En defensa de mi padre, José Utrera Molina

22 de enero de 2018 por Redacción FNFF

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Luis Felipe Utrera-Molina Gómez

«Virtud de una Ciudad es honrar el nombre de aquellos que le procuran honra, y agradecer el amor y la dedicación de los que se entregan a su servicio y le ofrecen sin reservas el fruto de su acción y su desvelo.

Entre estas personas, quienes firman este escrito quieren exaltar el nombre de un malagueño de excepción, de un hombre de historial impecable, de alguien que supo siempre y sabe llevar su condición de hijo de Málaga con apasionado orgullo y vocación ejemplar, en aulas y talleres, entre universitarios y trabajadores, entre colaboradores y amigos, entre propios y extraños.»

Con esta emotiva introducción, un grupo de concejales malagueños encabezados por Carlos Gómez Raggio, solicitaron en el mes de marzo de 1973 la concesión de la medalla de oro de Málaga para mi padre, José Utrera Molina, que le sería concedida mediante acuerdo plenario del Ayuntamiento de fecha 1 de julio de 1975, presidido entonces por el inolvidable alcalde Cayetano Utrera Ravassa. En el acto de imposición de la medalla estuvo presente el entonces Presidente de la Diputación y hoy alcalde, D. Francisco de la Torre quien pocos meses después, le impondría también la medalla de oro de la provincia.

Esta mañana me desayuno con la amarga noticia de que el Ayuntamiento de Málaga propone retirar a mi padre la medalla de oro a los pocos meses de su fallecimiento. Y me pregunto si en el pleno en el que se debata la propuesta se producirá una unanimidad clamorosa o habrá lugar para algún gesto de dignidad personal.

Bien sabe Francisco de la Torre, quien tuvo el noble gesto de asistir al sepelio de mi padre, que esa medalla no se la concedió Málaga por motivos ideológicos sino por una exigencia de gratitud. Ahí está la ampliación del Carlos de Haya, la Universidad Laboral, los cursos de Promoción profesional de adultos, la creación de ocho Ambulatorios y Agencias de la Seguridad Social y siete Hogares y una Residencia de Pensionistas, la eliminación de las chabolas de la Playa de San Andrés y tantas otras obras que se debieron a su impulso y a su entusiasmo por mejorar las condiciones de vida de los malagueños.

El amor que mi padre sintió por Málaga, su eterna nostalgia del mar, se vio sólo correspondido por el testimonio de la sencilla gente a la que ayudó de forma entusiasta y desinteresada. Los ojos de agradecimiento de quienes lograron un empleo o cambiaron una existencia miserable en las chabolas de la playa de San Andrés por una vivienda digna, eran premio suficiente para quien siempre se rebeló contra la injusticia y para quien la política no era otra cosa que la emoción de hacer el bien.

No están ya en esta tierra ni Cayetano Utrera, ni la mayor parte de los miembros de aquella dignísima corporación municipal. Tampoco está mi padre, quien por un elemental sentido del decoro jamás diría una palabra al respecto, aunque fuera lacerante la punzada de dolor que habría sentido al saberlo. Pero yo, como hijo suyo, como malagueño de sangre, me siento en la obligación moral de salir en defensa del buen nombre de mi padre y de recordar a todos los concejales de Málaga que el agravio que están a punto de cometer sólo puede estar movido por el odio, en unos, o por la cobardía en otros.

Hoy, cuarenta años después, el olvido ha dado paso a la sinrazón del odio. Podrán los miserables –y los cobardes- retirarle los honores y oropeles del ayer. Pero no podrán empañar su recuerdo con la mugrienta grasa de su resentimiento. Y hay algo más que nunca podrán quitarle: el arrebatado y amoroso orgullo de quienes llevamos su apellido con la cabeza muy alta, porque allí donde se ofenda su memoria habrá siempre, al menos, ocho voces que, como la mía, clamarán como una sola en defensa de su honor, de su vida y de su ejemplo.

No hay el menor ápice de nobleza ni de dignidad en agraviar póstumamente a un malagueño que tanto hizo por su tierra. Y algunos están más obligados por su biografía que otros. No digo más, pero me reservo el legítimo derecho a enviarles algunos de los miembros de esa corporación una pluma de gallina para mostrarles de esa forma mi desprecio por su falta de gallardía y por su mezquindad.

Termino con ese soneto, con el que mi padre en el ocaso de su vida, quiso despedirse en paz de su tierra y que estoy seguro recitará de nuevo desde ese lucero en el que brillará siempre la luz de su recuerdo.

MÁLAGA

No te cambio tu olvido por mi pena.

Vale más mi dolor; cuenta saldada.

Se lo digo en la noche a mi almohada

Y está mi corazón de enhorabuena.

Alguna que otra vez, un tenue velo

enternece el recuerdo. Aquella esquina

que ayer doblé impaciente, se ilumina

con las mismas estrellas en el cielo.

Me imagino que el mar no habrá cambiado,

que como siempre, romperá su espuma

en el pecho del viejo acantilado.

Mecido por las olas se ha dormido

mi ayer: la oscura desazón se esfuma.

¡Ya no queda recuerdo de tu olvido!

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