Estúpidos y canallas

12 de mayo de 2017 por Redacción FNFF

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Pío Moa

La Gaceta

Gregorio Marañón definió a la república –que él tanto había ayudado a traer—y al Frente Popular, con dos palabras: “estupidez y canallería”. El propio Azaña, partícipe ciego en aquella orgía de necedad, no estaba con todo tan ciego que no entendiera la clase de fechorías que podían esperarse de aquel personal: “política incompetente, tabernaria, de amigachos, de codicia y botín sin ninguna idea alta”. Podría extenderme en juicios parecidos, porque son de lo más clarificadores ante la fraudulenta loa que dedican a la república, abierta o implícitamente, todos los partidos y medios manipuladores actuales, convirtiendo la política española en un fraude generalizado, del que la corrupción económica es solo una parte, y no la más dañina. Lo que hizo Franco, históricamente, fue derrotar al criminal régimen del Frente Popular, inaugurando, entre otras cosas, el período de paz y prosperidad más prolongado que haya vivido España en siglos, y que continúa, aunque cada vez más en peligro por la turbia actividad de los “estúpidos y canallas” de ahora.

Pues los mismos justificados dicterios de Marañón pueden definir a los partidos de la actual clase política. La lista de sus fechorías contra la integridad de España y contra la democracia es muy larga, y la penúltima que vienen intentado es la exhumación de los restos de Franco del Valle de los Caídos. Una de las manías de estos estúpidos canallas fue, en la república y la guerra, el incendio y destrucción de monumentos artísticos, obras religiosas y bibliotecas antiguas y modernas, testigos de la historia de España. El Valle de los Caídos no solo es “una maravilla”, como ha reconocido Paul Preston, es sin duda el monumento nacional –aparte de religioso-- más importante y estéticamente logrado del siglo XX en cualquier país del mundo. Algo, lógicamente, intolerable para los bellacos que han hecho del embuste y la calumnia una de las grandes industrias del país, industria de la que viven y que creen legitimar proclamándose a gritos “demócratas”, lo que nunca han sido, sino más bien parásitos de la democracia.

Se dice que Franco no pensaba ser enterrado allí; quizá sea cierto, pero tampoco tiene importancia. Oficialmente fue una decisión de Juan Carlos y fue una decisión muy justa, entre otras bastante menos justas y menos acertadas que tomó. El Valle de los Caídos no solo representa la victoria sobre la estupidez y la canallería, también la reconciliación nacional, ya lograda en los años 40, como pudo comprobar el maquis a su costa. Representa, como dije, la paz y la reconstrucción de un país con sus propias fuerzas, sin deber nada a la intervención de Usa, deuda contraída por el resto de Europa occidental. Nada más justo que la inhumación de Franco allí.

Cualquier persona con dos dedos de frente y con un mínimo de decencia ha de reconocer forzosamente estos hechos, porque son la evidencia misma. Para rechazarlos es precisa una dosis muy elevada de esa estupidez y canallería que llevó a España a la guerra civil y que vuelve a distinguir a nuestra clase política. Seguramente algún o algunos partidos preferirán abstenerse o utilizar argucias evasivas que faciliten las maniobras contra el Valle de los Caídos y contra la memoria de Franco. Esto los envilece más aún, según el viejo dicho de que el auxiliar del verdugo es más despreciable que el verdugo mismo.

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