Artículo de la Revista Ejército año 1940. SEMBLANZA DEL CAUDILLO FRANCO. Por JOSÉ MARÍA PEMÁN.

08 de septiembre de 2020 por Redacción FNFF

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JOSÉ MARÍA PEMÁN

Director de la Real Academia Española

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El Caudillo, Francisco Franco, es uno de los pocos “héroes” cuya vida y obra no admiten, al ser contadas o exaltadas, ninguna retórica. Para que haya retórica en una semblanza, es preciso que haya énfasis en el modelo. Franco es todo lo contrario del énfasis. Su figura pide la prosa sencilla y cristalina; su mirada, abierta y casi aniñada, deshace las palabras rebuscadas como detiene la taimada adulación. Joaquín Arrarás, por eso, tomó el buen camino en su libro Franco, que ha dado la vuelta al mundo. Contó sencillamente su vida: línea recta de patriotismo y de servicio. No necesitó más adjetivos que los propios hechos; ni más comentarios que la simple verdad. Frente a la vida de Franco narración en panegírico.

 

                Y este era el Caudillo que España necesitaba. En otros pueblos, donde la revolución religiosa y política, precedente de lo social de nuestros días, había calado más hondo en el organismo nacional, los movimientos reaccionarios y salvadores tuvieron por instrumento un grupo o sector del país, donde se había refugiado la voluntad salvadora y reactiva perdida en el resto de la nación. Estos movimientos necesitaban, por esto, Caudillos enfáticos y llamativos, que con un hiriente repertorio de gestos, ceños y frases llevasen al delirio a aquel grupo compacto y personalista que les seguía. En España era otro el caso. En España-que no tuvo reforma protestante, ni apenas Renacimiento y que sólo a las minorías alcanzó el Enciclopedismo filosófico- la revolución no llegó a ser una cosa nacional y orgánica, sino que era algo superficial, cutáneo y adherido a su viva y apenas sojuzgada autenticidad.

 

El movimiento liberador español, pues, no tenía que ser una reacción de sector o grupo, sino una reacción de esa no muerta autenticidad nacional: de la ancha totalidad española. Esa autenticidad no estaba monopolizada por un grupo cerrado que hubiera de lanzarse a la pelea a las órdenes de un caudillo mesiánico. Estaba repartida y conservada por una pluralidad de sectores nacionales: el Ejército, el requeté, la Falange, la gran masa de buenos españoles clasificados genéricamente como “derechas”. La tarea del Caudillo que rigiera el levantamiento español no había de ser la de sobreexcitar su gente con una ciega obcecación única. Había de ser la de unir, integrar y concordar todas las gentes de la auténtica España. No es lo mismo espolear un grupo que recoger y guiar a una nación. Más que dotes para excitar ímpetus sustanciales, Franco necesitaba tener, a menudo, dotes para calmar accidentales diferencias. Y para esto era preciso que el Caudillo español tuviera lo que Franco tiene: una ancha comprensión, una inatacable austeridad, una clara sonrisa y una infinita paciencia.

 

                Además, porque esto ha sido siempre así, porque España nació y se hizo en la brava y promiscua integración de los campamentos, los españoles son, por esencia, individualistas y poco sumisos. Se entregan fácilmente con el corazón a las superioridades morales y paternales; no doblegan fácilmente la voluntad a las imposiciones materiales o cesáreas. No apena fácilmente su dignidad de hombres; ni se olvidan nunca del todo del bravo y paritario “Nos, que valemos tanto como vos”. Los españoles no escribieron el Príncipe, de Machiavello, César pagano; sino el Príncipe cristiano de Márquez, Salmerón o Saavedra Fajardo, padre del pueblo. Nunca se les ocurrió, como a los franceses del siglo de Luis XIV, convertir adulatoriamente en leyes de la Gramática las faltas de ortografía del Rey; ni nunca se les pasó por la cabeza convertir en una ceremonia palatina y pública la hora de acostarse. Su Majestad en su inmensa alcoba de Versalles. Los españoles amaban a sus Reyes porque éstos se acostaban sencillamente, bajo un crucifijo, en sus estrechas tarimas, casi monásticas, de Yuste o del Escorial.

               

Y es que son las idolatrías las que tienen que exagerar la liturgia. Son los falsos semidioses los que tienen que suplir con ruido, gestos y apariencias su precaria y suplantada divinidad. El Caudillo que cumple una obra de Dios ante un pueblo que lo conoce así, lleva en sí mismo, sin enfáticas adherencias forzadas, toda su estremecedora dignidad.

               

                Todavía Víctor Hugo recordaba, de niño, haber visto pasar a Napoleón Bonaparte …muet et grave, ainsi qu’un dieu d’airain: “Mudo y grave, como un dios de bronce”. Claro: los dioses de bronce tienen que someterse a esta forzada e inhumana rigidez para mantener la adoración de sus fieles. Los hombres de carne y hueso que se saben cumplidores de un designio de Dios pueden ante sus súbditos, permitirse el lujo de saludar y sonreír. Por eso Napoleón pasaba tan tieso y cejijunto. Por eso Franco pasa tan llano y sonriente. El primero jugaba al dios. El segundo sirve a Dios… Esa es la diferencia.

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Y todas estas exactas y sorprendentes adecuaciones providenciales de la figura del Caudillo al modo de ser y a la hora de España tienen su raíz profunda en lo que es como el centro y razón de su psicología: su absoluta e inatacable austeridad.

 

                España es el pueblo más sensible del mundo a los valores morales. En definitiva no le importa ni le arrastra otra cosa. Todo el respeto que no tenemos para la Ley lo guardamos para la Moral. El pueblo aplaude a Pero Crespo cuando ahorca al capitán o a Don Quijote cuando liberta a los galeotes, porque estas transgresiones de la ley positiva implican una alta resolución moral.

 

                No hay genialidad ni agudeza intelectual que basten a hacer perdonar las faltas de conducta. En cambio, la austeridad arrastra a nuestro pueblo por cima del más brillante programa. El borriquillo de aquel fraile enjuto que era Cisneros, la tabla dura del sillón del Rey Felipe, el gesto de Maura cuando se sacudía la levita, ésas son las cosas que arrebatan a los españoles. Vivir en un quinto piso o no dejar al morir para pagar el entierro, son datos de éxito infalible para la historia y panegírico de un líder español.

 

                Y Franco es la austeridad roquera: sin esfuerzo y sin aspavientos. No hay modo de encontrar en toda su obra, su vida y su tarea una sola motivación que no sea la Patria o el deber. Colocado rápidamente en la altura máxima y en el centro de la más espantosa contienda española, ni la envidia aquí, ni allí el rencor, han encontrado por donde mellar su tranquila plenitud ética. Le han dado vuelta a su ciudadela sin encontrar por dónde meterse. Vírgenes están de toda agresión a su conducta las radios rojas y los cafés nacionales: dos cosas que, inconscientemente, han colaborado tantas veces.

               

Aun en el centro mismo de las liturgias y protocolos a que le obliga su alta posición, Franco conserva un último gesto de puro deber y de íntimo alejamiento. Sabe marchar bajo palio con ese paso natural y exacto que parece que va sometiéndose por España  disculpándose por él. Se le transparenta en el gesto paternal la clara conciencia de lo que tiene de ancha totalidad nacional la obra que él resume y preside. Parece que lleva consigo a todas las ceremonias y liturgias protocolarias el honor de los caídos. Parece que lleva, sobre su pecho, la laureada como ofreciéndosela, un poco, a todos.

 

                Y como producto de esa limpieza plena de intención y espíritu, todas sus horas son de España y del servicio. En una interminable jornada, empalma los asuntos y las tareas con una renovada frescura de atención y entusiasmo. Sin saberlo acaso él mismo, cumple así la única posible regla higiénica para que una prolongación tal de trabajo no resulte agotadora. Porque para descansar la mente de una atención aguda y prolongada sobre un asunto, no hay consejo mejor sino proyectarla sobre otro totalmente distinto con igual agudeza. Después de estar dos horas haciendo multiplicaciones no es descanso tumbarse en una butaca porque se sigue, por inercia, multiplicando. El descanso es, por ejemplo, escribir una carta importante o estudiar una lección de Geografía…

 

                Así en la intensa jornada de Franco, los Ministro le descansan de los Embajadores, y el Nuncio le sirve de sedante contra el Secretario.

 

                Luego, su infinita paciencia. Jamás visitante alguno que le hablara de cosas interesantes para España ha sentido sobre sí urgencia o apremio. Siempre es el visitante, nunca el Caudillo, el que se inquieta de la extensión de la visita. Su falta absoluta de nervios le hace concentrarse totalmente en la ocupación del instante, sin evasión posible. Se le ha podido hablar de asuntos académicos en los días de Teruel y de la lucha antituberculosa en los días de la Victoria. La preocupación o el júbilo son lujos que apenas se permite su espíritu, totalmente orientado hacia la desnuda eficacia.

 

                Esas son las jornadas henchidas, plurales, del Caudillo de España. Trabaja horas y horas sin vacilaciones ni agobios. Sólo, al llegar la sobremesa de la tarde, hay un momento en que se apartan los Ayudantes y Jefes de su casa. Se queda solo, en un rincón, con su mujer y su hija. Viñuelas se llena, entonces, un poco de tibieza hogareña. Durante todo el día Franco nos ha gobernado con la decisión y el mandato… A aquella hora nos gobierna con el ejemplo.

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Este era el Caudillo que necesitaba esta hora de España, difícil, delicada y de frágil tratamiento, como toda contienda civil. Todo, la guerra o la integración, el avance cotidiano o el cotidiano gobierno, había que hacerlo entre hermanos. Todo había que manipularlo con mano firme y suave. Se necesitaba un hombre cuya imparcialidad fuese absoluta, cuya energía fuese serena, cuya paciencia fuese total. Había que tener un pulso exacto para combatir sin odio y atraer sin rendimiento. Había que escuchar a todos y no transigir con nadie. Había que llevar hacia allí, en dosis exactas, el perdón, el castigo y la catequesis; como hacia aquí, en exactas paridades, la camisa azul, la boina roja y la estrella de Capitán General.

 

                Nunca agradeceremos bastante al Caudillo la absoluta equidad y falta de apasionamiento con que abordó esta difícil tarea de equilibrios. Fue el magnífico cirujano de pulso firme, preocupado a la par por la eficacia y la anestesia. Conquistó la zona roja como si la acariciara: ahorrando vidas, limitando bombardeos. No se dejó arrebatar nunca, porque estaba seguro de España y de sí mismo.

 

                Este es Francisco Franco, Caudillo de España. Concedámosle, españoles, el ancho y silencioso crédito que se tiene ganado. No hagamos también sobre la paz estrategia de café: “debíamos de ir por aquí”, “¿Por qué no iremos por allí?”, “ya es hora de esto”, “¿cuándo se decidirá a lo otro?”… En Viñuelas hay un hombre que sabe dónde va. Que lo supo siempre. Y que, gracias a su paso inalterable sobre toda impaciencia, nos devolvió a España a su tiempo y nos recató intactas muchas cosas que estuvieron en gran peligro. Lo que hizo en la guerra, lo hará en la paz… Qué también en la economía y la política hay cosas que conviene, como El Escorial, no atacarlas a ciegas, para rescatarlas intactas.

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