Apologeta. Por Jaime Alonso

24 de enero de 2021 por Redacción FNFF

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Con la perversidad que toda norma ideológica impostada conlleva; con la arbitrariedad de su imposición doctrinal al conjunto de la sociedad; con la ingeniería social que pretende en aulas, medios escritos y audiovisuales; con el coste/beneficio que supone crear unas victimas y verdugos históricos; con la división y enfrentamiento social que ello genera; con el imposible encaje en la Constitución y democracia que pregona; y con el servilismo radical al que someterán al poder judicial; llegará al Parlamento y se aprobará por la “mayoría Frankenstein”, la “nueva normalidad” de la “nueva ley”, llamada con recochineo de “Memoria Democrática”.

Desde su aprobación y entrada en vigor, me declaro convicto y confeso apologeta del Régimen de Francisco Franco en toda su extensión y contenido; haciendo profesión de fe el considerar esos cuarenta años de paz, progreso y libertad real, como los mejores de la historia de España, desde los Reyes Católicos. Amén de manifestar sin rubor, temeridad o petulancia que dedicaré el resto de mi vida a tan digno combate; creyendo, humildemente, en la victoria sobre el impostor gobierno que nos roba la historia, la paz, la convivencia y la libertad.

Como toda persona que cultiva la apologética me dedicaré a demostrar documentalmente, con el auxilio de los historiadores, documentalistas y estudiosos que no se quieran plegar al totalitarismo de Sánchez, la verdad del régimen que sacó a España del albañal en que lo habían dejado los codiciosos, aventureros y falsos demócratas de la II República. Será una forma más de evitar que haya una Tercera.

Si los primeros apologetas griegos fueron escritores eclesiásticos que buscaron defender la fe cristiana de las acusaciones realizadas contra ella por parte de los paganos durante el siglo II y III. Hoy, los necesarios apologetas de Franco, debemos convertirnos en apologistas, es decir, defenderlo de palabra o por escrito y por acción, no cabe la omisión. Al sobrar los apologistas del liberalismo, del comunismo, del republicanismo socialista y del independentismo; nadie podrá negarme, digo yo, bajo el mismo estado de derecho, la apología del Franquismo, por muy superior que haya sido con respecto a las otras teorías políticas.

Seguiré la estela de Eusebio de Cesárea, Taciano, Atenágoras, Teófilo de Antioquía, Melitón Obispo de Sardis (Liria), Habermas o Chesterton. O de los rigurosos historiadores e intelectuales, cuyo compromiso con la verdad documentada, nos redime a todos: Ricardo de la Cierva, Luis Suarez, Pio Moa, Stanley Payne, Julio Merino, Luis Togores, Fernando Paz, Eduardo García Serrano, Manuel Álvarez Tardío, Roberto Villa, Federico Jiménez Losantos, Herman Tertsch, Ángel David Martin Rubio, Honorio Feito, Carlos Gregorio Hernández, José Luis Orella, Francisco Torres, Antonio Monroy, Manuel Ros, Jesús Palacios, Pablo Sagarra, Moisés Domínguez, Alberto Bárcenas, Javier Barraycoa, y tantos otros, cuyo compromiso en la búsqueda de la verdad documentada les libera y condiciona.

Santo Tomas de Aquino excepcional apologeta del cristianismo presentó cinco argumentos de la existencia de Dios, en la Suma Teológica. René Descartes en sus “Meditaciones” aproximó la razón a la fe. Blaise Pascal, esbozó un enfoque de la

apologética en sus “Pensées”: "Los hombres desprecian la religión; la odian y temen que sea verdad”. Y remediaron esa situación comenzando por mostrar que la religión no es contraria a la razón; sino venerable enfoque de la condición humana e inspiradora de respeto.

Lo mismo debe ocurrir con Franco; los exégetas del franquismo, ya sean historiadores, estudiosos, simples lectores de su espectacular y singular existencia, o anónimos transmisores orales de lo que les han contado sus padres o abuelos, deben argumentar las bases de su defensa. Se trata de defender la razón y hasta los sentimientos de una parte muy importante de españoles, incapaces de negarse a si mismos, ni a sus antepasados; ni de admitir sean tratados como vulgares malhechores o criminales. No queremos imponer dogmas, ni soportar los falseados por su memoria; por quienes han acreditado ser paladines de la mentira, la manipulación y el fraude.

Dado que nuestra responsabilidad es personal y colectiva; que está en juego la plena libertad de conciencia, la plena libertad civil y la plena libertad política de los españoles, no podemos permitirnos no enfrentar el reto o perder esa batalla cultural y política de enorme trascendencia. Por lo vivido, oído y leído en el devenir histórico nacional durante estos cuarenta y cinco años, puedo aventurar la victoria futura por la conjunción de tres actitudes que se producirán en la sociedad española y que dividiré en tres grupos, factores exógenos aparte.

