La carrera de Franco (II)

19 de febrero de 2019 por Redacción FNFF

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Dictadura de Primo de Rivera y, por fin, su boda

 

   Mientras tanto, en la Península la descomposición política española obliga a un hombre recto y honrado a hacerse cargo del poder. El 13 de septiembre de 1923, el General Primo de Rivera, Capitán General de Cataluña, da un golpe de estado en Barcelona y proclama la Dictadura Militar, que es recibida en España entera con entusiasmo y aceptada por el Rey. De la mano del General, va a vivir España seis años de paz interna y de resurgimiento económico.

 

   Ese mismo año de 1923, en la iglesia de San Juan, de Oviedo, el Teniente Coronel Francisco Franco se casa con la señorita Carmen Polo y Martínez-Valdés. Es apadrinado por el Rey, que delega su representación en el General Losada. Una revista titulaba la noticia con una anticipada exactitud: “La boda de un caudillo heroico”.

 

   Su boda ha sido un breve paréntesis de su presencia en África, a la que regresa en las ultimas semanas del año y en donde su nombre va a seguir acumulando prestigio.   En febrero de 1925, por méritos en campaña, es ascendido a Coronel. Tiene 32 años y una vez más se repite la constante de ser el más joven en este cargo.

 

   De la estimación y aureola popular adquirida por Franco en toda la nación, da buena muestra esta expresiva carta que el Rey le envía con motivo de su ascenso y que él conservará entre sus más apreciados recuerdos:

 

   “Querido Franco:

   Al visitar el Pilar de Zaragoza y oír un responso ante la tumba del Jefe del Tercio, Rafael Valenzuela, muerto gloriosamente al frente de sus banderas, mis oraciones y mis recuerdos fueron para vosotros todos. La hermosa historia que con vuestras vidas y sangre estáis escribiendo es un ejemplo constante de lo que pueden hacer los hombres que lo cifran todo en el cumplimiento del deber. Toqué al Pilar esta medalla que te ruego uses, que Ella, tan militar y tan española, te protegerá seguramente. Mis felicitaciones y gracias por toda tu actuación y ya sabes lo mucho que te quiere y aprecia tu Afmo. amigo que te abraza.

Alfonso XIII.

Madrid, 1 de mayo de 1925”

 

El Desembarco en Alhucemas

 
El General Primo de Rivera pone proa decidida a la liquidación del problema de Marruecos. La clave es Alhucemas. Tres años antes, en su libro “Diario de una bandera”, el entonces Comandante Franco había escrito: “Alhucemas es el foco de la rebeldía anti-española, el camino de Fez y la salida corta al Mediterráneo. Allí está la clave de muchas propagandas que terminarán el día que sentemos el pie en aquellas costas”.
 

   Francia, agredida en su sector por Abd-el-Krim que amenaza Fez, decide colaborar con España y envía al General Petain, el vencedor de Verdun, a entrevistarse con Primo de Rivera.  En esta reunión, a la que es llamado Franco, se acuerda el desembarco en Alhucemas por las tropas españolas, con la colaboración de la marina francesa.

 

   Así, en septiembre de 1925 embarcan en los puertos de Ceuta y Melilla dos columnas, compuestas cada una de nueve mil hombres. La de Melilla, al mando del General Fernández Pérez, y la de Ceuta, cuya vanguardia ocupará Franco con su Legión, mandada por el General Saro. El General Sanjurjo será el jefe de la División de desembarco. La orden de operaciones pone en las manos de Franco el privilegio y la responsabilidad de una absoluta iniciativa.

 

   Ochenta buques españoles y franceses navegan hacia Alhucemas. Bajo el arco de los proyectiles, las barcazas de desembarco enfilan decididas a la playa. Las mareas no son propicias y las barcazas tocan fondo antes de lo previsto, imposibilitando el desembarque de los carros de combate que han de proteger a los hombres. Los momentos son críticos. Los cañones y las ametralladoras enemigas dominan la playa. Pero suena el clarín de ataque y los soldados y legionarios, con sus jefes al frente, saltan al agua y a pecho descubierto ponen el pie en la playa y conquistan las primeras posiciones.

 

   En la Revista de Tropas Coloniales, el propio Franco relatará después así los pormenores:

 

   “Se alcanza la primera firmeza de la arena y en ella se afianzan las ametralladoras y especialistas. Se trepa por los acantilados y en su amarillo reflejo destacan, como un sangriento rasgo, los colores de las banderas españolas que llevan los de las harkas. Legionarios y harqueños se apoyan fieramente en la empresa común. Nos hemos apoderado de la primera obra defensiva del enemigo. Se dejan atrás los campos de minas y se coronan brillantemente la primera y segunda fase previstas del combate”.

