Las cartas de una guerra, por José Miguel Hernández

14 de octubre de 2021 por Redacción FNFF

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José Miguel Hernández

Historiador

 

 

                En abril de 1938, las tropas del general Franco habían llegado a Vinaroz, provincia de Castellón, consiguiendo dividir el territorio republicano en dos. La Guerra iniciaba así su lento camino hacia el final, que llegaría en el mes de abril de 1939. En el diario Treball, de filiación comunista, y en su número 561, correspondiente al viernes 6 de mayo de 1938, aparecía la siguiente carta en la página 4 dentro de la sección Soldado: ¿qué deseas? ¿Qué necesitas?

Estimadas compañeras: Después de saludaros, a todas las mujeres que participáis en el Comité de Mujeres Antifascistas de Ayuda al Combatiente he de comunicaros que al conocer vuestra gran obra de humanidad tuve una gran alegria, al ver que vosotras, al no poder ocupar un lugar en el frente, hacéis una obra tan necesaria, tan humana como nosotros que, si es necesario, derramaremos nuestra sangre por la libertat. Porque vosotras sois las que, en estos momentos que muchos hijos se han quedado sin padres y sin madres y otros, por circunstancias de la guerra tienen sus familiares al otro lado, sois sus verdaderas madres, porque sois las únicas que podéis socorrerlos. Yo no he llegado a ninguno de estos dos extremos, pero a mí me ha tocado venir aquí a defender Catalunya y desde hace dos meses no sé nada de mi familia y solo tengo lo que llevo encima. Así es que lo que más necesito, si me lo podéis enviar, son unos calzoncillos, una camiseta, una camisa, jabón, un cepillo y pasta de dientes y un par de calcetines. Quedaré muy agradecido, aunque no me lo podáis enviar todo. Podeis pedir si en algo puedo seros de utilidad. Queda a vuestras órdenes vuestro compañero Vicenç Fort”.

                El día 13 de mayo de 1938 el alférez José Lardiés, perteneciente al Regimiento Cádiz 33 del ejército nacional y destinado en Peñarroya, provincia de Córdoba, escribía a la señorita Carmina Sánchez para pedirle que fuese su madrina. Alegaba que “…como en la trinchera las cartas son tan necesarias como el rancho de ahí que yo necesite una sevillanita que me alegre un poco mi vida”. Y terminaba: “No quiero ser pesado, perdone mi atrevimiento y reciba un cariñoso saludo de este que aspira a ser su ahijado[i].

Dos hombres, dos cartas escogidas entre las fuentes estudiadas, que conservan los Archivos, que aparecieron en la Prensa de entonces o que han permanecido ocultas en carpetas familiares, deteriorándose con el paso del tiempo. Dos historias en las que dos hombres manifiestan unas determinadas necesidades, materiales y de relación humana. El estudio de las cartas, aunque un campo de investigación que comienza a ser muy estudiado, sigue siendo una rareza en el panorama historiográfico. Y, como bien puede intuirse, son magníficas a la hora de acercarnos a la experiencia cotidiana de los soldados en ambos frentes de combate: a su estado anímico, la preocupación por sus familias, las relaciones personales… entre otras que intentaré expresar a lo largo de estas líneas.

En ambos bandos se elaboraron relatos embellecidos por la propaganda oficial para motivar a los reclutas. La realidad era muy diferente: en una carta que se escribió a finales de 1938 y que fue objeto de la censura militar en parte de su contenido, José Valls, soldado republicano, le decía a Juana Pérez que “hace quince meses que me incorporé y me parece que hace quince años, si al menos acabase bien pronto esta mierda de la que estamos todos muy hartos[ii]. Un capellán del Tercio de Requeté Carlista explicaba en su diario el 9 de mayo de 1937: “Todo el mundo está agotado y asustado, pero nadie piensa en retirarse, aunque por la mente de muchos, cruce la esperanza de recibir un tiro de suerte que lo llevaría a descansar al Hospital[iii] Pasado el entusiasmo inicial, el número de voluntarios cayó en picado y ambos gobiernos recurrieron a la recluta obligatoria de soldados. En el bando nacional fueron muchos los voluntarios que procedían de Falange, del Carlismo, de la CEDA y del Partido Alfonsino. A ellos habría que añadir los soldados que estaban cumpliendo el servicio militar, a los que se unirían poco después los reemplazos de 1931 y 1935. En el bando republicano, por su parte, hay que recordar que Santiago Casares Quiroga, presidente del Gobierno en aquél entonces, procedió a disolver las unidades militares que se habían unido a la sublevacion de Julio de 1936. Esto no afectó a las unidades que estaban en el territorio sublevado, pero sí en la zona gubernamental, creando un terrible problema de falta de efectivos con los que responder al golpe. Ello explica la formación de milicias populares, afectas a diferentes partidos políticos y sindicatos. Poco dados a admitir la influencia de los militares profesionales (a los que veían con recelo e identificaban como aliados de la clase opresora) mostraron valentía, pero, también, inexperiencia e indisciplina. Muchos milicianos, según los informes militares, no aguantaron y huyeron ante las privaciones de la guerra: hambre, sed, frío. Esta enmarañada situación y la evidencia del escaso interés por ir a combatir llevó al gobierno republicano a tomar una medida impopular: la cración de un mando único, especialmente mal vista por la CNT y el Partido Comunista. El día 16 de octubre de 1936 apareció en la Gaceta de Madrid la Orden del día anterior y firmada por el que era ministro de la Guerra, Francisco Largo Caballero, por la que se creaba el Ejército Popular Regular. Esta decisión implicaba la integración y unificación de todas las milicias bajo una sola estructura de mando y, al mismo tiempo, amparándose en el artículo 37 de la Constitución, ordenaba la movilización de la ciudadanía para el cumplimiento de sus deberes militares[iv].

