El Madrid de Franco (II), por Jesús Suevos

24 de febrero de 2022 por Redacción FNFF

Compartir en:

Jesús Suevos

Boletín Informativo FNFF nº 43

 

Cuando cesa Mayalde, en el año de 1964, llega a la Alcaldía de Madrid Carlos Arias Navarro. Entonces comienza —es justo decirlo— la Edad de Oro del Ayuntamiento de Madrid. Aquellos años en que nuestra Villa alcanzó el ápice de su historia. Yo hace muchos años que he escrito un artículo en una revista que editaba el Ayuntamiento y que se llamaba Villa de Madrid y dirigía ese magnífico periodista que se llama Rufo Gamazo, que titulaba: «Ocho años que valen por ochenta». Porque en el tiempo que Carlos Arias fue su Alcalde, Madrid obtuvo su máxima transformación y pasa de los dos millones a los tres millones de habitantes. Aumenta enormemente el parque automovilístico y se realizan obras realmente extraordinarias. Carlos Arias lanza la consigna de la inauguración de un parque por año. Consigna que fue rebasada con mucho porque hubo años en que se inauguraron dos o tres parques. Fue el momento en que se construyeron todos los pasos a desnivel de Madrid y todos los aparcamientos subterráneos en que se abrieron cien kilómetros de galerías de servicio y se hizo aquella «operación asfalto» que en dos meses asfaltó cuatrocientas calles madrileñas. Y, sobre todo, Carlos Arias realizó en Madrid tres obras extraordinarias: tres grandes espacios verdes en el centro mismo.

Madrid es una ciudad, que aunque no lo parezca, tiene muchos espacios verdes. Lo que pasa es que los tiene mal distribuidos. Están fuera del casco de Madrid. En cambio es muy pobre de «squares», de pequeños parques o plazas ajardinadas en el interior. Cosa prácticamente imposible de arreglar, pues crearlos supondría un gasto absolutamente insoportable. Pero Carlos Arias consigue el milagro al derribar la vieja Casa de la Moneda y construir en su sitio un espléndido jardín: una de las plazas más grandes de nuestra ciudad. Que además de bella es extraordinariamente útil, pues en sus entrañas se ha edificado un gran aparcamiento y un Centro Cultural, con un Teatro, con una Sala de Exposiciones y una Sala de Conferencias. Es decir, que dota a Madrid de algo realmente ejemplar y del que estaba muy necesitado. Y además sobre el solar del Cuartel de la Montaña, donde se proyectaron una serie de Ministerios, Carlos Arias lo consigue rescatar para Madrid para convertirlo en un nuevo parque con una admirable vista sobre la Casa de Campo y coloca allí el templo de Debod, el templo egipcio que el gobierno de Nasser había regalado a España. Y, por si fuera poco, adquiere para Madrid el Cuartel del Conde Duque, del que ahora tanto se presume, pero que se compró entonces, no ahora. Y donde se instaló la Hemeroteca Municipal, espléndidas salas de exposiciones y donde se había proyectado que en los tres patios interiores rodeados por columnatas se creasen tres plazas ajardinadas de acceso público, algo parecido a la Place Royale de París.

Así pues, cuando Carlos Arias deja la Alcaldía de Madrid podría presumir de que fue el Alcalde que rigió a nuestra Villa en el momento de su máxima prosperidad, de su máximo prestigio. Se decía entonces en Madrid que dos Carlos habían destacado en su historia: Carlos III y Carlos Arias.