 

   Y así continúa el largo y minucioso relato de este testigo de excepción que tiene el buen gusto y la modestia de referir la batalla como si sólo hubiera sido espectador. En ella, con el resto de nuestras tropas, se han distinguido bravamente los legionarios de Franco y los harqueños de Muñoz Grandes que ha recibido en esta ocasión su novena herida en combate.

 

   Treinta días más tarde se culmina victoriosa y totalmente la operación iniciada con el desembarco, y Abd-el-Krim, el jefe insurrecto, se rinde a las autoridades francesas. En el Protectorado de Marruecos, después de tantos años, han terminado para siempre las amarguras y las zozobras. Ya es sólo un episodio guardado en el silencio de millares de tumbas. Pero para Franco y todos los que como él tan abnegadamente allí lucharon por el buen nombre de España, Marruecos será, ya también para siempre, una resonancia entrañable, un nexo de hermandad imperecedero, una impregnación telúrica que trasciende a la sangre. El Gobierno francés le nombra Comendador de la Legión de Honor (5/2/26).

 

Ascenso a General

 

   Con la pacificación de Marruecos, ha quedado cubierta la primera etapa de la vida de ese hombre llamado Francisco Franco, que ha dedicado su vida completa al servicio de España. En sus quince años africanos ha cubierto, en un inigualable récord, toda la carrera militar. Ahora no es sólo el General más joven de España, sino de toda Europa. Alguien recordará que a los 34 años sólo otro militar europeo ha obtenido tal categoría: Napoleón Bonaparte.

 

   A raíz de la pacificación de Marruecos, ha sido ascendido a General y manda la segunda Brigada de Madrid. Primo de Rivera, que ve en él al prototipo de militar, le requiere para que lleve a cabo una de sus aspiraciones más deseadas; la creación de la Academia General Militar. Ocurrió esto en marzo de 1927 y se eligió la ciudad de Zaragoza, tan vinculada al mejor heroísmo español, como sede de la futura escuela castrense.

 

   La obra era hermosa, pero había que comenzarla a partir de cero. De momento no había más que urgencia. Se eligieron para su edificación unos terrenos situados en el campo de San Gregorio y se le apuró para que en octubre del año siguiente comenzaran las clases. Había que hacer todo muy deprisa. La cosa era difícil y delicada y para muchos, imposible. Pero para este hombre, que tuvo siempre por norma llegar a tiempo cuando hay que llegar, las dificultades se allanaron a su voluntad y en el plazo marcado, aquel solar se había convertido en un colosal edificio, terminado hasta en los menores detalles y de tal perfección en sus instalaciones, organización y funcionamiento que cuando el Ministro de la Guerra francés, el célebre General Maginot, vuelve a París, después de visitarlo, declara: “España puede ufanarse de que su Escuela de Oficiales es el centro de este género más moderno del mundo”. El 5 de octubre, como estaba previsto, los cadetes de la primera promoción de la Academia General desfilan ante su Director y el Presidente del Gobierno. Franco les ha dado, además del edificio, los cimientos en los que van a edificar su futuro profesional, condensados en un decálogo, perfecta síntesis del espíritu militar español, que los cadetes observarán y conservarán como norma de conducta para toda su vida. En la formación de estas promociones pone todo el empeño y amor de que es capaz. Su entrega, como siempre, es total.

 

   Pero los tiempos vienen turbios para España y esta obra, lograda con tanto esfuerzo, está amenazada: el 29 de enero de 1930, después de haber dado a España seis años de recuperación moral y material, cae la Dictadura de Primo de Rivera, que es sustituida por el Gobierno puente del General Berenguer.

 

La República

 

   Los partidos de izquierdas y republicanos se movilizaron esperanzados, ante la que consideraban su ocasión. En diciembre, el Capitán Galán intenta sublevar a la guarnición de Huesca, haciéndolo él en Jaca. Lo hace con un elocuente bando antimonárquico que no deja lugar a dudas. Fracasa la sublevación y el Capitán Galán es fusilado.

 

   A los dos meses, cae el Gobierno Berenguer: la confusión aumenta. Es difícil formar nuevo Gobierno. Se llega a ofrecer puestos en él a los dirigentes del Comité Revolucionario que están en la cárcel. Por fin, el Almirante Aznar consigue formar un Gobierno poco representativo que no parece tener otra misión que la de preparar unas elecciones municipales. El 12 de abril de 1931 se celebran las elecciones municipales y las urnas reciben en toda España las papeletas de los desconcertados electores.