 La triste paradoja es que estos soldados reclutados a la fuerza, muchos de ellos hombres de izquierdas reclutados en el Ejército nacional, tuvieron que luchar contra hombres de derechas reclutados en el Ejército republicano. Pero la enorme mayoría de todos ellos era inexperta en la guerra y había que prepararlos para ella, técnica e ideológicamente. En ambos bandos, y atendiendo a su composición heterogénea, se recurrió a la propaganda uniformizante en carteles y prensa escrita, que presentaba al contrario como alguien peligroso al que había que eliminar. También se estableció un fuerte control y vigilancia, castigando con severidad la indisciplina, la desviación ideológica y premiando los sentimientos de valentía, asociados a la masculinidad.

Y todo ello acompañado por un gran problema para ambos gobiernos: había que vestir a los nuevos soldados, armarles, curarles cuando fuesen heridos o enfermasen, alimentarles y proporcionarles un sueldo, además de establecer todo un sistema de permisos para el descanso necesario. Al final, tal y como afirmaba Enrique Líster:

“repartir comida y café calientes, coñac y vino fresco, era más efectivo que los discursos destinados al enaltecimiento patriótico[v].

Una carta sin fecha, escrita por un soldado republicano a otro compañero, explica que “hace por lo menos dos o tres meses que no desayuno (…) cada vez van desquitando la ración de carne. Alguna vez de cordero o congelada, pero las más de las veces es de burro, que con solo mirarlo le entran a uno ganas de vomitar[vi]. En octubre de 1938 otra carta explica a Dolores que “nos están saliendo telarañas en el cielo de la boca porque no tenemos ni agua para beber”. “No te digo nada más que pesaba 63 kilos y peso 50 ahora, con qué para qué quieres más” podía leer Visitación Arcar en la carta que le envió el soldado republicano Antonio Polaina.

Ya nos mandaron la ropa de invierno, pero fíjese usted la ropa que nos han dado, somos 28 y para los 28 han dado dos calzoncillos, dos camisetas de invierno, tres pares de botas, dos pantalones, tres pañuelos y dos camisas[vii].

Como puede observarse las condiciones de vida en el frente eran muy precarias. La dieta básica estaba constituída por arroz, garbanzos y alubias y, también, carne enlatada procedente de Rusia o de Argentina. De vez en cuando había café, azúcar y chocolate. También vino y coñac, señales previas de una ofensiva a iniciar. Durante los combates el rancho era frío (sardinas, pan, chocolate y vino) y a los heridos se les daban raciones extra. Las quejas de los soldados eran solucionadas con referencias a la situación de escasez que se estaba viviendo en la retaguardia, algo que era cierto especialmente en el bando republicano pues, a medida que la guerra avanzaba, la escasez de alimentos se convirtió en un problema endémico[viii]. El bando nacional, justo al revés, pues los recursos alimenticios fueron aumentando a medida que el avance de las tropas iba conquistando y organizando la producción económica del territorio.