Cuando cesa Carlos Arias, llega a Madrid otro Alcalde, Miguel Ángel García Lomas, un hombre cordial, impetuoso, leal, al que le tocaba la difícil tarea de continuar una labor extraordinaria. Pero lo hizo como el ímpetu que le caracterizaba. A él se debe el colector de Butarque y la reforma de la Plaza de Olavide donde se derribó el viejo y destartalado Mercado para hacer una plaza ajardinada con un paso subterráneo y un aparcamiento; y fue García Lomas el que adquirió para Madrid ese maravilloso parque que está esperando ser abierto al público y que se llama la Alameda de Osuna. Y él tuvo el privilegio, el triste privilegio, de ser el que en nombre de Madrid, despidió a nuestro Caudillo Franco en la Plaza de Oriente mes y medio antes de su fallecimiento. Pero sería injusto, señoras y señores, que cuando hablo del Madrid de Franco hablase de los Alcaldes y del Ayuntamiento de Madrid. Porque es cierto que ellos fueron el eje sobre el que giró toda la tarea, pero también es cierto que el Estado español, empujado por Franco, dio a Madrid toda clase de facilidades y beneficios. Todos los Ministerios colaboraron entusiásticamente en el desarrollo de Madrid, sobre todo el de Obras Públicas, el de la Vivienda y el de Educación Nacional. Y ahora, señoras y señores, recuerdo una frase del novelista francés Stendhal que dice que para escribir una novela no hace falta tanto la retórica como los detalles exactos. Y son los detalles exactos de los que querría hablaros aquí de lo realizado en el Madrid de Franco. Primero, la prolongación de la Castellana con la terminación de los Nuevos Ministerios que había comenzado la República y terminó el régimen de Franco. Prolongación que durante muchos años se llamó la Avenida del Generalísimo y que, si Dios quiere, volverá otra vez a llamarse así.

(Aplausos)

Y a continuación el llamado centro Azca, que es uno de los más importantes conjuntos arquitectónicos y urbanísticos de Europa. Y en esa misma prolongación el Ministerio que fue de Información y Turismo, hoy de Defensa, y el Ministerio de Economía. Y la reforma de la Puerta del Sol del año 1951. Y la reforma de la Plaza Mayor no sólo en su superficie, sino que también se construyó un gran aparcamiento y un paso subterráneo. Y el tercer trozo de la Gran Vía, en donde se colocaron esos grandes edificios que se llaman «España» y «Torre de Madrid» que pueden ser más o menos discutibles desde un punto de vista estético, pero que son piezas fundamentales de nuestra ciudad. Y la Plaza del Descubrimiento, la del Cuartel de la Montaña, de los que antes ya os he hablado, y la urbanización de Tres Cantos. Y las plazas que se hicieron en torno a la Gran Vía, para descongestionarla: la Plaza del Rey, la Plaza del Carmen, Tudescos, San Ildefonso, Bilbao, Santo Domingo. Y la canalización del Manzanares, de que tanto se presume ahora, pero que lo único nuevo que tiene son los patos, pues todo lo demás estaba ya hecho de antemano. Cinco mil cuatrocientos setenta metros de canalización. Y la prolongación del Metro. Y la terminación del subterráneo que une la Estación de Chamartín con la de Mediodía. Y las Urbanizaciones que rodean a Madrid: Puerta de Hierro, La Moraleja, Pozuelo, Majadahonda, Mirasierra y tantas otras. Y la Avenida de la Paz que tantos problemas ha resuelto en la circulación de Madrid. Y las autopistas de La Coruña, de Valencia y de Andalucía. Y las obras del Canal de Isabel II, gracias a las cuales Madrid ya no tiene problemas de agua. Y las fuentes monumentales, como la de San Juan de la Cruz, la de la República Argentina, la de la Plaza de España, la de la Casa de Campo, la de la Red de San Luis, la de la Plaza de Callao, la dedicada a Eugenio D'Ors, en el Paseo del Prado y la restauración de las viejas y hermosas fuentes de la Cibeles, Apolo y Neptuno. Y los parques: La Quinta de la Fuente del Berro, el parque de Eva Duarte de Perón, el de Azorín, el Parque Sur, el de Sancho Dávila, el de la Dehesa de la Villa, el de la Arganzuela, el de Parque de las Avenidas, Berlín, el de San Blas, el de Moratalaz, el de la Tinaja, el de las Vistillas, el de Aluche, el Parque Norte, el del Conde de Casal, todos ellos en sólo cuatro años. El Retiro, que completamente restaurado y en el que se hizo un jardín romántico de veinticinco mil metros cuadrados y otro de plantas vivaces de veinte mil. El arreglo del Paseo de Recoletos. Y el de la Casa de Campo que había quedado completamente arrasada en la guerra y fue ampliada en quinientas hectáreas, donde se hizo una repoblación a fondo con la ayuda del Ministerio de Agricultura, el acondicionamiento de los alrededores del Lago, construyendo una serie de pistas de tenis, y la Feria del Campo que era probablemente la más importante de Europa. Y el Parque de Atracciones, que Madrid no tenía y es hoy uno de sus mejores parques. El Zoológico, para sustituir a la misérrima Casa de Ferias del Retiro. Y el Teleférico que, desde el Paseo de Rosales hasta la Casa de Campo, hace que sea asequible todo este conjunto de atracciones.

