquel otro elemento aglutinador de un verdadero espíritu nacional, vertebrador de la conciencia de defensa, que constituía el Servicio militar con todos sus defectos y limitaciones. Al final el pretendido Estado de las Autonomías se ha convertido en el de las “Taifomanias”. De aquellas aguas, estos lodos.

Deslumbrados por la sociedad de consumo en la que hemos vivido, impulsada por vientos favorables de la economía y la inmensa inercia que el caudal que Francisco Franco nos legó en lo social y económico, hemos despilfarrado su herencia sin apenas acordarnos ahora de quien puso las bases de todo ello, anestesiados por la infame ley de la “desmemoria histórica”.

Se puede hoy profanar una iglesia, en aras de la omnipresente libertad de expresión. Se puede hoy insultar, acosar a un representante político por el mero hecho de representar ideas diferentes a las propias. Se puede cortar el tráfico impunemente, atacar de forma inmisericorde a los agentes de la autoridad o limitar los derechos de unos padres a educar a sus hijos en la legua que reconoce la propia constitución como oficial en todo el territorio español. Se puede pasear banderas tricolores, pero no se puede organizar una misa por Francisco Franco, ni exhibir una bandera que fue tan legal como la actual, porque lleva en ella el escudo con el Águila de San Juan, el mismo por cierto, que figura en la portada de la Constitución Española.

Frente a todo este desmadre, solo una minoría alza con determinación su voz. Como hace siglos Don Pelayo, arriscado en los montes asturianos, hoy unos valientes patriotas dispersos por toda la geografía nacional y más activos donde son más perseguidos, se movilizan en defensa de sus fines y de sus creencias. Son grupos de la denominada sociedad civil, en las más de las ocasiones ignorados por las fuerzas políticas, que se alzan ora por la defensa de la españolidad (Ahora España, Fundación Villa Cisneros), por la de sus héroes del pasado ( Asociaciones como la de los Últimos de Filipinas, de la División Azul o el Camino Español). Y entre todas, nuestra Fundación Nacional Francisco Franco. Todas ellas tienen sus propios objetivos y su propia organización. Pero hay una cosa que todas tienen en común: La defensa de la unidad de España y de la igualdad entre todos los españoles.

Es hora de aunar esfuerzos entre todas ellas, explorar espacios comunes, apoyarse unas a otras, en definitiva, organizarse para ser más fuertes. Y nosotros, los componente de la Fundación nacional Francisco Franco, más numerosa día a día, pero aún minoritaria, estamos a ser llamados levadura de esa ansiada unidad.

No se trata pues de mirar hacia atrás amparados en aquel viejo aforismo: “todo tiempo pasado fue mejor”, sino de extraer de nuestra historia los mejores logros. Como nos recordaba hace unos días en la cena de la anual de la Fundación el General Chicharro, con los pies bien puestos en el año que estamos cerca ya de cerrar, no hemos de sentir vergüenza de tener nostalgia de un tiempo en el que España estaba unida, un tiempo en el que el paro era insignificante y el trabajo un derecho alcanzado, en el que se construían viviendas sociales; un tiempo en el que España salió casi con sus propios medios, de una ruina total tras una cruel y fraticida guerra entre hermanos, para convertirse en una potencia industrial de primer orden.

Los miembros de la Fundación Francisco Franco, hoy repartidos prácticamente por toda la geografía nacional, estamos llamados a reconocernos como tales. A compartir nuestro espacio, nuestras ideas o nuestros actos, con todos aquellos que sienten hoy más vivas que nunca aquellas últimas palabras que el Caudillo nos dejó escritas. Sin afán de protagonismos ni miedo al qué dirán, por el contrario, con generosidad, hemos de buscar las sinergias que nos ayuden a hacer realidad las ultimas palabras de nuestro Caudillo

MANTENED UNIDA ESPAÑA

Adolfo Coloma

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