Se padeció hambre, pues había días en que el rancho no llegaba y, así, los soldados tuvieron que recurrir al robo de patatas, de gallinas, a la caza de conejos, de ratas, de pequeños reptiles o de la recolección de diversos frutos (setas, uvas), como explica Joan Sales[ix]. Joan Cardona[x], que fue llamado a filas con 17 años, explica en sus memorias que se intercambiaba tabaco por alimentos. El tabaco se convirtió en un producto muy buscado y deseado pues provocaba alivio psicológico en las tropas combatientes[xi]. También fue utilizado como señuelo: los aviones del ejército de Franco lanzaban paquetes de cigarrillos sobre las trincheras republicanas con un mensaje escrito: "fuma estos cigarrillos, muestra de nuestra abundancia y pásate a los Nacionales”. En algunas zonas del frente en la zona del rio Segre la alimentación fue muy diferente por su variedad y abundancia. Además, muchos soldados ayudaron a los campesinos en las tareas del campo, consiguiendo que las familias campesinas les invitasen a cenar. Otra solución residía en el floreciente comercio que se desarrollaba en los pueblos cercanos al frente: en el bando nacional las tropas moras se dedicaron al comercio ambulante: coñac, leche condensada, tabaco, hojas de afeitar, jabón, sobres y material de escritura.

¿Con qué dinero pagaban los soldados todo esto? La República pagaba 10 pesetas por día con lo que el Ejército Popular se convirtió en uno de los mejor pagados del mundo, aunque esta paga quedaba insuficiente en base a la inflación que provocaba la cada vez mayor escasez de productos. En el Ejército de Franco la paga oficial era de 3 pesetas diarias, de las que se descontaban 2,50 para alojamiento, comida y equipo. El saldo de 0,50 pestas por día era muy inferior al republicano, pero por el contrario, los soldados tenían garantizada la situación económica de sus familias a fin de que esta no fuese crítica. Esto, unido a un mayor equilibrio en los precios, creaba una situación bien diferente.

Dormir, descansar eran necesidades para el soldado que el mando tenía que resolver y, por ello, en ambos bandos se establecieron cupos comprendidos entre un 2% y un 5% de los componentes de una unidad militar para los permisos temporales. Circunstancias especiales como bodas, nacimientos, muerte o enfermedad de un familiar permitían que los soldados pudiesen disfrutar de un descanso temporal, así como la convalecencia tras ser heridos en combate.

Los soldados valoraban mucho poder mantener la higiene personal: lavado y corte de pelo, muda limpia para evitar los piojos y las pulgas, tal y como puede leerse en una carta de 30 de agosto de 1936, frente de Somosierra: “Mi querida madre: ya me mandará los utensilios de limpiarme la boca con pasta Dens, y la máquina de afeitar con jabón, brocha y espejo, pues por afeitar llevan dos reales”[xii]. Se vigilaron las fuentes de agua y los lugares de evacuación de desechos, pero a pesar de todas las precauciones, las enfermedades contagiosas se extendieron: sarna, fiebre tifoidea, tifus exantemático, tuberculosis pulmonar, conjuntivitis, bronquitis y reuma. Enfermos y heridos eran atendidos por la sanidad militar que, en el caso republicano, hubo que crear de cero, pues la mayor parte de los médicos militares quedaron o se pasaron al bando sublevado. La enfermería fue una tarea encomendada a las mujeres cuya dedicación fue alabada en una carta escrita el 7 de septiembre de 1937 por Felipe Zurbano a Lolita Jaurrieta, enfermera en el Hospital Alfonso Carlos:

Fue la época de mi vida militar en que vi hasta dónde llega la simpatía y la bondad de las mujeres. Por eso cuando oigo a mis camaradas de la trinchera, que es el único sitio donde se es camarada, hablar de la impresión desagradable de la retaguardia (…) siempre me acuerdo de las enfermeras, que nos superan a los soldados en valentía y corazón”[xiii]

Además del tratamiento de las heridas de guerra, es necesario hacer mención al conjunto de problemas mentales derivados del combate: ansiedad ante el peligro inminente, separación de la familia, cambio de hábitos de vida y alimentación. A todo ello hay que añadir el desarrollo de diversas psicopatías, oligofrenia y epilepsia. Un capítulo importante era el referido al desarrollo de las enfermedades venéreas: el paso de las tropas llevaba consigo la práctica de la prostitución[xiv]. Fue una cuestión complicada porque, previamente, se había informado que los soldados, casados y solteros, recurrían a la masturbación frecuente y ello, se argumentaba, podía afectar a su fuerza de combate. Se vio más conveniente favorecer la prostitución, pero paralelamente, la amenaza de las enfermedades venéreas se convirtió en una realidad. Por todo esto, y en ambos bandos, la propaganda elaboró carteles muy sugerentes en sus imágenes donde se advertía “Evita las enfermedades venéreas. Tan peligrosas como las balas”. Se dio el caso de que, en las primeras semanas de combates, y al estar constituídas las milicias por hombres y mujeres, las relaciones sexuales se prodigaron y, por ello, el líder anarquista Buenaventura Durruti expulsó del frente a milicianas, prostitutas y homosexuales e, incluso, ordenó algunas ejecuciones[xv]. Ahora bien, tal y como aparecía reflejado en la revista Acracia, “las prostitutas en la retaguardia continúan haciendo lo mismo que hacían en el frente”[xvi]

Sin embargo, uno de los mayores problemas para el mando fue el del alcoholismo y el juego, muchas veces asociados, y que afectaron directamente al rendimiento en combate y a las relaciones de convivencia. Ante la ansiedad que provocaba la vida en las trincheras el soldado necesitaba alegrarse cada vez más y con más frecuencia, con lo que, más pronto que tarde, se mostraba incapaz de cumplir con sus deberes militares. El doctor Emili Mira, en el frente republicano del Segre, ordenó que se pusiese una señal en la tarjeta de identificación de aquellos soldados que hubiesen sido sorprendidos en estado de embriaguez. El objetivo era cuidar que estos hombres no volviesen a beber alcohol, labor que encomendaba a los mandos y comisarios políticos del regimiento. Los médicos militares tuvieron la misión de averiguar los motivos de dicha conducta para iniciar el tratamiento de recuperación.

La historiadora Joana Burke asegura que, acabada la guerra, los soldados no tienen nostalgia de la misma, sino de la camaradería y la intensidad emocional que se establece. Es importante observar que la vida en el frente obligaba a los soldados a poner en marcha estrategias de defensa frente a la adversidad física y, así, si algo prevalecía era el compañerismo. Las bromas y ganas de diversión eran algo cotidiano, habida cuenta de que la guerra había cortado la juventud de aquellos hombres. En un frente de guerra que se mantuviera estable se permitía la música y las canciones que, en muchos casos, eran oídas en las trincheras contrarias. Una carta escrita en el frente de Madrid el 12 de octubre de 1937 explica: “Tenemos un comandante que es un gitano, pues cualquier fecha le parece buena para organizar un jaleo. Los extremeños nos aburren un poco y cuando nosotros entramos con nuestras canciones sanfermineras, es cuando los rojos hacen algunos disparos, pero que se aguanten”[xvii]. Un asunto primordial, la comida, raramente era motivo de disputa. Más bien al contrario: los ranchos, los paquetes de comida enviados desde casa se compartían con naturalidad, tal y como muestra la siguiente carta, escrita en el frente de Somosierra por un soldado del requeté el día 26 de agosto de 1938: “Mi querida madre: Recibí el paquete con cigarrillos y dos botellas de anís. Le di la mitad de los cigarrillos y una botella a Satur, pues aquí todos somos hermanos, y la botella nos la bebimos entre nuestra escuadra”[xviii].

Las competiciones deportivas eran muy populares entre los soldados, principalmente el fútbol, pero también el ciclismo y la natación. Juegos de cartas, ajedrez, escuchar la radio, leer la prensa[xix]. La preocupación por mantener la lectura de libros fue algo característico de los Estados Mayores de ambos ejércitos y, desde los dos gobiernos se facilitó la creación, en el bando republicano, del Servei de Biblioteques del Front en Cataluña o del Servicio de Cultura Popular en el frente de Madrid. El bando nacional también puso en marcha el Servicio de lecturas para el soldado y el Servicio de Bibliotecas circulantes para Hospitales.

Pero la camaradería, el descanso, las alegrías convivían con la muerte del compañero. En su libro, José de Arteche relata la siguiente escena, ocurrida en Arechavaleta el 1 de Abril de 1937:

-¿Sabes rezar muchacho? No contesta. Insisto. A mi lado, de pie, se halla ahora un sargento de la Compañía que está aquí poco más o menos como yo. Junto con él rezo clara y lentamente, vertiendo al oído del presunto agónico el Padre nuestro, el Ave María, el Gloria. En el instante mismo en que teminamos el último amén, se dibuja en la cara del muchacho un gesto de entrega: su cabeza se rinde a un lado, ya roto el hilo vital” [xx].

