La última victoria de Franco. Por Alberto López

15 de octubre de 2018 por Redacción FNFF

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Parece ser que en España no hay ya, desde que triunfó la moción de censura planteada por el Señor Sánchez contra D.Mariano Rajoy, ningún problema perentorio referido a las necesidades vitales de los españoles: vivienda, sanidad, paro, terrorismo, pensiones…todo se ha resuelto con la varita mágica y la cara bonita de nuestro eximio presidente.

Gracias a ello, el Sr. Sánchez ha podido dedicar sus más de 100 días de mandato a un problema que quita el sueño a la izquierda patria desde 1939: ganarle la guerra a Francisco Franco.

Para desgracia de los socialistas, Francisco Franco fue el vencedor de aquella fraticida contienda civil que el PSOE tuvo gran parte en auspiciar y provocar (basta leer la prensa de la época, y en concreto EL Socialista, para ver los llamamientos a la guerra civil y el desdén por la democracia que sentían Indalecio Prieto y Francisco Largo Caballero), y que tuvo un conato de inicio en la revolución de 1934, con más de 1.500 asesinados por las izquierdas, en un golpe de Estado contra la República que, casualidades de la vida, fue el general monárquico Francisco Franco quién lo sofocó garantizando la vigencia de la II República. De nuevo Franco quiso salvar a la República tras el fraude electoral de las elecciones de 1936, alertando de las arbitrariedades y falsificaciones cometidas en varios puntos de la geografía. Y por último, cursando una carta a Casares Quiroga días antes de la sublevación, avisándole de lo que podía suceder si no se ponía coto a la orgía de incendios y asesinatos que culminaron con la muerte de Calvo Sotelo por pistoleros de la motorizada de Prieto, líder del PSOE, el 13 de julio de 1936, tras el asesinato el día anterior del teniente Castillo.

Para nadie medianamente informado es un secreto que el franquismo, con sus luces y sus sombras, fue una etapa en la que España pasó de las más altas cotas de miseria a ser la novena potencia industrial del mundo, con una amplia clase media (gracias a la incorporación de las clases humildes al nuevo status), y ese y no otro es el mayor triunfo de Francisco Franco: haber conseguido la prosperidad espiritual y material de España como ningún otro gobernante por lo menos desde Carlos III, y lo más importante, posibilitar la reconciliación de las dos Españas, pues a su muerte la sociedad civil vivía ya en plena normalidad y reconciliada, faltando, eso sí, fijar la libertad para crear partidos políticos y asociaciones de ese carácter, pues el Régimen se basó en una estructura orgánica sin partidos, anclada en realidades como la familia, el municipio y el sindicato vertical. Por cierto propugnada por el antifranquista Salvador de Madariaga, con el nombre de democracia orgánica.

Los socialistas, que en su mundo de mentiras y fabulaciones pretenden haber creado la Seguridad Social, la educación pública y las pensiones en la etapa de Felipe González (cuando lo cierto es que cada vez que han gobernado, han quebrado el país, destruyendo lo que Franco creo con el sudor de todos los españoles, y para ello nada mejor que consultar el libro “Franco Socialista” de Francisco Torres), quieren darle una vuelta de tuerca a la historia, comenzada por la nefasta y maquiavélica Ley de Memoria Histórica de Zapatero (que no busca tan sólo el legítimo y necesario objetivo de dar sepultura digna a todos aquellos que murieron en nuestra triste guerra civil, si no que busca la demonización de la media España dirigida por Franco como fascista y totalitaria) que Sánchez quiere modificar para meter en la cárcel a todo el que disienta de esa orwelliana Comisión de la Verdad que va a poner en marcha, en la que se nos dirá cómo pensar y cómo hablar sobre nuestro pasado, de tal forma que ya no se puedan denunciar los crímenes cometidos por las izquierdas, incluido el genocidio católico acaecido entre 1931 y 1939 en España.

La mecha de este macabro plan ha sido el anuncio de la intención del ejecutivo socialista de sacar a Franco de su descanso eterno en el Valle de los Caídos, porque dicen que el dictador no puede estar en su mausoleo.

Rechazo de plano el término exhumación, pues abogados reputados como D. Luis Felipe Utrera o D.Santiago Milans del Bosch han puesto ya de manifiesto que estaríamos ante una profanación que subvierte y vulnera la legalidad vigente, incluidos los Acuerdos con la Santa Sede, por lo que nuestro eximio presiente podría convertirse de llevar a cabo la tropelía en un delincuente presunto.

Pero, ¿cuál es el trasfondo de todo esto?

Voy a serles sincero: si se pretendiera cambiar de ubicación el cadáver de Francisco Franco, con la aquiescencia de la familia y todos los honores que le corresponden como Jefe de Estado que fue, a la cripta de la Catedral de la Almudena, yo sería el primero en estar de acuerdo, porque es perfectamente legal y ético honrar la figura de un Jefe de Estado y reputar necesario cambiar la ubicación de su sepultura, siempre con acuerdo de la familia.

