La seguridad de Franco, por Álvaro de Diego

21 de octubre de 2022 por Redacción FNFF

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Álvaro de Diego 
Director del Departamento de Periodismo y Narrativas Digitales de la Universidad CEU San Pablo
 
 
 
En un reciente artículo, «Anarquistas cobardes», ha recordado Alfonso Ussía las escasas medidas de seguridad que rodeaban al general Franco. Existe una poco conocida anécdota al respecto que confirma la relativa exposición del vencedor de la Guerra Civil a un hipotético atentado. En 1958 el ministro Castiella nombró director de la Oficina de Información Diplomática a un competente miembro de la carrera llamado Adolfo Martín-Gamero. Entre las atribuciones del puesto figuraba la gestión de las entrevistas solicitadas por los reporteros extranjeros con el jefe del Estado. La primera de las que tuvo que afrontar Martín-Gamero correspondió a Serge Groussard (1921-2016), del rotativo conservador Le Figaro. Por aquel entonces el general De Gaulle acababa de acceder al poder con motivo de la crisis de Argelia y el régimen español intuía, a propósito de ello, la posibilidad de corregir la política antifranquista del país vecino. Curiosamente, el periodista francés en cuestión, hijo de un coronel gaullista, exprisionero de los nazis y capitán paracaidista en Argelia, era un antifranquista confeso que había defendido públicamente el derribo de Franco. Acudía a España tras haberle encargado al diario galo la realización de una serie de entrevistas, «Los que lideran el mundo», que incluía conversaciones con otros hombres de Estado como Kruschev, Nehru, Eisenhower o Salazar.
 
Autorizado el encuentro por la Casa Civil del jefe del Estado, se programó el vuelo de Groussard desde París, su paso por la sede del Ministerio de Asuntos Exteriores para enfundarse el preceptivo chaqué y la posterior salida en coche oficial hacia El Pardo. No obstante, al aterrizar el avión en Barajas, el 16 de abril de 1958, no le aguardaba ningún representante de la embajada francesa en Madrid. Ni corto ni perezoso, Groussard se subió en un taxi e indicó al conductor que le llevara a «casa del general Franco, que me espera». Espantado al enterarse del incidente, Martín-Gamero se personó del inmediato en el Palacio de El Pardo, donde encontró al francés con su maleta, plácidamente repanchingado en un sillón. Poco después, vestido con un arrugado traje de color gris perla, el invitado accedía al despacho del jefe del Estado.

 

El encuentro duró unas dos horas y media y no se ciñó al cuestionario previo, como daría cuenta después Martín-Gamero, que acostumbraba a actuar como intérprete en estos diálogos. Franco se prestó al juego de incisivas preguntas con absoluta tranquilidad, a juicio del diplomático, quien en realidad intervino poco, pues Groussard preguntó en francés y Franco respondió en español. Ambos se comprendían perfectamente. El reportero francés preguntó todo lo que quiso (como la anterior relación del régimen con el Eje o el asilo del filonazi León Degrelle) y, llamativamente, a Franco pareció divertirle su desenvoltura. Con independencia de las discutibles respuestas de este último, que se desmarcó de los fascismos («sería pueril calificarme de dictador»), apuntó la salida monárquica y rebajó la violencia de la represión en la posguerra, aún hoy sorprende la confesión con que el periodista «demócrata» cerraría su pieza en Le Figaro: «Excelencia: En 1938 traté de alistarme en las tropas republicanas, y a última hora no pude hacerlo porque sólo tenía diecisiete años. No han variado, de entonces acá, mis sentimientos. Si la historia pudiera empezar de nuevo, en las filas de los republicanos españoles trataría yo, hoy todavía, con toda mi alma, de luchar. Y dando esto por sentado, he comprendido, en el curso de esta entrevista, que usted es un hombre digno de estimación. Para mí es un deber decírselo; es un sentimiento de honor».
 
Sorprende quizá mucho más que, de regreso a Madrid, Groussard hubiera confesado su estupefacción ante la escasa protección policial que rodeaba al inquilino del palacio de El Pardo. A Martín-Gamero le comentó el contraste con su visita al Kremlin, donde casi se le había desnudado ante un detector por una simple estilográfica: «Acabo de visitar a uno de los más famosos dictadores que existen en el mundo, de quien se dice que vive atrincherado tras un formidable sistema de seguridad; y yo he llegado solo hasta la puerta de su despacho sin más que invocar mi nombre y mi condición. ¡No lo entiendo!».
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