La primera: “Los que conocen y buscan la verdad de los cuarenta años de la historia de España, gobernada por Franco”. Nuestra persecución y ostracismo se verá recompensada por la fuerza de la razón; por el legado de nuestros mayores que reconstruyeron esta nación a base de esfuerzo, sacrificio, concordia y en no repetir los errores del pasado. Así, bien mandados y con el único objetivo político de velar por los intereses generales, consiguieron industrializar el país y convertirnos en la novena potencia industrial del mundo. Y eso lo llevamos en el ADN y les resultará muy difícil devolvernos a “su pasado”, que manipulan o desconocen.

La segunda: “Los oportunistas de toda laya y condición que explicaron la transición como una ruptura con el franquismo, atribuyéndose el éxito”. Esta amplia mayoría y la practica totalidad de las élites españolas se han atribuido el éxito de la transición, ocultando de donde vino, quien la promovió y cuales fueron sus presupuestos básicos (mimbres); figurando de manera interesada como una ruptura con el régimen del que traían causa todos los actores y se manifestó en Referéndum (Ley de Reforma Política). Ahora descubren que las leyes memorialistas, siguiendo su guion, pretenden finalizar en el origen: Si hubo una ruptura, deslegitimemos todo, incluyendo la Constitución, y volvamos a la República. Ello obligará a reposicionarse y queda retratado todo el falso relato que hemos soportado durante estos cuarenta y cinco años.

La tercera: “Los antifranquistas inteligentes, demócratas de distinto pelaje, que les disgustaría reconocer que Franco tenía razón, legitimándolo nuevamente “post mortem”, con cuarenta y cinco años de retraso”. Existe una “izquierda caviar” celosa de preservar su poder, ciertamente mejor preparada y más inteligente que los “mandarines” que se han hecho con el poder en España, con ánimo de quedarse. Ese no despreciable grupo de “Jacobinos de salón y mayo del 68”, tiemblan ante el desafuero

al sentido común de quien pretende vivir la realidad de 2021, como si estuviéramos en 1931. No se enfrentarán al Sanchismo hasta no verle como un cadáver político y derrotado en las urnas, no vaya a privarles de sus canonjías y prebendas. Perciben con nitidez que Franco va a ganarles nuevamente la batalla, esta vez de la democracia; la de la historia sólo Ángel Viñas la discutirá. Su única esperanza es que la derecha siga ensimismada con la alternancia del poder para que no cambie nada; y en la creencia de que la historia no tiene importancia; sólo el presente y el futuro merece su relato. 

La suprema debilidad de una idea o argumento lo acredita la necesidad de imponerlo por Ley, por la fuerza coactiva de una norma. La quiebra de cualquier sistema, se llame democrático o no, se produce con la pretensión de regular la conciencia y el modo de pensar (adoctrinamiento); agravándose si encuentra un poder judicial dispuesto a implementarlo. La falsaria Ley de Memoria Democrática caerá por su propio peso; por la fuerza de la libertad; por la inconsistencia de su fundamento y por el agravante de su arbitrario sectarismo.

Impulsada desde el poder, la ingeniería social bajo “palio memorialista”, tiene la finalidad de llevarnos a la III Republica sin aparente violencia y desde una legalidad superpuesta que vulnera de manera flagrante la propia Constitución. Como siempre ha ocurrido a lo largo de la historia del socialismo español, el ánimo de utilizar los recursos de la Nación en su provecho, resulta evidente, y se desprende de la dotación, en los Presupuestos Generales del Estado, con nueva Secretaria de Estado adjunta a la Presidencia. Y continuará, lo prevé el anteproyecto, indemnizando “a todo el que consideren victima del franquismo”. Tal lotería, en época de crisis, atraerá a innumerables oportunistas a la causa y favorecerá un mayor endeudamiento de los españoles, aún más agraviados por todos los conceptos.

Pero, ¿cómo podrá arbitrarse y coexistir ese anteproyecto de Ley, ni democrático, ni histórico, en el ámbito normativo de nuestra vigente Constitución, sin la voladura de su “corpus sustantivo constituyente”? Artículo 1: “España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político”. ¿Como arbitrar esa norma en el concierto universal de las naciones libres? Declaración Universal de los Derechos Humanos, Art. 19: “Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión”.

Con semejante Ley, se tomarán por delincuentes a inocentes e indefensas personas que, frente al Estado, lucharán por el anhelo de verdad que late en sus corazones e irriga la razón. ¿La Real Academia de la Historia permanecerá silente ante semejante atropello a su disciplina? Escribiremos, con la ayuda de Dios, la redención del pueblo y nación hispana, y la historia de la próxima aurora.

PUBLICADO EN EL CORREO DE ESPAÑA

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