 

   Los primeros resultados son confusos; faltan aún muchas listas que cotejar, pero la ventaja obtenida en las grandes capitales por los republicanos para las alcaldías prende eufóricamente la mecha y dos días después, el 14 de abril, las gentes de algunas ciudades se lanzan a la calle pidiendo la República. La República ha venido, nadie sabe cómo ha sido, porque resulta que cuando se completan las listas de todo el país, el triunfo ha sido para las alcaldías monárquicas. Pero ya es tarde: la República está instalada por los que más gritan saltándose el orden constitucional, y el Gobierno carece de fuerza para hacer bajar de los techos de los tranvías a los que se han encaramado allí con su nueva bandera.

 

   En Barcelona, el Presidente de la Generalidad, el señor Maciá, por su cuenta y riesgo, había proclamado un día antes que en Madrid la “República Catalana”, iniciando así la destrucción de la unidad política que crearon los reyes Católicos Isabel y Fernando. Alfonso XIII, que se dio cuenta del enfrentamiento que corría por la Nación, mantuvo una actitud de extrema prudencia y juicio sereno por lo que, para evitar derramamientos de sangre entre españoles, impidió el uso de la fuerza que le brindaban sus fuerzas monárquicas leales, desconocedor de que el choque de las dos Españas era ya inevitable. Pocos días más tarde iniciaba un exilio que seria definitivo.

 

   La primera consecuencia desagradable, incluso para muchos que votaron o aceptaron la República con esperanza, fue la innecesaria sustitución de la tradicional bandera de España por otra tricolor sin abolengo. La nueva bandera se izó en toda España y también en la Capitanía General de Zaragoza, pero no así en la Academia General, donde su Director dispuso que continuaría la misma hasta que oficial y reglamentariamente se sancionase el cambio. Este gallardo y leal gesto de Franco, más valioso por ser a contracorriente de la tendencia generalizada, no pasó desapercibido para las nuevas autoridades republicanas.

 

Los desmanes de la República

 

   El régimen recién instaurado va a demostrar bien pronto y durante cinco años (1931-1936) una incapacidad defraudadora. A los pocos días, arden las iglesias y los conventos de Madrid, ante la pasividad de las fuerzas de orden público y de los bomberos que acuden a los lugares incendiados, pero su actuación, por orden expresa de las autoridades republicanas, es vigilar únicamente que el fuego no destruya más que los templos.

 

   Manuel Azaña, intelectual convertido en Ministro de la Guerra, comienza enseguida la reducción del Ejército. Y entre las muchas disposiciones que dicta figura la de suprimir de un plumazo la Academia General de Zaragoza. Cuando Franco recibe la noticia, siente que algo muy entrañable y necesario se resquebraja, que el sentimiento se alza en protesta de rebeldía, pero él es militar y sabe que su primer postulado es el acatamiento al mando: la disciplina.

 

   En efecto, en el patio de aquel edificio que él levantó tres años antes, se despide de sus cadetes con una alocución histórica: “El concepto de disciplina reviste su verdadero valor cuando el pensamiento aconseja lo contrario de lo que se nos manda, cuando el corazón pugna por levantarse en íntima rebeldía o cuando la arbitrariedad o el error van unidos a la acción del mando. Esta es la disciplina que practicamos. Este es el ejemplo que os ofrezco".

 

   Se deshace la máquina, pero la obra queda: 720 oficiales formados allí en esos tres años, justificarán más tarde la eficacia del Centro que se ha clausurado tan injustamente.

 

   Las palabras de Franco a los cadetes no le han gustado nada al Ministro Manuel Azaña, que al recibirle con motivo de su nuevo destino, le dice, a modo de aviso amenazante: “Creo que no ha pensado bien lo que les dijo a los cadetes". Con el aplomo de su entereza le responde Franco: “Yo nunca digo nada que no haya pensado antes en todas sus consecuencias". Esta amonestación ministerial es anotada en su Hoja de Servicios como única nota desfavorable en toda su carrera militar.

 

   La demoledora y sectaria política del Gobierno republicano no sólo se ha ensañado con el Ejército; su lamentable actuación presenta en un año este ensombrecedor balance: innumerables huelgas y proliferación de la ideología comunista, que celebra congresos bajo la presidencia honoraria de Stalin, Molotov, Borochilov y Marty; cierre de universidades, supresión de periódicos, encarcelamientos en masa, represiones sangrientas, cosechas incendiadas, medio millón de obreros parados y el crucifijo suprimido obligatoriamente de las escuelas. El Presidente del Gobierno hace públicamente esta declaración: “España ha dejado de ser católica".

 

   Pío Baroja, el gran escritor de tan sincero liberalismo, corrobora el desastroso balance con estas palabras: “Los meses que llevamos de República han producido más muertos que cuarenta años de monarquía". El descontento y la inquietud prenden hasta en los que, con la mejor buena fe, aceptaron la República y se inicia la reacción contra el caos que se anuncia y aumenta.