Y los pasos a desnivel. El de la avenida del Mediterráneo con Reina Cristina, el de Alfonso XII con Claudio Moyano, el de Atocha, el famoso Scalextrix que evacuaba sesenta y cuatro mil vehículos diarios y que el arreglo que ahora se ha hecho no es capaz de absorber, el de Alcalá-Velázquez, el de la Plaza Mayor, el de Cuatro Caminos, el de Castellana-Juan Bravo, el de Fernández Villaverde-Joaquín Costa, el de Joaquín Costa-López de Hoyos y Avenida de América, el de la Plaza de Manuel Becerra, el de María de Molina-Serrano, el de la Plaza de' Benavente, el de Bailén-Ferraz, el del Puente de Toledo, el de la República Argentina, el del Doctor Esquerdo-O'Donnell, el de Conde de Casal, y el del Capitán Cortés con Delicias.

En cuatro años se hicieron diecisiete pasos a desnivel y los estacionamientos subterráneos que suman alrededor de quince mil plazas, cosa que probablemente, tienen muy pocas ciudades del mundo.

Y los deportes: los estadios Bernabeu y Vicente Calderón, el Palacio de Deportes que fue primero Municipal, el estadio de atletismo de Islas Filipinas, las quince piscinas municipales, las pistas de tenis de la Casa de Campo, los complejos deportivos del Barrio de la Concepción, de la Elipa, del Gran San Blas, de Carabanchel, de Vallecas, de Tetuán, de Moratalaz. Y el espléndido Parque Sindical que era el Parque obrero más importante del mundo.

(Aplausos)

Y la sanidad, esos espléndidos hospitales como el de La Paz, donde murió Franco, el Primero de Octubre, Puerta de Hierro, Ramón y Cajal, el Nuevo Clínico, la Ciudad Sanitaria Marañón y el de la Concepción que ahora quieren llevarse a Alcalá de Henares.

Y para no hacer esto interminable, las estaciones depuradoras y la Estación de Chamartín y los servicios de limpieza, que hicieron desaparecer de Madrid los traperos y los serenos, reminiscencias del siglo XIX. Ahora han querido volver a traer a los serenos y se ha visto que ha sido un fracaso. No porque los serenos no hiciesen una buena labor, que sí la hacían, sino porque ya no se corresponde con el nuevo Madrid.

Y las obras de saneamiento integral de que tanto se presume pero que nosotros dejamos en marcha.

Suele decirse que el régimen de Franco hizo muchas cosas materiales, pero que no se preocupó de las cosas espirituales, de la cultura. Pero no es verdad. Se multiplicaron las escuelas y los institutos en Madrid. Sólo en cinco años se habilitaron doscientos mil puestos escolares, lo que constituye un verdadero récord. Y en la enseñanza universitaria, cuando Franco llegó a Madrid había una sola universidad y además destrozada, derruida. Franco rehace la Ciudad Universitaria y crea tres nuevas Universidades: la Autónoma, la de Somosaguas y la de Alcalá de Henares.

Y los Museos. En tiempos de Franco, Madrid tiene sesenta Museos y se restaura a fondo, se amplía y se mejora extraordinariamente esa joya que es el Museo del Prado y se restaura también la Real Academia de San Fernando, y el Museo Romántico y el Casón pasa a ser una dependencia del Museo del Prado para exhibición de las pinturas del siglo XIX. Y se crea de nueva planta el Museo de Arte Contemporáneo en la Ciudad Universitaria. Y el Ayuntamiento crea un Museo de Escultura bajo el paso a desnivel de la calle de Juan Bravo sobre la Castellana y reconstruye la Escuela de Cerámica. Y se colocan en el Palacio Real las estatuas de las fachadas que dan a la Plaza de Oriente y a la Armería y se pavimenta esta última plaza. Se reconstruye el Teatro Real y el Conservatorio se establece dignamente en un viejo palacio de la calle ancha de San Bernardo y, por su parte, el Ayuntamiento restaura la Casa de la Villa y la Casa de la Panadería en la Plaza Mayor. Y se crea el Instituto de Cultura Hispánica que ahora se llama de Cooperación Ibérica o algo por el estilo, equivocadamente, porque cuando hablamos de Hispanidad o Hispanoamérica no nos referimos a España o Portugal si no a Hispania que es el nombre que dieron los romanos a nuestros dos países. Y, por tanto, el nombre justo de la América española y portuguesa es Hispanoamérica.

(Aplausos)

Y se crea también el Colegio Mayor de la Virgen de Guadalupe, adonde llegan jóvenes intelectuales de América, estudiantes algunos de los cuales que consiguieron altos cargos públicos en su patria e incluso alguna Presidencia de República, de ese modo Madrid era en aquel momento una ciudad realmente americanista.

Porque España no es sólo una nación. Muchas veces he dicho que si hay un símbolo que represente a la perfección el espíritu de España son las flechas y el yugo de los Reyes Católicos. Que es algo mucho más importante que el emblema de un partido o de un movimiento. Es la representación misma del alma de España. Las flechas y el yugo no tienen un origen político, sino un origen caballeresco-sentimental. Las damas y los caballeros del siglo XV adoptaban como emblema una palabra que comenzase con la misma letra que el nombre de la persona amada. Isabel la Católica escogió las flechas porque comenzaban con la F de Fernando; y Fernando escogió el yugo porque comenzaba con y griega como entonces se escribía el nombre de Isabel. En los monumentos que se conservan de los Reyes Católicos, esas flechas y esos yugos aparecen separados y las flechas son unas veces once otras siete y otras nueve. Pero la Falange, primero, y el Movimiento español después, las unió en un haz de sólo cinco flechas. ¿Y por qué sólo cinco flechas? Ellas mismas nos lo dirán si pudiéramos conversar con ellas y les pudiéramos preguntar: «¿Por qué estás ahí»

La primera flecha nos diría: «yo estoy aquí para señalaros todos los caminos de Europa. La Italia donde combatió el Gran Capitán; la Alemania donde combatió el César Carlos; Flandes, donde lucharon los Tercios del Duque de Alba». Y la segunda flecha nos diría «yo estoy aquí señalándoos los caminos de Asia en donde predicó, murió y está enterrado ese Quijote a lo divino que se llamó Francisco Javier, que no se contentaba con evangelizar naciones, sino continentes enteros». La tercera flecha nos diría: «yo os señalo todos los caminos de África. Túnez, donde combatió el Emperador Carlos; Orán, donde combatió el Cardenal Cisneros; Marruecos, donde combatió el Caudillo Franco». Y la cuarta flecha nos diría: «yo conozco todos los caminos de América, desde la Tierra de Fuego hasta la dorada California.» Y la quinta flecha nos diría: «yo conozco todos los caminos de Oceanía donde hay Islas que se llaman Filipinas por nuestro rey Felipe, Carolinas por nuestro emperador Carlos, Marianas por nuestra reina Mariana de Austria». Porque España no es sólo una nación, sino una gran empresa histórica. Y por eso, cuando en el siglo XIX un novelista francés dijo despectivamente que África comienza en los Pirineos, nosotros le podríamos replicar: «Sí es cierto, África comienza en los Pirineos. Pero con una condición: que Europa comience en Tarifa, que América comience en las Islas Baleares y Asia y Oceanía en el Cabo Finisterre

(Aplausos)

Señoras y señores: Perdonadme que me haya extendido tanto porque el tema era prácticamente inagotable y quería que llegase a ustedes la realidad de que Madrid alcanzó su máximo esplendor y prestigio en la era de Franco. Pero ahora a los que amamos a Madrid nos entristece ver el espectáculo de nuestra ciudad envilecida y sucia y que por el momento no parece tener remedio y muchos podrán desalentarse. Pero yo siempre recuerdo un verso de un gran poeta romántico inglés, Shelley, cuando decía: «Si caminamos por lo más duro del invierno, ¿no es esa precisamente la señal de que la primavera está próxima?» Y la Historia nos demuestra que siempre, en todas las grandes crisis, cuando parece que todo se ha perdido, aparece un hombre o un grupo de hombres que son ca-paces de enderezar la Historia. Y en todo caso, señoras y señores, si Dios no quisiera que nosotros pudiéramos ver la resurrección de España y de Madrid, repetiríamos la estupenda frase de aquel gran es-pañol que nunca ha existido, pero que nunca dejará de existir y que se llama Don Quijote. Aquella frase que dice: «Podrán los encantadores quitarme la ventura, pero el esfuerzo y el ánimo será imposible».


(Aplausos).

 

 

Compartir en: