"Franco", por Gonzalo Fernández de la Mora y Mon

06 de julio de 2021 por Redacción FNFF

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Gonzalo Fernández de la Mora y Mon

Boletín Informativo FNFF


Gonzálo Fernández de la Mora nace en Barcelona en 1924. Licenciado en Derecho y en Filosofía Pura por la Universidad de Madrid. Subsecretario de Asuntos Exteriores en 1974. Ministro del Gobierno español entre 1970 y 1974 Ascendió a Embajador de España, es nombrado Director de la Escuela Diplomática (1974-1977). Ex-Diputado a Cortes por Pontevedra (1977). Ha obtenido el Premio Nacional de Ensayo por su libro "Ortega y el 98" (1961), y el Premio Nacional de la Crítica por su obra "Pensamiento Español" (7 vols. 1963-69). "El Crepúsculo de las Ideologías" (1964) traducido a cuatro idiomas, ha tenido seis ediciones castellanas. Es autor de doce libros, entre los que destacan "La partitocracia"(1976) y "El Estado de obras" (1977); numerosos estudios filosóficos y jurídicos, y es miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas de Madrid, de la Societé Européenne de Culture y de la Hispanic Society of América.


Franco es, junto a Felipe II, la figura universalmente más polémica de nuestra Historia, y la proximidad cronológica le convierte, además, en pretexto dialéctico para los revanchismos y los rencores; pero, en cambio, su muerte y el actual diluvio revisionista de su obra eliminan la posibilidad de la lisonja o del oportunismo.

Hoy, hace falta muchísimo más valor para ser simplemente veraz con Franco que para ser denigratorio. Y son legión los que, incluso casi tan próximos como Bruto, han reemplazado la admiración de antaño por el puñal de hogaño. No es un espectáculo ética mente estimulante. Quien en vida de Franco, ya pesar de su condición de escritor, no firmó ni una sola línea de elogio a su persona, se apresura ahora a cumplir el compromiso de honor intelectual de dar un desinteresado testimonio.

Las valoraciones históricas son necesariamente comparativas. Para juzgar a un estadista hay que contemplar tres datos fundamentales; la herencia recibida, la obra realizada y la gestión de los sucesores. La grandeza de Isabel viene básicamente dada por la comparación con el atroz reinado de su hermano Enrique IV e, inversamente, la gloria de Carlos III se agiganta por los errores de su hijo, Carlos IV. A un gobernante lo aminoran o enaltecen los que le han precedido o los que vienen detrás de él. A este razonamiento responde la expresión coloquial «hacer bueno» a alguien.

Para juzgar el mandato de Franco ya disponemos del «antes», que es la II República; pero apenas si empezamos a vislumbrar el «después», la España de la ruptura. El período 1936-1975 sólo podrá ser plenariamente valorado cuando se conozca el balance de la operación política que ahora estamos viviendo. ¿Haremos mejor o peor a Franco? Para responder a esta interrogación todavía en demasiado pronto, aunque proclamo mi vehemente deseo de que los acontecimientos se produzcan no como en la sucesión de Felipe II, sino como en la del emperador Carlos, es decir, en línea ascendente.

Si comparamos la España recibida con la legada, Franco es, evidentemente, uno de los máximos gobernantes de nuestra Historia. Repasemos ciertos puntos de objetiva y contrastable referencia:

1. La «salida» de la segunda República fue todavía peor que la de la primera, puesto que desembocó en una terrible guerra civil. En cambio, la sucesión de Franco se produjo de modo pacífico y jurídicamente impecable. Ni el menor roce sufrieron el Estado de Derecho o el orden social. En este caso, la experiencia nacional desmintió, una vez más, el falso tópico de que de los regímenes personales o autoritarios se sale peor que de los regímenes asamblearios o libertarios.

2. Franco se encontró con el vacío institucional; no había Estado, ni apenas administración. La Constitución de 1931 no era simplemente un papel mojado, como o fueron la mayoría de nuestras Constituciones, era un papel troceado por las constantes transgresiones, y aniquilado por su intrínseca inoperatividad. En julio de 1936 no había ni monarquía ni república, ni dictaduras, ni democracia, ni presidencialismo ni parlamentarismo, ni oligarquía ni partitocracia; no había ningún tipo de régimen; era el nihilismo institucional. Franco lega un Estado coherente y cabalmente articulado, cuyas restauradas instituciones, sin una sola excepción —Corona, Cortes, Consejo del Reino y Gobierno— han funcionado sin la más mínima fricción jurídica. Todo estaba perfectamente atado, lo cual no impide que toda atadura humana pueda ser, por definición, desanudada a manos de los hombres.

3. En juicio de 1936, los restos de la exigua y desvencijada administración republicana se desplomaron. Hubo que rehacerlo todo: los ministerios, las corporaciones, la judicatura, el ejército, etcétera. A la muerte de Franco, España contaba con la Administración más eficaz de su historia, ampliada con nuevos cuerpos técnicos, dotada con instrumentos tan decisivos como el instituto Nacional de Industria, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, el Instituto de Emigración, la Junta de Energía Nuclear, el Instituto de Cultura Hispánica, la Banca Oficial, la Seguridad Social, etcétera. Era el mecanismo que conduciría al llamado «milagro español».

4. En 1936, España era una nación socialmente subdesarrollada, con un vergonzoso porcentaje de analfabetos con abrumador predominio del sector agrario, con fuerte paro, con una endémica y elevada emigración ultramarina, con un bajo nivel sanitario, con una clase trabajadora desvalida ante el desempleo y la enfermedad con uno de los niveles de vida más bajos de Occidente, y con una inmensa distancia entre amplios sectores miserables y una restringida oligarquía. A la muerte de Franco, España era una nación letrada, con una Universidad de masas, con una emigración orientada hacia Europa y reducida una tercera parte, con una gran mayoría del proletariado transformado en clases medias, con cotas internacionales de sanidad, con pleno empleo, con una Seguridad Social generalizada, y el país se había convertido en la novena potencia industrial del planeta. Salvo en el Japón contemporáneo, en ninguna otra nación se había producido una revolución social tan extensa, tan profunda y tan positiva.

5. La infraestructura nacional era paupérrima en 1936, y casi inexistente después del conflicto. Durante el mandato de Franco se construyeron más de quinientas grandes presas, decuplicando la capacidad hidráulica y colocando a España en el tercer lugar del mundo; se multiplicaron por cinco las tierras regadas por planes estatales, se multiplicó por cinco la longitud de los grandes muelles portuarios, se construyó una red nacional de autopistas y millones de viviendas, se modernizaron y pusieron a nivel transpirenaico las carreteras básicas, se duplicaron lo suburbanos, se electrificaron los ferrocarriles primarios se creó la red de televisión, se multiplicaron las redes de teléfonos y de transporte de energía y se batió un récord mundial en el número de aeropuertos por habitante. De una infraestructura cuasi africana se pasó a una infraestructura continental.

6. Franco recibió un país en guerra civil, con una densa tradición de conflictos interiores y exteriores. Desde principios del siglo XIX, la vida española estuvo turbada por las guerras (napoleónicas, americanas, carlistas, antillanas, africanas), las revoluciones y las algaradas innumerables. El legado de Franco fue la neutralidad durante la Segunda Guerra Mundial, y la etapa de paz interna y externa más dilatada de nuestra Historia desde la romanización. No aportó sólo una victoria en la contienda civil, sino el más alto grado de seguridad ciudadana que había conocido la nación, por lo menos en la Edad Contemporánea. Si se compara el país de 1936 con el de 1975, o sea, la herencia con el legado, hay que proclamar que, bajo el mandato de Franco, los españoles realizamos el esfuerzo relativo y absoluto más fecundo de nuestra historia peninsular. Si europeización es sinónimo de racionalización y de progreso, Franco aparece como el estadista más europeizador de la España contemporánea. Y si, desde la unida, pacifica y desarrollada España recibida somos capaces de hacerla más solidaria, más ordenada, más próspera y más libre, nos lo premiarán nuestra conciencia y la Historia; mas si la disgregamos, la empobrecemos y la encanallamos, habremos realizado indirectamente, la suprema apoteosis histórica de la persona de Franco, pero no tendremos perdón.

 

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