 

   Se constituyen agrupaciones sindicales como Acción Nacional, y Ramiro Ledesma funda “La conquista del Estado", órgano de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista, que acaudilla en Valladolid Onésimo Redondo.

 

La Sanjurjada

 

   El 10 de agosto de 1932 el General Sanjurjo, al frente de un puñado de militares y civiles, intenta en Sevilla y Madrid alzarse contra esta situación de anarquía. Fracasado el intento, el General es condenado a muerte. Conmutada después la pena, el militar que en Marruecos ganó la Laureada, es recluido en un penal con los presos comunes.

   El año 1933 se abre con la matanza de Casasviejas, un pueblecito de Cádiz, donde los anarquistas e intelectuales andaluces incitaron a los campesinos a acelerar por su cuenta la obra de expropiación de tierras, iniciada por el Gobierno. Las consecuencias de la brutal represión ordenada por Azaña contra estos crímenes son difundidas ampliamente por la prensa y hacen tambalearse al Gobierno, que carece de fuerza moral y queda sin el apoyo de sus más incondicionales partidarios.

 

   Los españoles que no estaban involucrados en el juego de estas camarillas políticas, comienzan a reaccionar activamente contra el desgobierno y se agrupan en torno a hombres como Calvo Sotelo, Goicoechea, Maeztu, Pradera y Gil Robles, que se enfrentan en el Parlamento y fuera de él contra los partidos de izquierdas.

 

   José Antonio Primo de Rivera, hijo del insigne General, en un memorable acto en el Teatro de la Comedia de Madrid, funda Falange Española y anuncia que no se trata de la creación de un partido más, sino de un movimiento que no se inclina ni a la derecha ni a la izquierda, que define al hombre como “portador de valores eternos” y que proclama la Patria como una unidad indisoluble.

 

La Revolución de Asturias

 

   En diciembre de 1931 habían nombrado a Franco Jefe de una Brigada con sede en La Coruña y en 1933 se hace cargo de la Comandancia Militar de Baleares, aunque en realidad el destino sea una especie de confinamiento vigilado. Desde Mallorca, Franco sigue al minuto el desalentador curso de los acontecimientos. Hasta allí han ido a solicitarle los partidos de derechas para que acepte ser incluido como candidato a diputado en las próximas elecciones. Por un momento duda, pero su instinto le advierte dónde está el puesto de mayor eficacia, y renuncia. En octubre de 1934, como antidemocrática reacción contra el arrollador triunfo de las derechas en las elecciones del año anterior, el Partido Socialista y su sindicato UGT dan la orden de ataque y estalla en toda España una huelga general revolucionaria.

 

   En Madrid son continuos los tiroteos, los cacheos y las detenciones. La forma habitual de andar por la calle de los que no tienen más remedio que aventurarse a hacerlo, es con los brazos en alto. El Ejército tiene que hacerse cargo de los servicios más indispensables. Cualquiera puede morir de un balazo perdido hasta dentro de su casa.

 

   En Cataluña y en Asturias la huelga tiene focos aún más virulentos. Nacionalistas y mineros amenazan con hacerse dueños de la situación. El Ministro de la Guerra, Diego Hidalgo, que ha descubierto hace tiempo los fundamentos del prestigio de Franco, le hace llamar urgentemente y pone en sus manos el difícil restablecimiento de la legalidad. Día y noche, desde el gabinete telegráfico del Ministerio, Franco recibe información y dicta órdenes. El día 7, cañoneada por las fuerzas del Gobierno, se rinde en Barcelona la Generalidad de Cataluña, autoproclamada como República independiente, y se restablece el orden en la provincia.

 

   Pero en Asturias la resistencia es más enconada. Los sublevados han conquistado prácticamente Oviedo y se han entregado a los más sangrientos excesos. Las columnas que marchan contra ellos, mandadas por los Generales López Ochoa y Boch, constan de pocos hombres y tropiezan con las dificultades que presentan la escasez de comunicaciones y el corte de puentes y carreteras.

 

   Por todo ello, Franco se ve obligado a determinar el envío por mar de fuerzas desde África, al mando del Teniente Coronel Yagüe. Una vez más Franco acierta: la incorporación de estas aguerridas tropas resuelve favorablemente la contienda y el día 12 de octubre entran en la capital de Asturias que, incendiada por los sublevados en su desbandada hacia los montes, presentaba un martirizado aspecto. El 24, acompañando al Ministro de la Guerra, Franco llega a Oviedo, siendo recibidos por el General López Ochoa. Con más de dos mil muertos termina la llamada “Guerra de los quince días”, que constituyó una estremecedora tentativa de comunismo libertario, de desmembración de la Nación y, en realidad, el inicio del conflicto civil que asolaría toda España.

 

 

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