El fallo es sistémico. Por Jaime Alonso

18 de mayo de 2019 por Redacción FNFF

Compartir en:

En el anterior articulo disertaba sobre la naturaleza de la política. En este y después del resultado de las elecciones generales celebradas el pasado 28 de Abril, no podemos obviar el análisis de las consecuencias, a la luz de un sistema partitocrático que viene imponiéndose sobre el cuerpo social español desde 1978, en que se aprueba la Ley para la Reforma Política, se somete a Referéndum de la Nación y, las Cortes resultantes, sin facultades constituyentes, aprueban la actual Constitución, causa de nuestros males, en su origen y desarrollo normativo, y sistemáticamente vulnerada hasta en sus fundamentos: libertad, igualdad, justicia, pluralismo político y soberanía del pueblo español.

 

Los siglos XIX y la mitad del XX se caracterizaron, en Europa y también en España, por el predominio de unas ideologías que conformaron la conciencia popular y nacional, hacía un destino preeminente y exclusivo, de grupo, clase o bandería, donde la democracia solo pudo ser impuesta, después de ganar la Segunda Guerra Mundial, por una potencia extranjera, dejando a medio mundo la esclavitud del comunismo.

 

España que consiguió, en ese tiempo, derrotar al comunismo y librarse de las dos guerras mundiales, con carácter previo y anterior al resto de las naciones, pudo crear un genuino sistema de representación política, donde el eje del mismo era el hombre, provisto de valores eternos y, por consiguiente, respetado en su dignidad y derechos por el estado que lo auspiciaba. Su soberanía se hacia efectiva en su trabajo, familia y lugar de residencia (municipio). No necesitaba que nadie le proclamara la soberana mentira de que lo era, por el mero hecho de poder ir a votar, sin mayor conocimiento de si lo que votaba le favorecía o perjudicaba. Por ello, la Era de Franco, cuyo beneficio al pueblo español resulta inversamente proporcional al odio que aún le profesan sus derrotados enemigos de ayer, de hoy, y de siempre, incapaces de preservar nuestra cultura y civilización, de mantener la unidad de nuestra patria y un mínimo del estado de bienestar que nos legó, duró mientras vivió su providencial autor y es hoy recordado con nostalgia.

 

Como debo ser sincero, salvo el resultado de Vox y la incógnita de lo que pudieran hacer y decir sus parlamentarios electos, no pensaba que nuestros males fueran a tener remedio tan fácil y rápido, por el mero hecho de que el socialismo español obtuviera, ahora, la irrelevancia del francés o italiano, que aventuro no tardará mucho.

 

Aquí la raíz del mal es muy profunda y no solo habita en la política, su consecuencia, sino en el alma metafísica de un pueblo confundido, anestesiado o dormido, como el español - inoculada desde la enseñanza, los medios de comunicación y la nula ejemplaridad de sus representantes - que acepta la mentira como instrumento habitual del poder y le sigue dando su apoyo. Una sociedad tan profundamente corrompida, está muerta, aunque no tenga conciencia de ello. Solo requiere de tiempo y del sepulturero, ahora disfrazado de comunista amable o de islamista moderado.

 

Esta ceguera voluntaria tiene diversas causas, pero un solo efecto demoledor: La perdida de confianza en los políticos para encauzar la necesaria regeneración.

 

Las dos formas de impostura y corrupción que concurrían a las elecciones, son diferentes en su naturaleza y efectos, pero muy perniciosas ambas. La socialista, de izquierdas, progresista y de cuanta “bonhomia” se irrogue: prohíbe, persigue, impone, regula hasta la conciencia y la historia, confisca, empobrece, arbitra, corrompe, sectariza, ofende, humilla, dicta, absorbe, ensombrece y desespera. Pero la otra falsaria opción de la derecha sin valores, que es centro, solidaria, feminista, abortista con sordina y legitimadora de lo que la izquierda señale, nos lleva: a la estupidez feliz, la anestesia del consumo, el egoísmo del avaro, la avaricia del pobre, la comodidad del necio, la ambigüedad sin compromiso, la huida de la verdad, la cobardía del ánimo, la razón de lo conveniente. A climatizar el infierno y enfermar las almas. En la voluntaria ignorancia que asiste al pueblo, no se cual de las dos opciones preferirá apoyar, en la segura eutanasia de nuestra civilización.

 

Hay políticas sin posibilidades y políticos sin argumentos validos, razonables y contrastados, pero eso importa poco. Se vota imagen, siglas, ideas fuerza básicas que lleguen con facilidad y habiten, durante un tiempo, en la mente humana configurando su conciencia, sin mayor propósito que el de gobernar el mayor tiempo posible y hacer imposible la alternancia en el poder. Se han creado estructuras – partidos - de poder, en el Estado, que suplantan la soberanía al pueblo y secuestran la nación histórica, impersonal y permanente. Y lo peor es que esos partidos/Estado lo han invadido todo, hasta las parcelas más intimas de nuestra configuración mental o emocional.