Pero este no es el objetivo. Se parte de la mentira de que el Valle es un mausoleo para un dictador, cosa falsa pues es un lugar de reposo y reconciliación para los muertos de ambos bandos y nunca un mausoleo erigido a la mayor gloria del ego de Franco, que está allí enterrado por voluntad de Arias Navarro y Juan Carlos I, y que tiene perfecto derecho a estar, porque fue el fundador de la Basílica y le asiste el Derecho Canónico. Partiendo de esta base falsa, el fin último es, por supuesto, destruir la mayor cruz de la Cristiandad, símbolo del Perdón, pero también del triunfo de España sobre las fuerzas que quisieron hacerla sucumbir (aunque hubo españoles de bien en ambos bandos, y eso es lo que se pretende reconocer con el monumento, homenajeando bajo el brazo redentor de la Cruz a los patriotas honrados y buenos de ambos bandos, igualados ya ante Dios Nuestro Señor en su infinita misericordia). Con ello, se busca convertir el Valle de los Caídos en un parque temático, desacralizar la Basílica y transformarla en un museo de los horrores de la genocida dictadura franquista, al modo del Museo del Holocausto (y qué felonía frivolizar con un genocidio en toda regla como el Holocausto comparando a Hitler con Franco).

Todo esto con el silencio de la Corona y de la Iglesia, creo firmemente que porque piensan que así contribuyen a la paz entre los españoles, pues la Corona y la Iglesia son los dos nervios fundamentales de la vida nacional española, y quienes deben velar por la paz y la reconciliación de todos. Pero de nada servirá este silencio ante la izquierda cainita que nos gobierna, y también, en última instancia, caerán la Iglesia y la Monarquía si prosiguen los planes trazados para el Valle de los Caídos, pues no hay que olvidar que Franco salvó a la Iglesia de su desaparición en España y nos trajo de nuevo la Monarquía, que había sido proscrita de forma discutible en unas elecciones municipales en 1931 (tras un golpe de Estado fracasado, la sublevación de Jaca, en 1930).

La izquierda insensata, liberticida y comunista nunca perdonará a Franco su victoria, siendo el único líder europeo capaz de doblegar la amenaza comunista. Nunca perdonarán a Franco todas las realizaciones que su Régimen. Solo se fijarán en los muertos habidos, eso sí, los de un bando (que por supuesto no deben ignorarse, porque barbaridades las hubo), ignorando todos los asesinados por el bando llamado republicano (las checas, Paracuellos, los bombardeos sobre la población civil en Cabra, Oviedo, etc dan buena cuenta de ello). No le pueden perdonar todos los seguros sociales, la ampliación de la clase media, las redes de hospitales, los 515 pantanos, la repoblación forestal, la práctica convergencia con los princípiales países europeos, la industrialización de España, los 4.5000.000 viviendas sociales para obreros, las Universidades Laborales, la labor de la Sección Femenina culturizando a la España rural. No pueden perdonarle que truncara sus sueños de una revolución que instaurara la dictadura del proletariado y borrara a la derecha política del mapa, como anunciaban Prieto, Negrín y Largo en la II República, imponiendo el ala totalitaria del PSOE al ala moderada de Besteiro, un hombre cabal y socialista consecuente (que por desgracia sufrió las injusticias de la represión de posguerra mientras Prieto y Negrín marchaban al exilio tranquilo en México).

El legado de Franco (en el que por cierto participaron bastantes padres y abuelos de los dirigentes izquierdistas de hoy), pese a la destrucción talibanesca del patrimonio y a leyes totalitarias que pretenden imponer una Verdad Oficial, está ahí para el estudio sosegado de los historiadores, no al albur de las vicisitudes políticas, sino con plena objetividad.

No se trata, como cree la derechita cobarde (le tomo prestado el vocablo a Santiago Abascal), de defender cerradamente el franquismo (que teniendo un gran abanico de logros, también tuvo sus sombras, que se deben estudiar en profundidad), sino de defender cerradamente que en España un gobierno no puede saltarse la Constitución y los Acuerdos con la Santa Sede para profanar una basílica y perturbar el descanso eterno de una persona.

Si el Gobierno aguanta la maldición de Cuelgamuros, que ya se ha llevado por delante a varios ministros y una directora general, y perpetra la flagrante ilegalidad (refrendada por el Congreso, con la abstención del PP y Ciudadanos, en un gesto cobarde y lamentable, que otras fuerzas como VOX no consentirían de estar en el parlamento) de su profanación, lo único que conseguirán será trasladar a Franco, como su familia ( a la que debemos rendir homenaje en estas líneas por su tenacidad y valentía en estas circunstancias) ha expresado, a pleno centro de Madrid, al corazón de Madrid, la ciudad que tantas veces le aclamó y que le despidió entre lágrimas y larguísimas colas aquel 20 de noviembre de 1975, por más que ahora quieran decirnos que Franco murió entre el odio y la indiferencia de su pueblo.

Esa será, no lo duden, la última victoria de Franco.

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