En el bando nacional, y en especial el integrado por el requeté carlista, la práctica de la oración y la asistencia a Misa eran un elemento más de la vida en el día a día. Andrés Algarra, capellán de la 3ª Compañía del Tercio Navarra relató en su diario el 16 de diciembre de 1936: “Hoy he celebrado en el altar más pobre de toda mi vida. En un muro de sacos, dos palos encajados y sobre ellos una tabla como mesa, los corporales, un crucifijo y el cáliz. Han comulgado todos los requetés de mi compañía[xxi]. En el bando republicano, los comisarios políticos estimulaban a los soldados con discursos en los que recordaban los valores que estaban defendiendo y por los que estaban luchando y, algunos, muriendo. Para todo ese conjunto de hombres enfrentados las palabras del general Enrique Varela son suficientemente claras: “Sufre en silencio: el frío, el calor, el hambre, la sed, las enfermedades, las fatigas. Haz de la paciencia el fondo de tus sufrimientos, y del valor el desahogo de tu paciencia”[xxii].Pero esta claridad contrasta con un hecho constatado: los soldados sufrían y, en bastantes ocasiones, no consiguieron resistir las condiciones de vida. La falta de respuesta a las necesidades básicas (suministro de alimentos, retraso en las pagas, falta de tabaco y de ropa de abrigo) fue más evidente en el bando republicano que en el franquista, aprovechando éste la situación para llevar a cabo una campaña de propaganda dirigida a provocar la deserción.

Efectivamente, las deserciones abundaron en los dos bandos, pero especialmente en el republicano y, en su enorme mayoría, no por motivos ideológicos: ver a la familia, huir de una guerra en la que tenían mucho que perder y ningún deseo de permanecer. Los meses posteriores a febrero de 1938, tras la pérdida de Teruel por la República, coincidieron con el reclutamiento masivo y con los meses en los que, cada vez más, una proporción muy significativa de hombres no respondió a la llamada, provocando que en la Prensa apareciesen constantes referencias a este hecho, animando a la población a denunciar a los que se conocían como “emboscados”. En algunos casos, y aprovechando un permiso, los soldados no volvían y cruzaban la frontera con Francia. Los más arriesgados, por el peligro que comportaba, eran aquellos que abandonaban la trinchera, de forma individual o en grupo, aprovechando las noches sin luna, con niebla o lluvia. Ser descubiertos implicaba el pelotón de fusilamiento, pero en muchos casos, morían por los disparos de los centinelas de uno u otro bando. Otro recurso que se utilizó fue el de la inutilización voluntaria mediante la autolesión provocada por un disparo. Si el soldado era descubiero se enfrentaba a un juicio militar que podía acabar con ua condena a veinte años en prisión, el traslado a un batallón disciplinario o la muerte.

Si hay una figura que brilla con especial luz en toda esta situación caótica provocada por la Guerra es la del cartero, al que se esperaba con tanta impaciencia o más que al rancho. El día 30 de noviembre aparecía en el Diario Treball una descripción de la escena: Camaradas, ¡El correo! Y a lo largo de la trinchera un movimiento de hombres con la cara ilusionada se dirige hacia donde cada día el soldado-cartero reparte las cartas. ¡Carta de mi compañera! ¡Mirad cómo mi hijo se va haciendo mayor! Unos leen en voz alta, otros se recogen en silencio[xxiii] Pocas decepciones superaban no tener carta o paquete en el reparto del correo. Cuando pasaba mucho tiempo sin recibir correspondencia, las cartas de los soldados se llenaban de añoranza y veladas alusiones de deseo.

El 9 de agosto de 1936, en el frente de Somosierra, el soldado Ricardo Grávalos escribía:

Mi querida madre: Aquí reina una alegría envidiable que solo se nubla cuando venían las cartas ¡y no había para mí! Si viese usted lo triste que se pone uno cuando en veinte días no recibe ninguna carta. Pero no importa, hoy todo es alegría y buen humor[xxiv].

Las noticias de la familia y, especialmente, alguna foto que sirviera para refrescar la memoria de los rostros era especialmente bien recibidas. Desde el frente del Ebro, en 1938, un soldado republicano escribía: No sabes bien la alegría que me da una carta tuya porque es la única que espero con anhelo, la tuya y la de mi madre[xxv]. Las cartas, tras ser leídas en la intimidad, acompañarían al combatiente en la mochila o en el bolsillo de la camisa, como la que recibió Mateo Arbeloa, carta que respondió de forma inmediata el 10 de Septiembre de 1936, desde la localidad de Oyarzun: Josefina de mi alma: Acaba de llegar tu corazoncito metidito en el sobre al cual he abrazado pegándolo al mío, los cuales, después del abrazo se han hablado, mejor dicho, el tuyo hablaba y el mío escuchaba dando saltos de alegría porque ha estado a punto de desmayarse cuando el cartero leía las cartas y no faltaban más que tres sin haber aparecido la tuya aún, aunque no perdía la confianza de que tenía que estar allí por ser Jueves.[xxvi]

En ocasiones serían compartidas al leerlas en grupo, aunque como la que se reproduce a continuación y cuyo autor es el mismo de la anterior, no debió serlo, habida cuenta de la contestación a la carta que su mujer debió enviarle.  

A mi amadísima Josefica: Tan pronto como ha llegado a mis manos tu corazón desgarrado de amor (…) me retiro a un rincón del pinar para saborear despacio tus ternuras y abrazarla y besarlas a solas ya que contigo no puedo desahogarme[xxvii]

En algunos casos constituyeron una sección fija en las páginas de algunios diarios locales[xxviii]  El servicio postal franquista fue bastante más eficiente que el republicano. Hay que tener en cuenta que las cartas constituían el único medio de comunicación con la familia y los amigos, algunos de ellos en otros frentes. Los soldados escribían a sus casas cada dos o tres días y, en el caso de los analfabetos, siempre existía el compañero que se ofrecía para hacerlo. El estudio de esas cartas nos muestra algo obvio: que todos los combatientes añoraban y estaban preocupados por la esposa, la novia, los hijos, los padres, los amigos; que todos trataban de explicar su experiencia sin provocar demasiada preocupación a los destinatarios; que todos aprovechaban para pedir lo necesario para seguir viviendo (algo de dinero, comida, ropa, utensilios de aseo personal). No siempre fue posible comunicar buenas noticias: José de Arteche escribia a su familia comunicando que Florencio Mendizábal, vecino del pueblo de Berriz, había muerto en combate y, terminaba, enseguida escribí a su familia esa carta cuya redacción me resulta cada vez más dolorosa y difícil[xxix]. La censura en ambos bandos[xxx] que se establecía sobre el correo (algo que, por otra parte, era imposible abarcar)[xxxi] obligaba a ser muy cuidadoso con los contenidos que mostrasen los problemas: la desmoralización, el cansancio, el escaso entusiasmo ante la guerra, las malas condiciones de vida, los conflictos políticos, el escaso respeto a la autoridad. En sus cartas oscurecían la verdad y se protegían con frases hechas; algunos, más arriesgados, introducían acertijos y claves donde daban información sobre la situación del frente pues, por norma, todas las cartas no indicaban dónde se escribían[xxxii]. El correo fue aprovechado como medio de propaganda política en el bando nacional: en enero de 1937 se imprimió medio millón de postales que fueron enviadas de forma gratuita al frente para que, a su vez, los soldados las enviaran a sus familias. En dichas postales un mensaje: Un Patria, España. Un Caudillo, Franco. ¡Viva España!

  Pero, también, las cartas de soldados republicanos eran un excelente medio de difusión de ideas políticas dirigidas a la retaguardia como, por ejemplo, las que aparecieron durante la ofensiva del Ebro y que fueron publicadas en algunos diarios catalanes. En una de ellas, firmada por R. Argilaga en representación de la Alianza Juvenil Antifascista, escribía   nosotros, componentes del glorioso Ejército del Pueblo, prometemos que lucharemos hasta el final por la independencia de nuestra España y porque la juventud de mañana no tenga que derramar su sangre para conquistar lo que le pertenece, la Libertad[xxxiii].

 Las familias no fueron las únicas destinatarias del correo escrito por los soldados. Al igual que ocurrió en la Primera Guerra Mundial se inició una muy intensa correspondencia, facilitada por su gratuidad, entre los combatientes de ambos ejércitos, y las que pasaron a denominarse madrinas de guerra. El fenómeno, totalmente voluntario, ya había sido utilizado en España durante la Guerra de Marruecos y, en líneas generales, eran los soldados más jóvenes los que solicitaban acogerse a la categoría de ahijados a las secciones femeninas integradas en los diversos partidos politicos y sindicatos para el bando republicano[xxxiv], mientras que en el bando nacional todo estaba centralizado en la Sección Femenina de Falange Española. La diferencia ideológica no tuvo nada que ver con el perfil de mujer que buscaron todos los hombres: jóvenes, decentes, encantadoras, bonitas, capaces de mantener una discusión política (esto en el caso de las mujeres republicanas). En las cartas los hombres no desaprovecharon la ocasión de alardear de heroísmo, de virilidad y admiración por la belleza femenina. Las cartas sirvieron para estrechar lazos entre los compañeros pues se leían en grupo y, es fácil imaginar los comentarios que se produjeron. No hubo oposición por parte de los Estados Mayores de los dos bandos y, como era de esperar, fue otro elemento más de la propaganda política, sobre todo en el bando nacional. También hubo sospechas, especialmente por parte republicana, de que esta correspondencia escondía toda una red de espionaje, algo que motivó su desaparición poco antes de acabar la Guerra. Esta correspondencia llevó en algunos casos y acabada la Guerra, a la formalización de relaciones y el posterior matrimonio.

Ser madrina de guerra implicaba constituirse en un apoyo moral a través de la correspondencia regular. Hubo muchos hombres que, al no tener novia o no estar casados, se hacían la ilusión de que hablaban con chicas amables en mitad de la guerra, pero también, hubo hombres que se cartearon, además de con la esposa o la novia, con alguna o varias mujeres, algo que en bastantes casos creó diversos problemas de relación, provocados por los celos. Las madrinas no enviaban solo cartas: también paquetes con tabaco, jerséis, mantas, embutidos, periódicos y medallas religiosas en algunos casos.

Las madrinas de guerra republicanas surgieron tarde, en 1938, y fueron diferentes a las madrinas del bando contrario pues no sólo escribían o mandaban paquetes, sino que visitaban a los soldados en el frente, haciéndoles compañía, lavando la ropa y cocinando, además de distraerlos con canciones y bailes. Fueron fundamentales a la hora de organizar desde la retaguardia las denominadas Campañas de invierno, en las que se recogía y confeccionaba ropa de abrigo, además de suministrar lo necesario para el día a día cotidiano: comida, tabaco, jabón, dentífrico, lápices, papel. Todas, de uno u otro bando, aprovecharon la ocasión para visitar a los soldados en los Hospitales y, de hecho, muchas de las madrinas de guerra nacionales salieron del conjunto de enfermeras.

Queridos padres y hermanos: Ahora estamos como amigos con los rojos. Nos tratamos muy bien. El otro día nos hinchamos de risa. Primero cantaron dos requetés tres jotas muy bien cantadas, y después ellos otras tres también muy bien. Y después nos despedimos. Ahora dicen los rojos “hasta mañana si Dios quiere”, después de hablar un rato[xxxv].

Esta carta fue escrita por Fermín Garralda en la ciudad de Vergara el 13 de noviembre de 1936 y, si se observa con atención, está relatando un hecho que constituye una parte poco estudiada y, mucho menos, difundida de la Guerra: la confraternización que se produjo entre soldados de ambos bandos cuando los frentes alcanzaban una cierta estabilidad. En noviembre de 1938, en la ciudad de Caspe, los soldados habían acordado no disparar y, así, pudieron lavarse en el río, se pasearon, tomaron el sol, intercambiaron fotos, periódicos y tabaco. Aprovecharon para recoger la uva, jugar al fútbol, bailar con las chicas del pueblo. Aquellos hombres se dieron cuenta de que se enfrentaban a reclutas idénticos a ellos, que la imagen que les habían dado no correspondía con la realidad: ¿dónde estaban las terribles hordas marxistas? ¿de verdad combatían a bestias fascistas?

Joan Cardona relata en sus memorias que durante los veinte días que estuvieron en el frente del Ebro se produjo un hecho muy curioso: el Ejército de Franco no tenía papel de fumar y el republicano no tenía tabaco. Se pusieron de acuerdo los mandos, llenaron un mortero del 105 e intercambiaron el tabaco por papel, algo que repitieron en otras dos ocasiones. También hace alusión al siguiente hecho en el mismo tiempo: a través de megafonía, y desde el bando nacional, una voz no dejaba de preguntar por un tal Hernández, del cual daba una serie de detalles que coincidían con un soldado republicano, que era su hermano. Se autorizó a que, durante una hora, este soldado pudiese bajar y saludar a quien la Guerra había separado.[xxxvi]

En octubre de 1938, en Torres de Segre (Huesca) las tropas pactaron una tregua de diez minutos. Atravesaron el río y los soldados se abrazaron, intercambiándose regalos diversos: cava, coñac, tabaco.

Los mandos republicanos y franquistas nunca vieron con buenos ojos estos actos, pues desmontaban toda la propaganda que desarrollaban en el frente y la retaguardia. Por ello ordenaron detener estos sucesos bajo pena de muerte.

Estamos estos días de posición bastante tranquilos, a pesar de que estamos cerca del enemigo, muy juntos. Las noches, como hace bueno, los navarros les cantamos unas jotas a la Pasionaria, y los andaluces fandanguilos, y como a ellos les dicen que todos somos italianos y alemanes, les decimos “mirad qué pronto los italianos y alemanes han aprendido el cante español”[xxxvii]

Esta carta fue escrita el 14 de agosto de 1938 por Arsenio Andanaz desde la Sierra de Espadán (Castellón) a su familia. Ocho días después de escribirla murió por granada de mortero y su cuerpo llegó al pueblo navarro de Eslava. Unos días después llegaría su carta.

 

 

[i]  DE RAMÓN, Manuel / ORTIZ, Carmen   Madrinas de Guerra. Cartas desde el Frente  ,pág 252

[ii] Todas estas breves citas  están tomadas de diversas páginas del libro de  MATTHEWS, James   Voces de la trinchera

[iii] LARRAZ, Pablo-SIERRA, Víctor “La cámara en el macuto. Fotógrafos y combatientes en la Guerra Civil”, pág. 371

[iv]  A partir de Febrero de 1938, tras la Batalla de Teruel , la República  decretó  un reclutamiento masivo de hombres de 45 años y de jóvenes de 16.

[v]  Cfr. nota 2

[vi]  Cfr. nota 2

[vii]  Cfr. nota 2, para las tres citas

[viii] No hay más que leer las páginas de los diarios republicanos para conocer esta situación que, parcialmente, era resuelta con la llegada de alimentos procedentes de donaciones de otros países y de organizaciones de ayuda internacional, así como de origen privado.

[ix]  SALES, Joan “Cartes de la Guerra” pág. 46

[x]  CARDONA, Joan “Un fusell i un biberó” , págs. 74-75.

[xi]  MAS ALSINA, Esteve- ANGLADA GALCERÁN, Paquita “En aquesta carta hi ha tabac” págs. 18-19

[xii]  Cfr. nota 3 pág. 301

[xiii]   Cfr. nota 3 página 383

[xiv] En Tárrega (Lérida) funcionaba un burdel donde hacían cola más de 200 soldados

[xv]  DÍAZ ESCULIES, Daniel  “Soldats i emboscats a Catalunya (1936-1939)“  página 110

[xvi]  Cfr. nota 15. página 112.

[xvii]  Cfr. nota 3, pág. 310

[xviii]  Cfr. nota 3 pág. 298

[xix]  La ametralladora y Balas rojas eran dos de las más populares, donde además de la propaganda política se publicaban consejos prácticos para el combate.

[xx]  ARTECHE, José de “El abrazo de los muertos. Diario de la Guerra Civil 1936-1939”, pág. 259

[xxi]  Cfr. nota 3, pág. 262

[xxii]  Cfr. nota 3, pág, 243

[xxiii]  Diari TREBALL, 30 de Noviembre de 1938, pág. 8 (traducido del catalán)

[xxiv]  Cfr.  nota 3, pág. 342

[xxv]  Cfr. nota 2

[xxvi]  Cfr.  nota 3 pág. 344

[xxvii]  Cfr.  nota 3, pág. 352

[xxviii]   Como ocurría  en el diario El pensamiento navarro, en su sección titulada Desde los frentes de batalla, que informaba sobre paraderos, estados de salud y circunstancias. En el diario Treball había una sección,   Soldat qué necessites, qué desitjes, con el mismo fin,

[xxix]   Cfr.  nota 20, pág. 312

[xxx]  Esta censura estaba especialmente preocupada por evitar que las cartas diesen información sobre las operaciones militares pero, también, que no mostrasen señales de desmoralización, de las  malas condiciones de vida  o del escaso entusiasmo ante la guerra.

[xxxi]  El volumen de correspondencia, sólo en septiembre de 1937, era de 3,2 millones de cartas enviadas por soldados para el Ejército Republicano del Centro.  El número de cartas que se recibieron fue de 2,9 millones

[xxxii]  En campaña, seguida de la fecha, era la forma usual de inicio

[xxxiii]  Diari TREBALL, 29 de junio de 1938, pág. 7 (traducido del catalán)

[xxxiv]  El Partido Comunista apoyaba la Asociación de Mujeres Antifascistas y, Mujeres Libres, estaban en la órbita de la CNT

[xxxv]  Cfr. nota 3, pág. 311

[xxxvi]  Cfr. nota 10, pág. 93-94

[xxxvii]  Cfr. nota 3, pág. 215

 

FUENTES CONSULTADAS

 

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  • DE ARTECHE, José, El abrazo de los muertos. Diario de la Guerra Civil 1936-1939, Zarautz Icharopena, 1970.
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  • NASH, Mary, Las mujeres republicanas en la Guerra Civil Española, Taurus, Madrid, 1999.
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