En el 80 Aniversario de la Victoria

03 de abril de 2019 por Redacción FNFF

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Delegación Provincial de Guadalajara F.N.F.F.

 

 

Hace ahora exactamente 80 años, el 1 de abril de 1939, terminaba nuestra última guerra civil.

 

Una guerra civil, que no por ser la última de muchas que han acontecido en nuestra larga y dilatada historia como nación, puede considerarse como una más, sin sustantividad propia en el calendario. Aquella, fue una guerra civil en la que se jugó en los campos de batalla la propia esencia de España, puesto que la misma nación había pasado a ser objeto de codicia política para  la URSS y sus máximos dirigentes de entonces. Fue por lo tanto, una Cruzada Nacional de Liberación contra el comunismo y el ateísmo que pretendían instalarse en España a cualquier precio.

 

Tras la precipitada salida de S.M el Rey D. Alfonso XIII de España en abril de 1931, al proclamarse de forma ilegítima la II República Española en unas elecciones municipales que fueron consideradas plebiscitarias para un cambio de sistema político por las izquierdas, a pesar de que estas fueron derrotadas, se procedió a un cambio de forma política para el Estado Español. Pasábamos así de una Monarquía a una República. Aunque, desde el primer momento y, siempre a fin de legitimar aquella forma tan atropellada de cambio de régimen que se vivió en España por aquel  entonces, las fuerzas de izquierdas siempre trataron de presentarse ante el pueblo español como la opción democrática, fiable y única válida para conducir el timón de la nación, la quema de conventos y centros de enseñanza, desde los inicios del recién nacido régimen republicano hacían presagiar todo lo contrario. Cientos de iglesias fueron quemadas por toda España en las primeras semanas que siguieron al 14 de Abril de 1931, con la complicidad de aquel Presidente de la II República Española, Manuel Azaña, tan digno de homenajes para el actual Presidente del Gobierno de España, señor Sánchez Castejón, cuyas palabras fueron por entonces, conviene recordar “Todos los conventos de España no valen la vida de un republicano”.

 

En todo este clima político-social en el que se vivía en España, cuando en noviembre de 1933, se produce un cambio de gobierno y las derechas vencen a las izquierdas en las urnas, estas últimas preparan el asalto al poder por la fuerza sin escrúpulo alguno, demostrando una vez más, pero esta vez de forma decisiva, que la alternancia de poder no entraba en su forma de concebir la vida política española. Octubre de 1934 con la revolución minera de Asturias es el culmen, retrata lo que he dicho anteriormente y anticipa un intento de secuestro del régimen republicano, por unas fuerzas políticas de izquierdas radicales entregadas a los dictados de Moscú. Ese intento de secuestro del poder para una única tendencia política se va a consumar en realidad en las elecciones fraudulentas de Febrero de 1936, en las cuales vence el Frente Popular y cuyas actas del proceso electoral, en su mayoría aun hoy, más de ocho décadas después, no conocemos.

 

Conviene recordar aquí, que entre el 14 de abril de 1931 y el 18 de julio de 1936 se cometieron más de 2.600 asesinatos de lo más diverso. Ir a misa, portar un rosario, no ser de izquierdas, ser religioso, monja o, incluso leer el ABC, eran motivos sobrados para ser blanco de las balas marxistas en aquel clima de crispación político-social que la izquierda insuflaba a sus seguidores de forma irresponsable desde el propio Parlamento hasta la última “casa del pueblo” en España. El asesinato más paradigmático y desde luego el más decisivo para tratar de poner fin a semejante régimen de desorden, caos y pillaje instalado en  España, fue el que sufrió el jefe de la oposición, señor Calvo-Sotelo el 12 de julio de 1936 por la escolta de Indalecio Prieto, conocido dirigente del partido socialista.

 

El 18 de julio de 1936 supuso el comienzo del Alzamiento Nacional. Desde entonces y ya con Francisco Franco al frente de la zona nacional, desde el mes de octubre de ese año, se comienza la liberación de toda España. Pero ello no se hace para una clase, un grupo o un partido, sino para la nación entera una vez liberada de sus enemigos.

 

Aquel capitán, al frente del Ejército Nacional en la guerra de Liberación, fue el mismo que en 1934 cumpliendo órdenes del gobierno republicano sofocó el intento de unos pocos de acabar con la legalidad de la II República. Aquel capitán, fue el que se sublevó contra un gobierno surgido fraudulenta e ilegítimamente en las urnas en febrero de 1936, no contra un sistema político concreto como podía ser la II República y que bien seguro sabemos de no haber sido por el Generalísimo, habría acabado con España.

 

Cuando el 1 de Abril de 1939, aquel capitán, volvía marchando victorioso al frente del Ejército Nacional de Liberación, con más de la mitad de España y del pueblo español puesto a sus órdenes y las banderas victoriosas de la Cruzada ondeando al viento de una España nueva que ya se vislumbraba en el horizonte inmediato, en las radios de toda España se escuchaba junto con un repique generalizado de campanas anunciando la paz el último parte oficial de guerra:

 

“En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército Rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado”

 

Hoy, 80 años después de aquello, seguimos recordando y homenajeando la memoria de todos aquellos que llegaron incluso a entregar su vida para redimir a una España rota y enferma.

 

Hoy, 80 años después, seguimos batallando para impedir que el discurso sectario y falsario de la historia que se pretende imponer desde el poder sobre las causas que llevaron a la guerra, las gestas que en esta se produjeron y la reconstrucción de una nación en ruinas ya en la paz de la España del Caudillo se impongan y caigan como una losa sobre lo que verdaderamente sucedió.

 

 

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