 

Pero no hay políticas sin riesgos. Nuestra forma de pensar y su correlación en el actuar tiene consecuencias, y las estamos viendo y sufriendo en todos los ámbitos de la vida personal, cultural, social, económica y política. La libertad de un pueblo, suma individualizada de sus ciudadanos en un ámbito normativo de derechos y obligaciones, no es completa si no mantiene intacto su margen de elección para poder cambiar las cosas en la arena despiadada del Estado. No hay más camino para España que la rebelión pacifica, permanente y sin concesiones, o la sumisión, la decadencia y la desintegración espiritual, histórica y territorial. Está Vox en ello?. Démosle tiempo y tengamos paciencia y esperanza, aunque las trazas de algún dirigente no inviten al optimismo.

 

Si queremos el cambio necesario, que demanda el pueblo español en la difícil coyuntura a que nos ha llevado la política de servidumbre cipaya, desde la transición, es preciso atacar el eje del sistema clientelar instalado en la presente democracia: la implantación ideológica.

 

Las ideologías más degradantes y caducas del siglo XIX, que esclavizaron a medio mundo en el XX. vuelven a ser asumidas, hoy, como sostenía Revel, con una “triple dispensa”: dispensa intelectual, dispensa práctica y dispensa moral. La dispensa intelectual, como legado de Gramsci para embaucar a la sociedad occidental, opulenta y descreída, consiste en admitir sólo los hechos favorables a sus tesis, inventándolos si es preciso; y en negar, omitir, olvidar o impedir que sean conocidos los hechos contrarios a sus intereses. Así nacen las leyes ideológicas, esenciales, para imponer a la sociedad la indigencia intelectual de la mentira, la manipulación o el error consciente. Así padecemos la ideología de género o la Ley de Memoria Histórica, auténtico cáncer de la sociedad abierta actual. La dispensa práctica de socialistas y afines ideológicos, como dogma de fe, suprime el criterio de la eficacia y hasta la refutación de sus fracasos. Su autoridad, les exime de mayores explicaciones. La dispensa moral, dónde la ideología sustituye a la moral y suprime toda noción preexistente del bien y el mal, con lo cual, el vicio, la corrupción o el crimen de estado para el común de los mortales, no lo es para ellos, absolviendo los crímenes o genocidios del pasado por su ideología. Lo estamos viviendo con el relato de la II República y la obligación de blanquear la mentira mediante Ley, mal llamada de memoria histórica.

La encrucijada, más allá de la gimnasia revolucionaria y pre-democrática, es que tengamos que decidir un día entre la democracia o la unidad de España; entre un paréntesis que se vuelve a cerrar ante nuestros ojos, o la nación imperial y civilizadora que agotó su ser en empresas heroicas; entre una nación destruida en Taifas y un pueblo arruinado, o la ortodoxia de Vázquez de Mella, Donoso, Balmes, Ramiro, Onésimo, José Antonio y un largo etc; entre las dos republicas y Francisco Franco. Porque la democracia podría durar en su formulación y practica de la herencia greco-romana, pero no desde la vana retorica construida por sus enemigos para llegar al poder y destruirla. La actual constitución y la ausencia de su cumplimiento o que faculta al estado de derecho, para su modificación, ha puesto en marcha la maquinaria más implacable de destruir nuestra Nación y la democracia.

 

Porque el enemigo interior de nuestra democracia está inscrito en nuestras propias leyes. El enemigo interior de la democracia y de la vertebración de España juega con ventaja, porque explota todo el desacuerdo inherente a la democracia. Bajo la oposición legítima, bajo la critica reconocida como prerrogativa de todo ciudadano, se oculta el propósito de comunistas y separatistas, con los compañeros de viaje, de la búsqueda activa del poder absoluto y el monopolio de la fuerza.

 

Por eso debemos advertir que la democracia no puede ser ese régimen paradójico que ofrece a quienes quieren destruirla, la posibilidad única de conseguirlo en la legalidad, en virtud de un derecho que le puede ser reconocido, incluso con apoyo del enemigo exterior. Que debe distinguirse entre el oponente leal que utiliza una facultad prevista por las instituciones, del adversario que viola esas mismas instituciones, sin temor a la reacción de la Ley y del estado de derecho, impedidos de actuar por miedo a verse acusados de traicionar sus propios principios. Así paralizamos cualquier acción legitima que pretenda defender las instituciones. Nuestra nación y civilización no puede sentirse culpable de todo lo que es, de todo lo que hace, de todo lo que piensa, sino encontrar la energía y convicción para evitar nuestra muerte o sometimiento.

 

Debemos impedir la ascensión en España de ese Estado omnipresente, omnipotente y omnisciente que visionara Tocqueville. Un Estado protector, contratista, educador. Un Estado médico, empresario, librero. Estado compasivo y depredador, tirano y tutelar; economista, periodista, moralista, transportista, comerciante, publicista, banquero, padre y carcelero a la vez. Que despoja y que subvenciona.

Y tengamos muy presente, ese Estado se instala sin violencia, con un despotismo minuciosamente estudiado y elaborado sobre la enseñanza, los medios de masas y la agitación social. Su poder se obtiene mediante gradaciones insensibles, proliferando en extensión mediante el deseo de los ciudadanos, cuyo individualismo les ha llevado a confiar más en el estado protector de las palabras que en los hechos de la cotidianeidad.

 

Aquí tenemos ya el germen de 1984 de Orwel y la foule solitaire ( La muchedumbre solitaria ) de Riesman. Aprestémonos, compatriotas, al combate de las ideas contra la impostura, en sus variados ropajes, confiemos nuestra entrega al amparo de la providencia y pensemos en escribir la historia de la próxima aurora hispana.

Compartir en: