Los héroes son eternos, por el Coronel José Luis Isabel

19 de marzo de 2019 por Redacción FNFF

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Los héroes son eternos, o deberían serlo si algunos canallas no lo impidiesen. Para conseguir que lo sean se les levanta monumentos, se les dedica placas con­me­mo­rativas, se elige su nombre para los callejeros de las ciudades y pueblos o se les dedica una calle. Todo ello con el fin de mantener vivo su recuerdo para que sirvan de ejemplo a posteriores genera­ciones.

La envidia y el odio tratan de que esto no sea así y desde la izquierda se viene luchando de forma rastrera para conseguir desterrarles de la memoria de sus compatrio­tas.

Al provenir estos ataques de los perdedores de una guerra no dejan de tener sentido, pues con ellos pretenden convertir una derrota en triunfo, algo natural para los que no reconocen la virtud ni la excelencia. Qué fácil es borrar un nombre de un héroe de un rótulo y sustituirlo por otro que, o bien no signifique nada para los españoles o se trate de alguien cuyo único mérito sea el ser de izquierdas. Pero, repito, es normal. Lo que no lo es tanto es que sus oponentes políticos lo admitan y no hagan nada para remediarlo y que un insulso personaje al que le aburrían los desfiles militares mantenga viva una ley impulsada por un descerebrado para dividir de nuevo a los españoles.

En estos tiempos los “valientes” no tienen más remedio que recurrir a soluciones un tanto civilizadas, como ampararse en la noche para derribar una estatua o cubrirla de pintura o cambiar el rótulo de una calle por otro. Tiempo atrás no fue así y el Gobierno del Frente Popular permitió que fuesen asesinados vilmente durante la Guerra Civil más de una docena de nuestros héroes, cuyo único delito era haber destacado por su valor. Para ello, no tuvo inconveniente en abrir la puerta de las cárceles de Madrid a los delincuentes encerrados en ellas y armarlos para facilitar sus asesinatos.

La provincia en la que se produjo un mayor número de asesinatos indiscrimi­nados fue Madrid –cerca de diecisiete mil-, lo cual tiene su lógica al haber mantenido en ella el poder el Frente Popular durante toda la contienda.

En cuanto a los militares, la escabechina comenzó al poco del alzamiento. No importó si estaban en activo o retirados, si eran ancianos o jóvenes, si estaban enfermos o sanos, si eran religiosos o laicos, a los asesinos del Frente Popular no le importaban estos nimios detalles.

El primer héroe en caer pudo ser el capellán castrense Jesús Moreno Álvaro, asesinado el mismo 18 de julio. No cabe duda de que dado su carácter de religioso y su edad, 66 años, constituía un grave peligro para el Gobierno, por lo que debía de ser eliminado.

Le seguiría el capitán de Infantería Luis Baquera Álvarez, que había ganado la Cruz Laureada en Marruecos tras participar en cuarenta y dos acciones de guerra. Las graves heridas sufridas al conseguir la Laureada le obligaron a pasar a la situación de reemplazo, que sería aprovechada por los valientes milicianos del Frente Popular para arrestarle y asesinarle el 29 de julio de 1936. Los honrados combatientes del Gobierno aprovecharon la ocasión para robar la Cruz Laureada que tanto le había costado ganar a este héroe de tan solo 37 años de edad.

El 15 de agosto de 1936 fue asesinado el general Eduardo López de Ochoa y Portuondo, de 59 años, quien a las órdenes del Gobierno de la República había sofocado la rebelión de Asturias y ganado por ello la Gran Cruz Laureada de San Fernando. En los primeros días del mes de agosto de 1936 se presentó un grupo de valerosos milicianos en el Hospital Militar de Madrid –actual Gómez-Ulla- para llevarse al general López de Ochoa, que se encontraba hospitalizado, con ánimo de asesinarlo. Se opuso a ello el Director del Hospital, el coronel médico Federico González Deleito, gran psiquiatra y destacado impulsor de la educación física en España y en el Ejército, que fue inmediatamente destituido por el Gobierno del Frente Popular y enviado a su domicilio. Los milicianos volvieron al Hospital el 17 de agosto y consiguieron llevarse al General, al que fusilaron en las tapias del estableci­miento. No contentos con ello, le decapitaron y pasearon su cabeza clavada en un palo por diversas calles de Madrid. Pero aquella chusma no perdonó la intervención de González Deleito y le sacó engañado de su casa con orden de incorporase al Hospital, siendo interceptado durante el camino y asesinado. ¿Qué habría sido de los españoles honrados si aquellos animales hubiesen ganado la guerra…?

Guillermo Nicolás Ordóñez había ingresado en el Ejército como soldado y ganado la Laureada en Marruecos siendo sargento. Retirado con el empleo de capitán en Figueroles (Castellón), el 27 de agosto de 1936 fue sacado a la fuerza por los milicianos de su casa y asesinado en la carretera de Castellón, arrojando su cuerpo a la cuneta.

Entre los médicos militares asesinados se encontraba el Laureado Antonio Vázquez Bernabeu, de 40 años. Le fue arrebatada la vida por los milicianos en Paterna el 29 de agosto de 1936, cuando se encontraba reponiéndose de una enfermedad. En esa misma población hubo al término de la guerra un campo de prisioneros, en el que quizá fueron encerrados, juzgados y ajusticiados los piadosos milicianos autores de tan cobarde crimen.

Para terminar por hoy, hay que recordar el cruel asesinato del piloto de Inge­nie­ros José María Gómez del Barco, de 35 años. Ingresó en el Ejército como simple soldado y ganó la Cruz Laureada en Marruecos siendo sargento. Se encon­traba destinado en Cuatro Vientos al estallar el alzamiento y se negó a volar con las tropas gubernamentales, por lo que fue arrestado en su domicilio, del que fue sacado el 18 de septiembre de 1936 y asesinado, encontrándose su cuerpo en la carretera de Aravaca.

La Laureada que estos héroes lucían en su pecho no supuso un freno a los aguerridos combatientes del Gobierno, antes bien un acicate. De los seis valientes asesinados dos habían comenzado su carrera militar como simples soldados. No se trataba, pues, de un odio a la aristocracia militar, sino simplemente de odio a sus propios hermanos. De los seis, la mitad se encontraban enfermos o recuperándose de las heridas recibidas en combate, de lo que se aprovecharon los cobardes milicianos para que no peligrasen sus vidas al cometer tan afrentosas hazañas.

Esto sí es verdadera “Memoria Histórica”.

 

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