Nunca serás héroe anónimo, por Miguel Menéndez Piñar

15 de octubre de 2019 por Redacción FNFF

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Miguel Menéndez Piñar

 

Embargado de tristeza he recibido la noticia del fallecimiento de Alberto Ruiz de Galarreta, amigo íntimo con el que compartía militancia en los Ideales fundacionales de España, de los que fue defensor a ultranza. 

Alberto consagró enteramente su vida al noble combate de la fe, asumiendo la consigna paulina. Coronel médico de la Armada Española, hizo bandera de las virtudes castrenses, rindiendo culto al honor y a la lealtad en épocas de traición y abandono. Allá donde hubiera un foco de resistencia al laicismo, al progresismo y a la revolución, Alberto acudía a prestar su apoyo en primera línea. Escribió cientos de artículos para las publicaciones católicas más ortodoxas, reafirmando las esencias del magisterio de la Iglesia y sus textos forman parte, por derecho propio, de la literatura carlista y la doctrina tradicionalista. Su monumental obra Apuntes y documentos para la historia del tradicionalismo español” es la prueba de su tenacidad y compromiso y allí encontramos, como lo definió don Miguel Ayuso, la memoria escrita del carlismo.

Su gran anhelo fue la Unidad Católica, tesoro propio de nuestra Patria, de la que emana su comunidad política, que él juró reconquistar solemnemente año tras año en Zaragoza con una fidelidad inquebrantable. Acertó –quien mejor que él- la Fundación Elías de Tejada nombrándole Presidente del Centro de Estudios para la Defensa de la Unidad Católica de España.

Podríamos decir que Alberto Ruiz de Galarreta fue un carlista llevado a su máxima expresión. Puesta su obra intelectual y sus profundos conocimientos, en tantas y tan distintas materias, al servicio de la Causa, no se limitó al campo del pensamiento, sino que se enardecía así mismo en el terreno de la acción pues entendía que el carlismo es el pueblo en armas. Jamás olvidaré las tardes que pasé en su casa. No era un hombre de perder el tiempo y después de las preguntas casi protocolarias sobre la familia, los niños, etc. entraba directamente en materia para conspirar. Vivió en tensión permanente de batalla y ante los desastrosos acontecimientos de España o de la Iglesia crecía aún más en él, que enseguida contagiaba a los de su alrededor, las ganas por volver a instaurar todo en Cristo y organizar para ello nuevamente el requetéEn una de aquellas tardes, llegué puntual a su casa pero nadie abrió la puerta. Me extrañó. Ya estaba delicado de salud y sobre todo con la movilidad muy reducida. Se ayudaba de unas muletas para andar a duras penas. Bajé a la calle con cierta preocupación cuando le vi en la siguiente manzana, en la Calle Alcalá, arrancando unos carteles a plena luz del día. “Mientras yo viva en este barrio y pueda medio andar, esta gente sabrá que sus carteles duran pocos minutos en exposición”, me dijo mientras le abracé. Anunciaban, los carteles, una fiesta del Partido Comunista en la que actuaría un grupo de música cuyo nombre, por decencia, omito en estas letras.

Amigo, muy amigo de mi abuelo Camilo, se presentó a primera hora de la mañana del 24 de febrero de 1981 en la Calle Moscardó de Madrid, donde vivían mis abuelos, para ponerse a disposición de mi abuela Lourdes ante la detención de su marido, por los hechos sucedidos en el Congreso de los Diputados la noche anterior. Muchos años más tarde, más de cuarenta, mi hermano Santiago y yo fuimos detenidos por interrumpir una obra de teatro blasfema en pleno Madrid. La primera llamada que recibimos al ser puestos en libertad fue de Alberto Ruiz de Galarreta, momento en que iniciamos una amistad entrañable y de contacto permanente hasta que él se ha ido a alistar en la Milicia Celestial.

Le quise y le admiré desde que nos conocimos y sentí el aprecio que me tenía, sin ningún merecimiento por mi parte, buscando constantemente sus consejos. Prácticamente ciego y sordo, pasó sus últimos años en Valencia y tratábamos de hablar con relativa frecuencia. Se quejaba por su estado de salud únicamente porque le restaba capacidad para escribir y comunicarse cosa que aprovechaba, según me decía, para pedir incesantemente a Dios para que España recobrase el aliento y fuesen surgiendo núcleos de resistencia ante su devastación. 

Iba a ir a verle a Valencia y nunca me perdonaré haber dejado pasar el verano para ello. Con casi noventa y siete años ha muerto y siento que no me he despedido de un héroe al que tuve el privilegio de conocer, amar y admirar. Un héroe que ante Dios no es anónimo y tampoco ante los hombres que compartimos con él los viejos lemas. 

Guardo tus cartas como reliquia, tus consejos como guía y tu vida como ejemplo para siempre, querido Alberto. Guárdame tú desde tu puesto merecido en la trinchera celestial y ayúdame a merecer rezar contigo y con San Pablo: He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe.

 Miguel Menéndez Piñar 

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