Conocemos la verdad, pero ¿la reconocemos?, por Pedro González-Bueno

13 de noviembre de 2020 por Redacción FNFF

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Pedro González-Bueno Benítez

Revista Afán

En este año 20 del siglo XXI, año en el que la globalización ha quedado patente con un virus universal, entiendo que todo lo ocurrido en el pasado siglo se conoce con veracidad e incluso en detalle como nunca, en la historia de la humanidad, se ha conocido de un pasado siglo. Es la primera vez que tenemos a nuestras espaldas un siglo en el que la técnica nos ha ofrecido la posibilidad de conocer como vividos los hechos y la actuación de los actores humanos que, en mayor o menos medida, han influido en el curso de la Historia. La inmensa documentación de todo tipo de que hoy disponemos -libros, documentos, revistas, hemerotecas, fotografías, películas, grabaciones, ...- nos ofrece una información que , analizada en profundidad, se acerca a la verdad de los hechos. Citemos que sobre la reciente Historia de España se dice y es muy probable, que nunca se ha escrito tanto  como lo publicado sobre la guerra civil española.

Por todo ello las mentiras quedan desvelados, la Historia reinventada queda desenmascarada y los personajes, que de alguna forma han influido en el devenir de los pueblos, se conocen con claridad. Hoy tenemos la posibilidad de conocer la VERDAD de la Historia, lo que lógicamente supone afrontar el futuro con la ventaja de contar con una experiencia real. Pero, por una parte, el control de los medios de comunicación unido a Internet, permite movilizar a multitudes - ajenas al estudio y al conocimiento de la Historia- para con machacona y demagógica propaganda, alejarla de la verdad, y por otra, está la del conocedor de la misma que la maneja con intereses sectarios o sin objetividad. Post-verdad e interpretación partidaria de la Historia. Daré un ejemplo de esto último, comentando el artículo de Ramón Pérez-Maura, Reflexiones para un domingo de agosto (ABC, 23 agosto 2020). En dicho artículo todo lo que se dice es verdad, como que las seis personas que han ocupado la jefatura del Estado en España a lo largo del Siglo XX han muerto en el exilio; que el único que ha muerto en España ha sido Franco y que en el resto de Europa, y cita en especial a Francia, lo normal es que los jefes de Estado mueran en su país. Hasta ahí nada que objetar, pero que esa excepcionalidad que ofrece Franco se deba a "haber sido dictador durante casi cuarenta años", prescindiendo de lo que supuso para España, la jefatura de unos y otros (que está al alcance del que quiera conocerla), etc., sinceramente me parece una "boutade" fuera de lugar, que para colmo remata con lo que finaliza su artículo: "Queremos ser una democracia equiparable a las de nuestro entorno, pero estamos muy lejos de lograr serlo". Es alarmante el que la diferente aspiración que tenemos para España el Sr. Maura y yo, nos hagan llegar a conclusiones tan diferentes sobre unos hechos perfectamente conocidos de la Historia.

Y aquí estamos, en un mundo, al que además de un virus haber trastocado su pulso universal, parece empeñada en destruir la civilización forjada a lo largo de siglos. Y en esta vorágine ¿España? ¿Qué es de España? Yo diría que atraviesa por uno de los momentos más difíciles, si no el más, de su Historia. España se no reconoce, asumen y se enorgullece de su pasado, de la VERDAD HISTÓRICA, lo que supone recuperar su dignidad y sentido del honor, dejará de existir.

"Sí, nos duele España, entre otras muchas cosas, porque mirando a su pasado brilla por todas partes su historia  cristiana y se descubre que la fe de Cristo ha forjado nuestra patria, uniendo a regiones y pueblos diversos en un proyecto común, mientras que en los tiempos actuales vuelven los proyectos laicistas decimonónicos de borrar en ella toda huella de cristianismo para hace runa España que ya no sería España, sin raíces, sin Historia, sin Tradición, sin alma". (Homilía de Fray Santiago Cantera, pronunciada en la Abadía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, en la Solemnidad de Santiago Apóstol, 25-Julio-2020)

PD.- España no deja de ser católica ni por cambio de leyes, ni por contar con mayor o menos número de creyentes, al ser el pueblo español portador de unos valores, tradiciones y compromiso que les identifica como herederos de una cultura cristiana que forjó sus señas de identidad a lo largo de su centenario Historia. Otra cosa sería que España dejara de existir.

Y de Gibraltar ¿qué hubo? ¡Maldito gobierno aquel que no siente esa espina clavada en nuestra España!

 

 

 

 

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